Franziska Neff: hay obras que hablan de una historia del arte que es más cercana a la gente

Piezas escultóricas que resaltan por su pequeño tamaño, como las representaciones de santa Ana y san Joaquín contenidas en la colección del Museo Amparo, que median los 20 centímetros, “hablan de una historia del arte que está más allá de las grandes historias del arte y de los grandes hombres artistas, y que está más cercana a la gente” novohispana, de siglos como el XVII. 

Dichas piezas, indicó la historiadora del arte Franziska Neff, constituyen ejemplo de la labor de los maestros escultores y talladores de la Puebla de los Ángeles. Lo anterior porque a finales del siglo XVII, había alrededor de 10 talleres de escultores, a la par de 27 talleres de talladores; en algunos casos, incluso, había talleres en los que se desarrollaban ambos trabajos, ya fuera en pequeño o en gran formato. 

“Había mucha gente capacitada para hacer este tipo de piezas, ya fuera para retablos de las iglesias o para una devoción particular, devociones domésticas y obras efímeras para ciertas festividades que son más difíciles de rastrear”, dijo la académica del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. 


Al brindar la charla en línea Santa Ana y San Joaquín: manifestaciones escultóricas de la devoción a los padres de María, como parte del ciclo La colección a detalle que organiza el Museo Amparo, Neff recalcó que este tipo de piezas escultóricas dejan ver la cercanía que había de las devociones con la población en general. “La gran cantidad de piezas que circulaban servían de sustento espiritual de la población, y se ubican dentro de un ámbito que se escapa a los historiadores del arte”, sostuvo. 

La también curadora señaló que las esculturillas de santa Ana y san Joaquín apenas llaman la atención dentro de la colección del museo, pero al mirarlas detenidamente llevan al observador a adentrarse en los ámbitos de las devociones dentro de los hogares, en las convenciones de representación en la Nueva España y en Puebla, y en las prácticas de los talleres de escultura. 

Detalló que éstas pequeñas piezas -de apenas 25.7 centímetros en el caso de santa Ana y 17.5 centímetros en el caso san Joaquín-, tienen mucho que contar, lo mismo en su historia, que su representación y en la penetración que tuvieron en una ciudad como Puebla. 

De este último aspecto, la especialista en escultura dijo que existen varios ejemplos que permiten ver las variantes de su representación mismas que, de manera general, deben pensarse en el contexto del retablo, donde hay una narrativa en general. 

De inicio, refirió al trabajo de José Villegas Cora y la hechura en 1785 de la pareja de ancianos que se ubican en la Catedral angelopolitana, en el retablo de san José. Asimismo, las esculturas ubicadas en el templo de san Cristóbal realizadas hacia 1785, por Zacarías Cora, que presentan una innovación formal: que la paloma que la santa sostiene en una de sus manos no va suelta, sino que está esculpida en conjunto con la pieza. Esta innovación, continuó la historiadora del arte, fue retomada por otros miembros de la dinastía Cora, como José Villegas y Antonio Marcelino Villegas, quienes hacia 1786 en el templo de santa Teresa repitieron esta iconografía que “gustó y quedó bien”. 

El par de pequeñas esculturas, agregó la investigadora, dejan ver el tipo de devociones domésticas que se tenían en los espacios novohispanos. “Tenemos que pensar en los hogares del siglo XVIII como lugares muy importantes para la devoción, pero en las grandes historias del arte se carecen de fuentes y hay pocos indicios para saber algo de ese tipo de devoción: cuáles eran las esculturas y las pinturas que se poseían, o cómo eran los altares”. 

Dijo que los exvotos -pequeños retablos pintados para relatar un milagro- dan idea de la presencia de imaginería en los hogares, si se tenía un altar grande con esculturas y pinturas o si se tenían piezas únicas en algún lugar especial de la casa. 

Franziska Neff agregó que una fuente importante de información sobre esos ámbitos son las cartas de dote, los inventarios de casa, los testamentos y las herencias en donde hay una enumeración de bienes. “Los adinerados tenían un oratorio privado con telas preciosas y devociones, pero el común de los novohispano no podía tener estas piezas, aunque en la documentación se dice que hay imágenes en sus hogares. 

“La historiadora del arte Montserrat Galí ha hecho una revisión y da cuenta que en el siglo XVI había pocas piezas porque los talleres se estaban conformando, mientras que para el siglo XVII hay una variedad de imágenes y objetos que son necesarios para una devoción que involucra a los sentidos: hace falta tocar a los objetos para acercarse a la fe”, refirió la investigadora. 

Continuó que para el siglo XVII existe una gran variedad de materiales y procedencias de las piezas, las cuales no solo adornan las casas, sino que hablan del estatus y del éxito social de los objetos.  

Apuntó que, si bien Galí no refiere a la presencia particular de esculturas o pinturas de san Joaquín y de santa Ana, eso no significa que no hubiera habido una devoción en la Nueva España hacia estos santos. “No está presente tanto en los grandes programas iconográficos de los retablos, pero si acompañan la vocación principal”. 

Sobre el san Joaquín y la santa Ana del Museo Amparo, Neff refirió que, sin materiales preciosos como perlas o plata, su preciosismo radica en la manufactura misma, pues da cuenta del tallado en pequeño que se hacía en los talleres novohispanos.  

“Es un trabajo delicado lo que lleva a pensar quiénes las hicieron: si un taller poblano o de la ciudad de México. Lo que queda claro por el tipo de ornamentación es que es novohispano no guatemalteco, pues ese es geométrico.  Podría ser cualquier taller, ya que los talleres tenían que sobrevivir con muchos tipos de trabajos, ya que no bastaban los grandes encargos, sino que había que trabajar el formato pequeño para su tienda, con piezas hechas en serie para cualquier cliente que quisiera cualquier devoción”. 

Para concluir, Franziska Neff dijo que el Museo Amparo y en general la población que puede observarlas -en vivo o virtual, como sucedió esta vez- “tiene suerte” de contar con este tipo de piezas que como antaño, son capaces de conmover, de inspirar ternura y apelar a los sentidos.