Jueves, octubre 21, 2021

Guerra de imágenes

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En los noventa del siglo pasado se publicó en español un interesante trabajo de Serge Gruzinski denominado La Guerra de las imágenes. De Cristóbal Colón a “Blade Runner” (1492- 2019). En él, uno de los más destacados exponentes de la corriente histórica llamada “Historia de las mentalidades”, explora la lucha que se establece desde que Colón pisa tierras caribeñas entre el pensamiento moderno occidental y el de las comunidades con las que se encuentran posteriormente a su arribo y colonización. Debo aclarar, como siempre lo hago, que la modernidad no debe ser entendida como “progreso”, “desarrollo”, “estadio evolutivo superior” o “modelo al que deben aspirar todos los países subdesarrollados y sus gobiernos y habitantes chisgueteros”. Me refiero, simplemente, a esa forma de pensamiento occidental producido en Europa y que se centra en el capitalismo como fuerza económica, en el cristianismo como su fuerza moral/explicativa y, posteriormente, el liberalismo triunfante (y su expresión actual, el neoliberalismo) como su fuerza política y lógica de organización social. Y claro, como estos territorios eran ignotos (para los europeos, hay que enfatizar) y sus habitantes se encontraban en “inferioridad” tecnológica y cultural, había que “guiarlos” por el camino “correcto”. De ahí el inicio de la Colonia. Es decir, desde que Colón arriba a esas islas caribeñas, el proceso colonizador y “civilizatorio” inicia. Al encontrarse con los “zemies” representaciones de lo “sacro” entre los pueblos que ellos encontraron, se da un interesante debate en la mente del genovés. ¿Son ídolos, son representaciones de divinidad? ¿Tienen dioses y, por tanto, un atisbo de “civilidad”? Y Gruzinski nos alerta: “Que el problema de las imágenes del Otro, de sus funciones y de sus características, se planteó al instante a los descubridores y que al principio pareció avanzar hacia una respuesta original. Pero esto no fue más que un paréntesis, presurosamente cerrado. Ni Colón ni sus compañeros ni los poderosos que mandaban la empresa soñaron con disfrutar de las delicias de la etnografía, y pronto el paraíso de las islas se convirtió en un infierno donde imperaron la explotación brutal, el hambre y la enfermedad microbiana. Por mucha que fuese la curiosidad de los primeros observadores, iba en un solo sentido: era impensable que los indígenas practicaran una ‘etnografía a la inversa’ y que interpretaran, a su vez, las imágenes de los blancos”. 

Por supuesto, la tragedia vendría pronto y sería por la interpretación que harían los locales de las novedades y lo hicieron a su manera. Según Gruzinski, los habitantes habrían ocupado los objetos de culto que les obsequiaron los europeos, los enterraron dentro de su campo de cultivo y los orinaron. ¡Sacrilegio imperdonable! Y continúa Gruzinski con su relato: “Ese sacrilegio fue castigado por el hermano de Colón, que hizo quemar vivos a los culpables. La brutalidad de la represión española —ejercida por laicos— probaba la inviolabilidad de un dominio que mezcló inextricable- mente la política y la religión: el respeto a las imágenes de los blancos es tan intangible como la sumisión debida a los colonizadores. Pero la profanación había ido acompañada por un ritual de fertilidad que manifiestamente atribuía a las imágenes una eficacia parecida a la de ciertos zemíes. En ese sentido, el “sacrilegio” mostró la cercanía que los indígenas presintieron entre las imágenes de los cristianos y los zemíes locales, y hasta el partido que, según imaginaron, podrían sacar de él. Comenzó la larga lista de destrucciones, de apropiaciones, de desviaciones y de equívocos con que está tejida la historia cultural de la América Latina”. En efecto, tan sólo fue el preámbulo de una larga lucha por imponer la visión europea que ha estado matizada por negociaciones diversas, destrucciones, apropiaciones e imposiciones y que tendrán su expresión visible a través de las imágenes. De hecho, en la Colonia, en el México independiente y en el postrevolucionario, será común el aprovechamiento de mitos, imágenes, nombres y un largo etcétera de conceptos, primero taínos y luego nahuas, mayas, por mencionar algunos, para la construcción de identidades locales, regionales y nacionales. 

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El episodio más reciente de este vaivén simbólico, de esta guerra de las imágenes, lo vemos en el escándalo en torno al retiro de la estatua de Cristóbal Colón en Reforma, en la Ciudad de México, y la propuesta de su gobierno de colocar en su lugar la estatua de una mujer indígena. La idea levantó muchas cejas, pero la bronca vino en el momento en que se dio a conocer al artista que haría la escultura y este presentó el proyecto: Una cabeza inspirada en las cabezas olmecas, pero de mujer y que se llamaría Tlali (tierra) en náhuatl. Varios intelectuales externaron su opinión a favor y en contra de la iniciativa; por su parte, algunas organizaciones e individuos se han manifestado en contra de que se sustituya la estatua de Colón. El asunto, al final, es que la escultura llamada Tlali ya no se colocará y Claudia Scheinbaum ha dicho que mejor quedará en manos del Comité de Monumentos y Obras Artísticas en Espacios Públicos de la Ciudad de México. Bien, sin embargo, coincido con la idea planteada por Federico Navarrete en entrevista con el diario El País de España y que considera que debió existir un debate público. Por su parte, Martín Ríos, profesor de Historia en la UNAM afirmó también entrevistado por el mismo diario que “Me parece una decisión inteligente, porque por un lado va a permitir proteger al monumento, que forma parte de la historia de la ciudad. Más de un siglo después, el contexto ha cambiado y ahora tenemos otro, ya no es la idea de que Colón trajera la civilización a México y que México sea deudor. Además, se han puesto en valor las raíces de la cultura indígena a lo largo de todo el continente americano, por eso es importante darle al espacio público el reconocimiento a estas matrices”. Por mi parte, he de decir que estoy de acuerdo en que Colón debe desaparecer permanentemente de una avenida tan emblemática, como una forma simbólica de rechazo al colonialismo en que nos hemos visto envueltos desde el momento en que llegó a las costas caribeñas. Sin embargo, cabe preguntarse qué están entendiendo artistas, autoridades, intelectuales y nosotros mismos por los conceptos “mujer” e “indígena”. 

En el muégano conceptual e identitario que planteaba el artista de Tlali (mujer olmeca de nombre nahua, con serpientes en el tocado y un símbolo de ollin -movimiento-) no queda ni por asomo contemplada la enorme diversidad de las poblaciones originarias de nuestro país, ya no digamos lo femenino. Es más, en la polémica desatada, alguien afirmó en un tuit que una mujer olmeca no era una indígena. Una alumna mía me compartió la publicación totalmente confundida pues pensó que los olmecas habrían sido indígenas… ¿o no? Claro, ciertamente eso se puede pensar; sin embargo, detrás del concepto “indio” se encuentra la visión del otro, establecida por los europeos para distinguir a “esos” – con la idea de que habrían llegado a las Indias Orientales en un primer momento- de “ellos”, los europeos, conquistadores, colonizadores y los que llevaban la voz cantante. Por tanto, el concepto es enteramente colonial. En todo caso, valdría decir que indígena podría ser toda aquella persona originaria de un sitio y, por lo tanto, la cosa cambia. La idea es que una mujer olmeca no es indígena, es olmeca y punto; es más, tal concepto es artificial pues en realidad no tenemos idea de cómo se llamaban aquellos que se ha denominado olmecas, ni su filiación ni su lengua. Como sea, una mujer huasteca no es una “indígena huasteca”, es una huasteca y punto; y, si quisiéramos profundizar en su identidad, tendríamos que llamarla una mujer “teenek”, como ellos se suelen denominar. Lo mismo sucede con las hñahñu (otomíes), las rarámuri (tarahumara) o las jach- taan’ (lacandones), entre muchas otras. Para mí se debiera buscar algo que pudiera dar cuenta, como he expresado, de la diversidad en este país, una que no puede ser contenida en una sola escultura, con la visión de alguien que ni siquiera está en contacto con la complejidad de la que hablo. La guerra de las imágenes de la que habla Gruzinski está presente incluso en la cuarta transformación que se ve atrapada por lo mismo que busca combatir: un colonialismo que se niega a ir, pues, como bien afirma Cuauhtémoc Medina, curador del Museo Universitario de Arte Contemporáneo, entrevistado por El País: “Este es el feliz parto de una nueva idea de identidad mexicana, que celebra treinta siglos de tradición neolítica de la talla en piedra, como símbolo del placer de explotar la mano de obra barata. La imagen de una feliz patria que derrota las ideas exóticas que nos privan de nuestros bonitos monumentos colonialistas, para estrenar más bonitas esculturas neocoloniales que harán felices a funcionarios, ideólogos y turistas”. Bien, pues por el momento se ha detenido la decisión. Pero ciertamente, hay que escapar de soluciones simples, sensibileras, que exhiban una dicotomía absurda entre hispanófilos e indianófilos que poco o nada se preocupan de la vida cotidiana de esas comunidades que, nos guste o no admitir, han sido siempre los habitantes incómodos de nuestras colonias y repúblicas pues los hemos hecho ser extranjeros en su propia tierra, la que heredaron de sus ancestros hace milenios. No basta con poner estatuas. Un buen homenaje a nuestros pueblos originarios es respetar sus autonomías, su lengua, su cultura, su vida… devolverles tierras, propiedades; dejar de talar sus bosques, de contaminar sus aguas y de destruir sus centros importantes en beneficio de cuanta minera e industria se presente… ¿no es tan fácil renunciar a esa “modernidad” rapaz y gandalla verdad? Se trata de la guerra de las imágenes que no deja de librarse en pleno siglo XXI, pura retórica, mercadotecnia y manipulación ideológica, nada más.

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