Domingo, abril 11, 2021

Hambre y patrimonio

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En la edición de La Jornada del pasado 19 de enero, se publicó una nota de la agencia AFP que versaba sobre la invasión de terrenos de la zona arqueológica de Caral, en Perú. “La pandemia en Perú afecta a la ciudad sagrada de Caral, cuna de la civilización más antigua de América con 5 mil años. Sus tierras son invadidas por agricultores que invocan el hambre y la necesidad, mientras su descubridora, Ruth Shady, recibe amenazas de muerte para que abandone el lugar. (…) Las invasiones y la destrucción de sitios arqueológicos comenzaron durante el confinamiento que el país tuvo entre marzo y junio para frenar los contagios de Covid-19, señalaron arqueólogos durante una visita a Caral”. Hambre y necesidad, temas que no podemos soslayar en un año difícil para todos; pero hay que decir que ambas circunstancias no tienen su origen en la pandemia, sino en décadas y décadas de descuido a nivel mundial, de políticas deficientes y de la prevalencia de un sistema económico sumamente agreste, especialmente con los que menos tienen. El que unos pobladores deban invadir una zona arqueológica para sembrar, que decidan vulnerar su patrimonio, es algo que nos debiera escandalizar en muchos niveles, no sólo por la destrucción de evidencias arqueológicas. Nos debe hacer reflexionar sobre lo que entendemos por patrimonio, cultura y su respeto; de igual manera, sobre la pobreza, la necesidad y el papel que juega el estado frente a este tema y frente al de la protección del patrimonio. Complejo, sin duda.

En la introducción del libro Imagen, Memoria y Patrimonio, editado por la UAP, Manuel Alberto Morales Damián reflexiona sobre el patrimonio y su relación con lo social. “La definición convencional de patrimonio, cuyo núcleo se refiere a las obras que expresan la creatividad de un pueblo — como lo plantea la UNESCO en un documento con más de tres décadas de antigüedad—, no contempla la importante función social que éste tiene y supone elecciones, conscientes o no, por parte de una comunidad sobre aquello que considera valioso y parte integral de su condición como grupo. En otras palabras, el patrimonio es un conjunto de productos culturales que son considerados esenciales para la comunidad en tanto que han contribuido a conformarla como tal”. Tales productos tendrían, por tanto, una importancia fundamental para un pueblo pues se encuentran vinculados a su historia y la construcción de su identidad; sin embargo, no deben ser considerados como elementos monolíticos que simplemente se integran al paisaje de una ciudad, de un territorio o de una nación. Para que continúen siendo esenciales, es necesario que se haga saber constantemente su importancia para las poblaciones que ligan su identidad a estas expresiones, materiales o inmateriales. “Ahora bien, -continúa Morales- la sociedad tiene memoria selectiva y olvida aquello que ya no es significativo para explicar su presente. Redescubre valores allí donde cambios sociales obligan a reordenar el pasado. Ciertas formas de hacer historia sirven a éstas u otras fuerzas sociales que empujan la memoria en un sentido u otro. Sólo una historia crítica reflexiona sobre las preocupaciones sociales a las que responde. Dicha historia crítica juega un papel fundamental en lo relacionado con el patrimonio. Una de sus múltiples responsabilidades es guardar la memoria de lo que no se quiere recordar y rescatar el valor de todo aquello que está construyendo el presente social, se ajuste o no a los intereses dominantes. Ante las fuerzas dispersoras de la globalización, que diluyen los mecanismos de auto reconocimiento de los grupos locales, la puesta en valor del patrimonio juega un papel importante en la delimitación de la identidad”. Primera pregunta que me hago, después de leer lo anterior: ¿los diferentes gobiernos de Perú han hecho todo lo posible por dar a conocer a su población la importancia de Caral no sólo para su historia sino para la de la humanidad en su conjunto? Por supuesto que no y, hay que decirlo, tampoco lo hemos hecho en nuestro país sobre los diferentes vestigios que tenemos.

Las fuerzas dispersoras de la globalización, como las denomina Morales, tienen mucho que ver en que acontecimientos como el anterior sucedan. Caral, como bien afirma la nota de La Jornada, es una ciudad sumamente antigua -entre 3000 y 2500 antes de nuestra era- y su descubrimiento en 1996 por la arqueóloga peruana Ruth Shady, actual directora del sitio, ha contribuido a construir una historia americana muy alejada al pensamiento eurocentrista de la historia del mundo. Es decir, también en América existieron sociedades sumamente complejas contemporáneas a las denominadas por los estudiosos europeos como las “cunas de la civilización”, lo que nos obliga a comprender la historia de la humanidad como una colección de procesos simultáneos. Ello nos debe llevar a eliminar de nuestro pensamiento conceptos tan mal intencionadamente empleados como “evolución de las culturas” o el “desarrollo y el progreso de los pueblos”. En efecto, el entender que en épocas tan lejanas como tres mil años antes de nuestra era existía una ciudad tan compleja como Caral en el sur del Continente, nos lleva a repensarnos e identificarnos como sociedades importantes en el desenvolvimiento histórico de la humanidad. Debemos caminar hacia la construcción de una historia y arqueologías vinculadas a nuestras propias necesidades, sancionadas por nosotros y no por academias de otras latitudes. Caminar, pues, a una arqueología decolonial, que debe ir, como dice Nick Shepherd en su texto “Arqueología, colonialidad, modernidad” publicado en el libro “Arqueología y Decolonialidad”, hacia “la comprensión del rol que ha jugado la arqueología como disciplina en los procesos que he descrito: la conquista del espacio y el tiempo, la formación de subjetividades, la subalternización de conocimientos locales y el establecimiento de un nuevo orden de cosas”. Ese nuevo orden, debe estar centrado en América, en nuestra historia y, sólo entonces, vincularla a la de los demás territorios del orbe, no al revés.

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La arqueóloga Shady ha sido amenazada de muerte por los invasores que aparentemente son empujados por grupos de interés que buscan hacerse de tierras. Por supuesto que esto es inaceptable, pero es preciso decir que, si la sociedad peruana en su conjunto se sintiera vinculada a ese patrimonio, de ninguna manera se dejaría manipular por nadie para destruir algo que le resultara esencial, cosa que definitivamente no está sucediendo. Es necesario acercar la arqueología y la historia a las sociedades para que todos y cada uno nos convirtamos en custodios de nuestro propio patrimonio, de aquello que se integra a nuestra identidad. ¿Qué es más importante en este momento: el patrimonio o el pueblo que tiene hambre? Ambos son fundamentales, pero mientras que el dotar de alimentos y posibilidades a la población soluciona un problema inmediato, la protección del patrimonio a través de la integración de la población en su conservación brinda posibilidades de pensamiento a largo plazo. Una sociedad que está integrada con su historia y con aquello que le da identidad, estará más activa en la conservación de su vida, su entorno natural y cultural y plantará cara decisiva ante los abusos de tanto político y empresario rapaz que quieren lucrar con todo lo que tienen enfrente. Finalmente, es necesario que el Estado se haga cargo de el asunto en tres niveles: propiciar el apego por el patrimonio de manera permanente a través de estrategias diversas que no sólo se centren en la explotación turística de estos lugares; generar las condiciones para que se estudien y difundan de manera decidida todos estos sitios y que el conocimiento resultante impacte en la formación de esas sociedades de las que hablamos; combatir la corrupción detrás de estas expresiones y garantizar la seguridad de los sitios, así como la seguridad alimentaria de la población. Por supuesto, se dirá que pido demasiado. Claro, pensaremos eso si estamos atrapados en el ciclo terrible al que nos ha metido este sistema colonizador, neoliberal, meritocrático, patriarcal y dependiente del mercado.

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