Lunes, marzo 8, 2021

Una experiencia con la mescalina

Reconocer los beneficios derivados de la relación entre droga y literatura no ha sido algo fácil.

Las prácticas morales imperantes en diferentes tiempos lo han impedido y, en el mejor de los casos, distorsionado.

“Nunca escriba ebrio”, sentenció un célebre novelista norteamericano, acaso advirtiendo la bulla de los sentidos en los momentos de la creación.

Pero con todo, droga y alcohol, cada quien su prudencia, han generado experiencias artísticas de alta originalidad y esclarecido los enigmas de la propia escritura.

En tales búsquedas anduvieron los franceses Henri Michaux, Jean Paulhan y Edith Boissonnas, hacia mediados del siglo pasado, mediante un experimento con el consumo de mescalina, alcaloide alucinógeno del mexicanísimo peyote.

El resultado ha sido consignado en Mescalina 55, un libro armado originalmente para el lector francés por Muriel Pic y Simon Miaz, ahora traducido al español por Hugo Alejandrez y publicado en nuestro país por Canta Mares. Un acierto redondo que se inscribe en la bibliografía acerca de aquel México, geografía de alto interés para la cultura francesa de la postguerra.

¿No vino Artaud hasta estas tierras a adentrarse en el universo de los tarahumaras?

Con prefacio de Pic, el libro reordena la correspondencia establecida entre los escritores a partir de los agasajos mescalinos, agua de la verdad, le llamó Boissonnas, que cada uno se obsequió hacia principios del año 55.

Aventura que habría de trascender lo estrictamente creativo para inscribirse en los terrenos de la autobservación, algo más bien etnográfico y conductual, entendida la primera como un género de la literatura.

“Si me la encuentras (la mescalina) aquí me tendrás”, le escribe Michaux a Paulhan. “Si lo deseas, seré tu compañero de viaje y mi departamento, nuestra zona de despegue”.

La búsqueda de Paulhan tuvo frutos y días siguientes invita a Boissonnas.

“Dentro de algunos días tendré mescalina, es un peyote purificado, ¿tienes ganas de probarla?”.

Los preparativos, registrados en las misivas, avanzan hasta los días de la consumición, los primeros días del lejano enero.

Siete dosis del alucinógeno les esperan a los amigos Michaux, Paulhan y Boissonnas, personajes centrales del medio literario francés, y una especie de fiduciarios de De Quincey, Baudelaire, Artaud, Leiris…, unos y otros buscadores del llamado autoconocimiento en sus respectivos contextos.

“Habrá que permanecer en penumbra”, le escribe Paulhan a Michaux.

“Por supuesto, ni teléfono ni visitas., Tal vez ¿llevar flores? En caso de ansiedad y de náuseas, tomar té o café muy dulce”.

En la inmediatez de la experiencia una y otros se escriben. Lo seguirán haciendo, detallando, perfeccionando, en su ulteriores misivas y obras, hasta arribar a un doble convencimiento, como anota Pic en su prefacio a Mescalina 55.

Uno: “que las drogas no brindan el saber sino mediante la autobservación”.

Y dos: “que ese saber no concierne tanto a la ciencia como el arte de adivinar el ilegible pensamiento del mundo en el que se forma continuamente la existencia humana”.

Como el torero

Permanecen (en cualquier caso) esas primeras impresiones. Unas más poéticas que otras, todas de alto riesgo y exposición, a la manera de lo escrito por Leiris. “La verdad sobre sí mismo es exponerse, como el torero en la arena, no solamente a las reacciones del otro y de la sociedad, sino también al animal en sí, a una parte salvaje que requiere, sin embargo, un análisis”.

“Con los ojos cerrados el espectáculo comienza”, escribe Boissonnas, al fin poeta.

“Estamos adentro pues todo encaja a la vista. Muy cerca está el ojo que registra esta danza microscópica e un oropel de revista. O de feria sobre un fondo vivo membranoso con vientre de césped tapizado y ombligo eléctrico al que recorren brotes de sarna u ojos arrancados (…)”.

En otro momento, la misma Boissonnas (Diario para mí sola) confiesa:

“¿No somos espectadores de una parte hasta ahora desconocida de nosotros mismos, de una zona inferior y vasta del ser?

Tal vez las artes de Oriente han rozado esas franjas de lo más profundo y en Occidente, por medio de la relajación de un arte tardío, se nos aparecieron y por fin de una manera más ingenua y más permanente se ostentaron atavíos pesados en las ferias, malos lugares, fuertemente satánicos.

Para mí, el secreto es lo abstracto de lo que he visto (ninguna figura humana, ningún animal tampoco, solamente algo secretamente vivo, como vísceras u organismos primitivos palpitantes o astros”.

Y en efecto, tras la experiencia, comprobará el lector de este nuevo siglo, la escritura de los franceses fluyó mejor.

Henri Michaux

 

Jean Paulhan

Henri Michaux, Jean Paulhan, Edith Boissonnas, Mescalina 55, Canta Mares, México, 2020, 308 pp.

@mauflos

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