Miércoles, junio 23, 2021

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Genocidio cultural

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El pasado 29 de mayo, el diario El País de España nos sorprendía con una nota por demás desagradable:

“Conmoción en Canadá tras el hallazgo de los restos de 215 niños en un antiguo internado para indígenas. Entre 1883 y 1996, cerca de 150.000 menores fueron obligados a vivir en estos centros caracterizados por la negligencia, los abusos y el racismo”.

Cuando leí el encabezado, necesariamente relacioné el hallazgo justo con lo que comenté la semana pasada, la dicotomía civilización y barbarie introducida en nuestras latitudes desde las conquistas en América y la posterior constitución de colonias en esos territorios. Tal diferenciación fue clave para justificar la presencia de los europeos en estas tierras y de sus herederos después de las independencias.

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Por supuesto, el concepto de civilización totalmente ligado a la modernidad ha justificado todo tipo de acciones, desde la reubicación de las comunidades para beneficio de las nuevas capitales europeas en el territorio (como sucedió en Nueva España y el Virreinato del Perú), pasando por la segregación de las comunidades en reservas hasta el sistemático exterminio de muchos grupos vía las armas o la propagación de enfermedades (no me refiero a una guerra bacteriológica, por supuesto). Los gobiernos independientes siguieron con muchas de estas políticas coloniales e incluso propusieron algunas nuevas, como la creación de instituciones educativas creadas exprofeso para modernizar a los indígenas.

Según la nota de El País, en Canadá existieron 139 centros dedicados a esta labor:

“El internado de Kamloops -donde se encontraron los restos-, abierto entre 1890 y 1969, fue el mayor de estos centros en el país, destinados en teoría a integrar a la joven población indígena en el sistema y regentados por el gobierno y las comunidades religiosas. De adscripción católica, en sus tiempos de mayor esplendor alojaba a unos 500 alumnos procedentes de distintas comunidades autóctonas de Columbia Británica. Tras recibir la noticia sobre este hallazgo, Marc Miller, ministro federal de Servicios Indígenas, afirmó que el tema de los internados para menores indígenas ‘continúa siendo una vergüenza nacional, pero lo que resulta incluso más vergonzoso es que mucha gente no conoce esta realidad’. En junio de 2015, una comisión entregó un informe donde catalogó lo ocurrido en estas instituciones como un ‘genocidio cultural’”.

Muchas de las familias, según nos informa el diario, ya no volvieron a ver a sus hijos y se estima que podrían ser hasta 6000 los niños fallecidos en estos lugares, víctimas de enfermedades, abusos de todo tipo y el suicidio. Sin embargo, los 150 niños ubicados en estos espacios no están registrados en las estadísticas que existen por lo que no se sabe realmente cuántos niños habrían muerto en estos espacios ni todas las causas de los decesos. A su vez, el reportaje no informa sobre los sobrevivientes y las diferentes circunstancias que vivieron una vez que sobrevivieron el encierro. ¿En realidad fueron modernizados? ¿Su vida mejoró gracias a la “civilización” que les fue inculcada?

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El asunto es terrible, tanto por lo que se mira en la superficie como por lo que subyace que es infinitamente más perverso: la imposición de un modelo económico, político y social que nada tenía que ver con las comunidades originarias de este continente y, para el caso, con las naciones que surgieron de los procesos de conquista, colonización e independencia. Tal cual, como lo estipula la comisión revisora de estos centros, se trata de un genocidio cultural. Por supuesto, en muchos otros países de América existieron ejercicios similares (sin tanto muerto, aparentemente) so pretexto de la modernidad, el progreso y el desarrollo, además de la integración. En un sugerente artículo de investigación publicado por el Anuario de Estudios Americanos en 2010, la investigadora Laura Giraudo de la Escuela de Estudios Hispanoamericanos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en Sevilla, España, analiza los internados indígenas en el México postrevolucionario y los compara con iniciativas similares en Bolivia por esos mismos años:

“Este artículo se ocupa del tema específico de los internados indígenas en México y en Bolivia, analizando algunos casos emblemáticos: la Casa del Estudiante Indígena (1926) y los Centros de Educación Indígena (desde 1932) en México y, para el caso boliviano, las escuelas normales para indígenas de La Paz (1911 y 1931) y la escuela–ayllu de Warisata (1931). Las experiencias de los internados son parte importante del deba- te sobre el concepto mismo de ‘educación indígena’, en el sentido de educación ‘especial’, y, además, resultan reveladoras de la percepción y de la imagen que las elites de estos países tenían de la ciudad (moderna y civilizada) frente al campo (primitivo y atrasado), junto con la idea del campo como el ‘medio natural’ de los indígenas. El recorrido es aparentemente el mismo en los dos casos: los internados se trasladaron desde la ciudad hacia las regiones consideradas más indígenas”.

La autora no realiza una crítica directa de los trabajos y las consecuencias reales de las instituciones que estudia. Sin embargo, a lo largo de su artículo vemos que en estos ejemplos se van produciendo al menos dos visiones específicas en torno al “problema indígena”. La primera, que buscaba integrar a los indígenas a la modernidad que se estaba construyendo en ambos países pero a partir del respeto a su lengua y algunos de sus usos y costumbres con la idea de que no se perdieran del todo en el proceso. La segunda postura, pugnaba por castellanizar a los indígenas y educarlos del todo en las prácticas modernas y civilizadas que se veían en el orbe. Rafael Reyeros, por ejemplo, líder boliviano que no estaba de acuerdo con el modelo iniciado por el Estado en esos años –concretamente con la escuela Warisata que buscaba revitalizar las instituciones acestrales–, proponía el mestizaje como un ideal:

“El indio es el germen de un futuro mestizo, como que en cada mestizo queda siempre algo del indio y ya es un blanco en potencia. Porque lo blanco, no es una postura biológica, sino simplemente social. […] detrás de todo blanco boliviano, asoma el fleco deshilachado del poncho indio y, todo indio, es en sí, un mestizo en potencia y éste, un futuro blanco”.

¡Vaya colonialidad más burda!

Pese a buenas voluntades, pese a que aparentemente se respetaran usos y costumbres, de lo que se trataba era de integrar a las comunidades a una modernidad con ideas y conceptos ajenos a su propia circunstancia. Es decir, introducir a las comunidades en un modelo de pensamiento que, en el mejor de los casos más o menos podía coincidir con sus propias cosmovisiones; en el peor, resultó ser una imposición terrible que generó desarraigo, confusión y en muchos casos, la muerte y un franco exterminio. Hoy empiezan a emerger horrores como el vivido en ese internado de Canadá; pero para quien lo quiera ver, la situación es todavía peor. No sólo las comunidades originarias no han sido integradas a ninguna modernidad sino que constantemente ven amenazados sus espacios (allá donde los sistemas coloniales e independientes los han lanzado) y sus vidas por los capitales interesados en la minería, el turismo, el litio, las energías limpias y cuanta cosa se pueda vender. Son tildados por el sistema de salvajes y retrógradas. Como bien afirma Anibal Quijano en su ensayo “Colonialidad del Poder, eurocentrismo y América Latina”:

“El control del trabajo en el nuevo patrón de poder mundial se constituyó, así, articulando todas las formas históricas de control del trabajo en torno de la relación capital-trabajo asalariado, y de ese modo bajo el dominio de ésta. Pero dicha articulación fue constitutivamente colonial, pues se fundó, primero, en la adscripción de todas las formas de trabajo no pagadas a las razas colonizadas, originalmente indios, negros y de modo más complejo, los mestizos, en América y más tarde a las demás razas colonizadas en el resto del mundo, oliváceos y amarillos. Y, segundo, en la adscripción del trabajo pagado, asalariado, a la raza colonizadora, los blancos”.

En efecto, tal racialización de las actividades del continente hace que la relación entre los pueblos originarios y los demás siga siendo totalmente colonial. Baste ver los comentarios en redes sociales de líderes de América Latina frente a los movimientos indígenas. Ejemplos sobran, como Bolsonaro diciendo el año pasado que el “indígena es cada vez más ser humano como nosotros” y a la par, apoyando a mafias mineras y madereras que depredan los espacios comunitarios del Amazonas. O varios políticos colombianos que reaccionaron así a la participación de organizaciones indígenas en las movilizaciones recientes en ese país: “mucha atención a las organizaciones indígenas que salen de su hábitat natural a perturbar la vida ciudadana”, lo que nos dice que son “animales o salvajes” pues tienen un hábitat y que no son ciudadanos; otro dice (que me sonó a varios discursos panistas de ciudades industriales) “algunos indígenas del Cauca olvidan q las carreteras , colegios, acueductos, centros de salud, electrificación, subsidios de vivienda, que hay en sus municipios, se hacen con impuestos pagados mayoritariamente en Bogotá, Medellín, Cali y otras ciudades. Nuestra democracia funciona”.

Nuevamente, civilización vs barbarie. La segregación o incorporación de los pueblos originarios son dos caras de la misma moneda que va dirigida a su asimilación en proyectos espurios y cómodos para las elites, lo mismo políticas que económicas. Un artículo de Jo Woodman y Alicia Kroemer, publicado en 2018 en inglés en el portal de Intercontinentalcry.org y en su versión en español para el portal de Survival,  alerta sobre el asunto que es sumamente grave pues sigue ocurriendo en la actualidad:

“El horrible legado de los internados se está repitiendo, a escala masiva, porque las actitudes e intenciones subyacentes al sistema de internados canadiense siguen vivas. (…) Menores tribales e indígenas de todo el mundo son separados a la fuerza de sus familias y enviados a escuelas que anulan su identidad y en muchos casos les imponen nombres, religiones y lenguas que les son ajenas. (…) A menudo, quienes mueven los hilos detrás de estas instituciones son industrias extractivas y organizaciones religiosas fundamentalistas. (…) Un megainternado de India –que alardea de ser el “hogar” de 27.000 niños indígenas– declara abiertamente que su propósito es convertir a niños indígenas “primitivos” de “pasivos en activos”, de “consumidores de impuestos en contribuyentes”. (…) Entre sus socios se hallan las mismas empresas mineras que tratan de hacerse con el control de las tierras que esos niños llaman su verdadero hogar. (…)  Un experto en educación de los adivasis nos ha contado que ‘les han lavado el cerebro a base de una enseñanza que dice ‘la minería es buena, ‘el consumismo es bueno’, ‘vuestra cultura es mala’. Los internados indígenas son instituciones que anulan la autobiografía de cada niño para sustituirla por lo que encaja en la sociedad dominante. ¿Acaso no es un crimen en nombre de la educación escolar?”

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