Figurillas dan cuenta de la época Tlatilco desarrollada en el valle de México y extendida hacia Puebla

Figurillas denominadas como “baby face” por sus rostros y cuerpos rechonchos y aniñados, desnudos y asexuados, con deformación craneal tabular erecta, pechos marcados, ojos rasgados y pintura corporal en rojo y amarillo, son algunos de los rasgos compartidos entre las piezas de la colección Tlatilco del Museo Amparo. 

Como parte del ciclo La colección a detalle, la reconocida investigadora Marie-Areti Hers Stutz habló sobre esta colección que ofrece valiosos testimonios de la efervescencia artística y cultural de la cual gozaron los habitantes del valle de México hace unos tres mil años, propiciada por un medio natural excepcional y por la confluencia de dos poderosos ámbitos culturales: la ecúmene olmeca y del lejano mundo andino por el intermediario de los pueblos del Occidente. 

En la conferencia El valle de México hace 3000 años: la colección Tlatilco del Museo Amparo, la académica del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM señaló que imaginar hoy cómo era el valle es casi imposible, pues “hay una mancha voraz que devora hombres y naturaleza”, que es cruzada por la historia entre el agua y el hombre, y dominada bajo la ley de un volcán, el Popocatépetl. 


La cuenca de México, continuó, se encierra entre los lagos de Chalco, Xochimilco, Texcoco, Xaltopan y Zumpanco. Los mexicas se instalaron en un lugar poco cómodo: entre islas e incluso Hernán Cortés tuvo que decidir dónde ponerse, pues si bien sus consejeros le dijeron que Coyoacán, el interés político decidió que Tenochtitlán. Desde 1540 la ciudad capital de la Nueva España tuvo inundaciones frecuentes, y desde el siglo XVI se pensó cómo hacer para vivir en un lago, por lo que se hicieron planes para sacar el agua del valle de México. “Con cada éxito llegó más gente y aumentaron las inundaciones y los hundimientos”. 

Para atrás, continuó la miembro del Sistema Nacional de Investigadores, es otra historia: la del hombre viviendo con el agua, pues el valle de México era uno de los lugares más propicios para el asentamiento humano, siendo el ubicado al suroeste el más propicio. 

Tlatilco se ubicó al pie de la sierra de las Cruces y se descubrió cuando, al hacer una ladrillera, afloraron muchos materiales de gran calidad que atrajeron a los coleccionistas como Miguel Covarrubias, quien fomentó excavaciones entre los años 40 y 50 del siglo anterior. 

Hers Stutz refirió que en el sitio hay varias etapas: hacia los años 24 mil y 22 mil en el Pleistoceno; en una época en el siglo VII antes de esta era en común con un actividad intensa del Popocatépetl, poco propicia para la vida; entre 6000 y el 4500 con la fase Playa I y II, con cazadores recolectores que podían vivir una vida sedentaria precoz debido a una larga maduración cultural que acabó con dos erupciones y nubes ardientes; y del 3000 al 2200 con una aceleración de la economía agrícola. 

Se suman la fase Zohapilco, con precerámica, que acaba con una erupción del volcán y una capa de piedra pómez que lo cubre todo; una fase importante: la fase nevada, en la que aparece la cerámica preolmeca, y en donde ya hay contactos con Veracruz, Oaxaca y más al sur, con una cerámica refinada que deja ver el dominio de la técnica, que pasó en otras partes de la América indígena, como en Perú o Colombia, siendo la “ecúmene mesoamericana en gestación, con un mundo de agricultores y de muchos pueblos intercambiando saberes y bienes”. 

Las fases que interesan, expuso la estudiosa del septentrión mesoamericano y la cultura chalchihuiteña, es la conocida como la Ayotla -entre el 1250 y 800- y Manantial -entre el 1000 y el 800-, que es considerada la época olmeca en el valle de México, que pasa también en Puebla y Morelos, y al sur en Oaxaca y Chiapas.  

Está, indicó, consiste en una presencia olmeca contemporánea a San Lorenzo en el sur de Veracruz, de la cual se han encontrado evidencias de las primeras chinampas arqueológicamente documentadas, así como del desarrollo de la horticultura y la vivienda, dado el apogeo demográfico. 

La investigadora Marie Areti Hers continuó que el arte producido esta fase -representado en la colección Tlatilco del Museo Amparo- son las figurillas tipo “baby face” o cara de bebe, con una cabeza con deformación craneal tabular erecta, y una banda que divide el cráneo en dos partes, así como aquellos con símbolos olmecas como la Cruz de San Andrés, ojos y boca almendradas que son también rasgos olmecas. 

Acotó que destacan otras figuras pequeñas que pertenecen a la fase más antigua, como lo son un jugador de pelota con pintura corporal amarilla, y otras figurillas huecas con miembros simplificados, cuyo acento está en la cara, en los pechos y en la individualización, pues prácticamente ninguna figura femenina tiene el mismo peinado. 

Las figuras pequeñas son las de la fase Tlatilco con cuerpo grandes en proporción a la cabeza, con cuerpo sintético y poco detallado, con pliegues y en donde no se marcan los pechos, solo el modelado, y la forma de los ojos es la característica de esos grupos de figurillas, con el cuerpo cubierto de pintura roja y pinturas faciales que diferencian a cada individuo. 

Otro subtipo, continuó, son el Tenayo, consistente en cuerpos simplificados, rodillas geométricas, brazos pequeños, ojos con la ceja marcadas. Las más comunes son con brazos pequeños y piernas fuertes, y el interés por marcar dientes que están limados, pues es la moda olmeca en el valle.  Conservan su pintura roja, con fondo amarillo, y hay rojo en la boca y en el peinado, y a veces blanco en los ojos. “No hay dos figuras con el mismo peinado. No sabemos si en la vida cotidiana la gente andaba desnuda, pero así se representa en las figuritas”, notó. 

La historiadora del arte destacó las representaciones que hacen alusión a las fiestas: con danzantes de rasgos simplificados y pinturas faciales asimétricas, con faldellines, texturas, pantalones con sonajas y enormes tocados, así como máscaras pegadas a la cara. 

Resaltó las figuras con dos cabezas que representa quizá la dualidad, pues hay máscaras de barro en Tlatilco que representan la vida y la muerte, así como la de “un extraño personaje”: un mecapalero con un cuerno en la cabeza, que carga a otro personaje pequeño y que recuerda que, en la Tira de Peregrinación, los que salen de Aztlán cargan en su mecapal la imagen del dios de cada grupo. “Es quizá una imagen divina, un vistazo a la vida de las fiestas y la ritualidad” 

Marie-Areti Hers mencionó que un tema recurrente es el de la maternidad, con mujeres que poseen cada una su propio peinado y sus bebés conservan el mismo que sus madres; o pequeños que van en cunas fáciles de cargar, con lienzos que se amarraban en la nuca, en el cuerpo y en los pies. 

“Lo que es característico de Tlatilco son las bellas efigies de animales, una expresión que marca un dominio de la cerámica, con la técnica decorativa al negativo. Son referencias a la vida lacustre. Hay animales como un tlacuache que perdió su cola y parece humano por su postura, a la par de que tiene un extraño objeto sobre la nuca. Hay un pecarí, uno de los animales de los que se alimentó la población. Destacan los perros xoloitzcuintles, pues eran alimento, acompañantes en tumbas o enterrados por sí mismos”, concluyó Hers.