Expertos estudian las pirámides consideradas el axis mundi del mundo mesoamericano

Teteles, en Puebla; yácatas, en Michoacán; guachimontones, en Jalisco; cúes, en la Huasteca; cuisillos o montezumas, en Tamaulipas; montecillos, en la región norte; mogotes, en Oaxaca; chulumes, en ciertas áreas de Chiapas; y multún, que refiere a un amontonamiento de piedras relacionado con los edificios mayas, en la península de Yucatán. Todos ellos, nombres que refieren a las pirámides, ejemplo de la arquitectura prehispánica, que va del occidente a la costa del Golfo, y del centro al sureste y al norte del territorio mexicano, con sus singularidades y simbolismos.

Dicho aspecto mesoamericano es el tema central del libro Pirámides, montañas sagradas, una edición del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) que integra a 25 autores –en su mayoría arqueólogos–, quienes abordan ampliamente las grandes estructuras piramidales de sus áreas de estudio.

Pedro Francisco Sánchez Nava, coordinador nacional de Arqueología del INAH, explicó que se ha especulado mucho y desde siempre sobre el porqué de la forma piramidal en la arquitectura de numerosas culturas, caso de la egipcia y la mesoamericana; sin embargo, esta “conexiones” inviables en términos de tiempo y espacio, se deben a soluciones pragmáticas.


Esta forma geométrica se encuentra en la silueta de muchas montañas y volcanes y en la deposición de materiales por acumulación, abundó. “Las culturas mesoamericanas que poblaron hace siglos lo que conocemos como México, desde las primeras aldeas de grupos sedentarios hasta las grandes ciudades prehispánicas, recrearon esta forma. Los montículos de forma y sin explorar que aluden a edificios de la época prehispánica, tienen diferentes nombres de acuerdo con diversas regionales del territorio nacional”, sostuvo el arqueólogo.

En palabras de Sánchez Nava, las pirámides mesoamericanas no corresponden precisamente a una forma piramidal, sino que fueron evolucionando desde las formas más simples –conos y pirámides–, hasta llegar a otras más complejas. Completó que, por lo regular, estas formas son truncadas, escalonadas y de base rectangular, desplantadas sobre una plataforma y que suelen ser los edificios más conspicuos de las zonas arqueológicas.

De estas edificaciones dan cuenta los reconocidos investigadores del INAH, de la Universidad Nacional Autónoma de México, del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, y de la Academia Eslovena de Ciencias y Artes, quienes se dieron a la tarea de escribir este cúmulo de conocimientos sobre las manifestaciones arquitectónicas, “producto del genio creador de las sociedades que nos antecedieron”.

Casi todos los especialistas, señaló el autor de uno de estos ensayos, coinciden en que a la pirámide se le puede considerar un axis mundi o el referente a partir del cual se establecían los patrones urbanísticos, siempre buscando que la distribución espacial de las ciudades reflejara la cosmogonía del grupo constructor.

Para la reconocida investigadora Johanna Broda la carga simbólica de las pirámides está íntimamente ligada a la recreación de la denominada Montaña de los Mantenimientos, ese espacio sagrado y mítico de donde provienen el agua, tanto la que emana en forma de corrientes, como la que se genera en forma de lluvia. Se trata también del lugar donde se almacenan los granos que dan sustento a la población y el sitio donde moran los ancestros.

Resalta el ensayo de Sergio Gómez, director del Proyecto Tlalocan, dedicado a la Pirámide de la Serpiente Emplumada, quien comparte sus conclusiones en torno a la materialización de esta estrecha relación y su magnífica adaptación en el urbanismo de Teotihuacan, donde sus antiguos habitantes recrearon la síntesis inframundo–aguas primigenias–montaña–pirámide.

Por su parte, el director del Proyecto Arqueológico Palenque, Arnoldo González, hace referencia, desde la perspectiva maya, tanto al cosmos como a la ingeniosa producción hidráulica representada en esa antigua urbe y, en particular, en la tumba del más reconocido de sus gobernantes: Pakal.

La lectura de Pirámides, montañas sagradas, como manifestó Pedro Francisco Sánchez Nava, también invita a imaginar las ciudades prehispánicas en todo su esplendor y colorido, como apela Pascual Soto en su artículo, al recordar que estas sociedades disfrutaban del placer por las artes, los murales, las pinturas, las vasijas decoradas, etcétera, las cuales eran producto de un trabajo colectivo.

La publicación del INAH también derriba mitos tan extendidos como la “carga energética” y “fenómenos visuales” que se suscitan en los equinoccios y que atraen a millones de turistas a las zonas arqueológicas. Nada más alejado de la verdad, según comprobaron Iván Sprajc y el propio Sánchez Nava, al llevar a cabo mediciones arqueoastronómicas en diversos sitios mesoamericanos.

En sus textos, ambos precisan que los constructores de esos grandes monumentos lograron establecer alineamientos específicos a partir del tránsito de los astros más relevantes (Sol, Luna y Venus), definiendo fechas significativas en la cosmogonía prehispánica y relevantes para las actividades rituales y de producción en el México antiguo.

Los artículos del volumen, concluyó el coordinador nacional de Arqueología, abundan en la función de las pirámides como basamentos coronados por templos o residencias de élite –son pocos los ejemplos que hacen patente su uso como tumbas–; así como a los distintos sistemas constructivos que reflejan una adaptación única a los ambientes, por ejemplo, al medio lacustre en el caso de Tenochtitlan, o a la selva tropical en los casos de Calakmul, Palenque o Yaxchilán.