Domingo, julio 21, 2024

Fuera máscaras

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Durante años se han hecho diversas criticas al sistema de democracia representativa. Una de las principales, es la facilidad con la que el representante se aleja de los intereses de los representados. Justo en 2013, con la aprobación de la reforma energética propuesta por Enrique Peña Nieto, se corroboró esta hipótesis. A pesar de las intensas movilizaciones populares, la reforma fue aprobada. Hoy, sabemos de la intervención de personajes como Ricardo Anaya y Emilio Lozoya en la operación política para convencer, a “billetazos”, a los legisladores de la conveniencia de la reforma.

A poco más de ocho años de distancia, la propuesta de reforma al sector eléctrico del Ejecutivo, se ha convertido en un punto de debate que ha puesto en alerta a los sectores más conservadores del país que, como su nombre lo indica, quieren conservar los privilegios que les otorgó la reforma de Peña Nieto.

Como sabemos, a raíz de la reforma de Peña, compañías productoras de energía eléctrica utilizan nuestra red eléctrica, los servicios de mantenimiento y administración que pagamos con nuestras cuotas e impuestos. O sea, que financiamos a las empresas privadas con nuestros impuestos y cuotas de electricidad.

Ahora, el contexto es adverso para ellos porque, a través de la propuesta del presidente, los representantes tienen la oportunidad de mimetizarse con la voluntad popular y reafirmar su compromiso y legitimidad. Al mismo tiempo, es oportunidad para la politización del pueblo en torno a temas no electorales, es decir, en torno a la identificación y convergencia de intereses de las mayorías. Esto permite, también, la identificación de “enemigos” comunes y favorece la confluencia de fuerzas aparentemente diferentes. Me refiero a la supuesta diferencia de intereses del sector popular, el sector de ingresos medios y las pequeñas empresas.

Esta es una oportunidad para que el partido que llegó al poder por la voluntad popular, sea capaz de unificar nuevamente las fuerzas progresistas del país en torno a un proyecto común. Oportunidad, también, para que quienes llegaron a ese partido sin compartir ideas, muestren su verdadero rostro, oportunidad también para que emerjan nuevos liderazgos plenamente identificados con los intereses de las mayorías.

La vitalidad del partido-movimiento depende de la capacidad que tengan los viejos cuadros politizados e informados, de canalizar el descontento de la base para desplazar al oportunismo. Parece sencillo, pero esta maniobra debe ser cuidadosa de no convertirse en materia prima para la crítica vacía de la derecha. De ahí la importancia, y la necesidad, de fortalecer la formación política de los cuadros dentro del partido-movimiento.

Este es el reto principal y ahí radica la importancia del Instituto Nacional de Formación Política.

A ver si como roncan, duermen.

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