El feminismo no es una moda; es una historia de siglos de lucha, un saber que ha logrado construir un riguroso marco de referencia teórico y metodológico, y un movimiento que abarca muchas formas de la diversidad.
Para que hoy 8 de marzo salgamos a las calles con un arsenal de poderosos argumentos, hemos de tener muy claro que la fuerza del feminismo está en su historia y en la memoria de esa historia. Desearía aportar algunas ideas que considero claves para el debate actual del feminismo, hacer algunas aclaraciones conceptuales y dotar de más argumentos a los diversos tonos de violeta que hoy brillarán por las calles muchas ciudades del mundo.
Sin lugar a dudas el feminismo tiene una larga trayectoria que contiene en su seno una gran diversidad de historias según el contexto en el que surgieron. La forma más clásica de abordarla, habla de tres olas. La primera fue la del feminismo ilustrado del siglo XVIII, integrada por mujeres ilustradas que reivindicaron el valor de la igualdad y que plasmaron su fuerza, de la mano de Olympe de Gouges, en una declaración de derechos de la mujer y de las ciudadanas, que les costó la guillotina. La segunda, que recoge la dura y ejemplar lucha de las sufragistas tanto de Europa como de América y por último, la tercera ola en el siglo XX, que inicia en los años 60, que tiene como referente inicial la obra de Simone de Beauvoir, El segundo sexo. Esta terceraola estuvo motivada por la necesidad de romper con los estereotipos imperantes en torno al ser mujer, a los cánones de belleza y la desigualdad impuesta por una estructura social patriarcal.
Fue en la década de los 70 cuando se introdujo el feminismo a las universidades. En el seno de los estudios feministas surgió el concepto de género y se incorporó el multiculturalismo con el propósito de abordar, no sólo los estudios de la mujer, sino toda la diversidad sexual y cultural.
Diversas posiciones se debatieron durante el siglo XX, tanto en las calles como en la academia. La mayoría compartía una postura antiesencialista, pero se confrontaban las feministas de la igualdad y de la diferencia. Posturas que con el tiempo han ido encontrando sus intersecciones. Ante la desigualdad se reivindica la igualdad pero al mismo tiempo se reconoce la necesidad de tematizar y legislar la diferencia.
El tema más interesante y complejo con el que hemos abierto el siglo XXI, ha sido planteado por Judith Butler, quien se propone pensar el género en términos simbólicos y para ellos introduce el concepto de performatividad, con el que reconoce que las personas somos construidas socialmente a través de significados culturales que se transforman en mandato. Su teoría plantea el género como un efecto producido por un conjunto de prácticas regulatorias que pretenden ajustar a las personas al discurso del poder y a sus prácticas dominantes. Por eso introduce el concepto queer para nombrar la extrañeza que supone para algunos sujetos lo simbólico que le otorga la cultura para interpretar su propio cuerpo.
La teoría feminista no puede construirse sin deconstruir el propio concepto de mujer, esto significa sacarlo del contexto en que ha sido construido como instrumento del poder opresivo, para subvertir y desplazar su significante hacia un lugar alternativo. Es una forma de liberarlo de las exigencias de los significados que le han sido asignados históricamente, como el de cumplir una sola norma.
Dotemos nuestro 8 de marzo de la fuerza de su historia, conmemoremos a aquellas mujeres costureras que murieron quemadas en la fábrica Cotton Textile Factory en New York en 1857, al reivindicar sus derechos laborales. Recordemos la historia de aquellas mujeres de todos los tiempos que lucharon por conquistar la igualdad de la que ahora nosotros gozamos. Luchemos y eduquemos a las nuevas generaciones para que nuestras hijas y las hijas de nuestras hijas no sufran nunca más ni de acoso, ni de violencia, para que puedan crecer libres en un mundo que respeta su dignidad y sus derechos.


