Lunes, junio 21, 2021

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Espots electorales.

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El gran problema social, un vicio, que sigue circundando a los procesos electorales por la consecución de los cargos públicos sujetos al voto popular -haciendo a un lado la calamidad de todas aquellas acciones propiciatorias del fraude- es el sentido social que se le ha adjudicado al concepto político de elección, creado intencionalmente desde los poderes fácticos para un entorno competencial entre múltiples partidos políticos, considerándolo sólo como una disputa por el poder que representa el acceso a los cargos públicos entre contendientes que luchan por ellos como si se tratase de una pelea de gallos, carrera de caballos, o algún duelo entre equipos deportivos; donde los ciudadanos acuden a las urnas a sufragar por aquel “al que le van”, “su favorito”, o por el que simpatizan. Esta concepción competencial de las elecciones generó socialmente actitudes y creencias que, acríticamente o por ambiciosa esperanza, se aceptaron como “lo normal” para quienes las ganaban y llegaban a los codiciados cargos. El poder sobre los demás, la posibilidad de disposición del erario, la impunidad de acción, la fama, el oropel, el culto mediático, etcétera; se convirtieron en los atractivos esenciales de la participación de los individuos en las lides político electorales. Buscar el encumbramiento personal que diera poder y dinero. Los políticos acuñados bajo este perfil electoral siempre dijeron estar “plenamente convencidos” que la verdadera vocación de su vida era el servicio público, servir a la sociedad y a sus semejantes, aunque secretamente se adhirieran a la regla de oro de no quiero que me den, sino que me pongan donde hay. Como clase social, la élite adinerada -la moderna burguesía tecnocrática y tecnológica- asignó siempre un papel fundamental a los procesos electorales: mantenerse como clase social dominante, retener el control del estado, asegurar el control social sobre las mayorías trabajadoras, hacer predominar el libre mercado, y apropiarse “legalmente” de los bienes públicos hasta conseguir el estado mínimo.

El sistema electoral con multiplicidad de partidos tiene por finalidad el control político de las mayorías sociales con base en la división que acarrea la proliferación misma de partidos políticos, así como la diversidad de enfoques sobre la problemática social que expone cada visión partidista -por ello parcial- intentando ganar adeptos que conformen la base social de cada partido y esgriman posturas ideológicas encontradas, dando lugar a uno de los innumerables motivos de división social generadores de interminables conflictos entre grupos sociales, mientras los dirigentes acceden a las prerrogativas económicas y políticas que derivan de tal posición y, por consecuencia, se convierten en hombres con poder político en el régimen imperante, frente a él, y frente a sus militantes y seguidores. Este esquema mantiene vigencia, no por la competitividad electoral de los partidos sino por el acceso de las dirigencias que controlan la vida interna de ellos, a sus prerrogativas económicas oficiales y la posición preferencial para intervenir en la designación de los participantes en las contiendas políticas en condición de candidatos, anteponiéndose ellos mismos, sus familiares, o amigos, según se aprecia en estos tiempos. Bajo este modelo electoral se han perdido la noción de colectividad para sí, el sentido de nación, la pertenencia al pueblo, el papel de los partidos y las elecciones, y el fin de la organización estatal a la que se accede mediante ellas. Es decir, el sentido de la organización racional de la sociedad para su unidad y existencia digna ha quedado extraviada como finalidad de los procesos electorales.

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A mantener en el olvido esta finalidad y preservar la visión facciosa de las elecciones contribuye poderosamente el mecanismo legal vigente de proselitismo electoral basado en anuncios político comerciales (spots) que se difunden a través de los medios de comunicación masiva, donde partidos y coaliciones electorales emiten una cantidad increíble de descalificaciones, mordacidades, inferencias simplistas, generalidades vanas, ataques políticos, visiones sesgadas, confusiones intencionadas, y hasta posturas vergonzantes en afán de dividir ideológicamente a los sectores populares de la sociedad, atraer seguidores y militancia que hagan efectivo al partido como sujeto de financiamiento público y, en tiempos electorales, se encarguen de buscar el voto ciudadano mientras las dirigencias se enfrascan en dimes y diretes con el gobernante en turno. Para la elección del próximo 6 de junio, las alianzas de partidos constituidas para la contienda dispondrán, de 6 millones 323 mil 760 anuncios promocionales para la coalición Juntos Haremos Historia de Morena-PT-PVEM; en tanto que Va por México acumula el mayor número de promocionales, al contar con 6 millones 904 mil 452; es decir, casi 600 mil más que la primera. El conteo incluye anuncios para la contienda federal y las locales. ¿Qué tanto sirve este bombardeo propagandístico de más de trece millones de spots para que la ciudadanía comprenda toda la problemática que afecta su vida en sociedad, el desempeño de un gobierno, la pertinencia de la propaganda misma, y por encima de todo, el tipo de sociedad a la que aspira como mejor para el desenvolvimiento de su vida gregaria? Somos una sociedad politizada mediante spots, dividida por sus contenidos partidistas, presa de su repetición mecánica, consumidora de la mentira repetida miles de veces, y distraída por los medios de comunicación masiva. En buena medida somos una sociedad aturdida, necesitada de una verdadera educación política para la comprensión científica de la problemática que nos aqueja, las formas de enfrentarla y los mecanismos para resolverla; necesitada de acudir a la historia para no repetir errores pasados, y de examinar puntualmente la trayectoria política concreta de quienes aspiran a un puesto de elección popular para poder conjuntar los elementos de juicio necesarios para elegir a los mejores candidatos en función del proyecto de sociedad, racional y humanitariamente organizada, que se quiera construir.

La visión integral de la problemática social con sus desigualdades y carencias humanas se hace indispensable para saber hacia dónde debemos encaminarnos como colectividad, como nación en la que ninguno de sus integrantes quede inerme frente a las vicisitudes de la vida social. Esta visión de conjunto choca, lógicamente, con las ideas de problemática social que apretadamente propalan los partidos en sus anuncios de 30 o 60 segundos privilegiando la descalificación y eludiendo la propuesta. Poner un poco de atención a la estructura visual y discursiva de los spots que divulgan los contendientes electorales podrá corroborar lo antes dicho. Esta forma de exposición a base de anuncios político comerciales podría equipararse a querer confeccionar una cobija a base de retazos en una situación donde debe tejerse una uniforme y de tamaño adecuado para que sea duradera y alcance a cobijar a todos. En esta gran tarea de necesaria educación política de la sociedad, que debe ser permanente y no sujeta a coyunturas electorales, deben participar por igual la educación pública, la privada y los medios de comunicación masiva abriéndose a la enseñanza y al debate político sin sesgos ni exclusivismos. Pretender sacar ventaja política de la incomprensión de la problemática política y social que nos aqueja, induciendo ideas falsas o perversidades, no es ético. Disputar los cargos públicos y el poder político en afán de mantener privilegios económicos y cuestionar la labor de un gobierno es aspiración legítima pero también discutible en la medida que con ella se afectan intereses de otros sectores de la sociedad agobiados por la pobreza. Debe abandonarse todo espíritu de confrontación social, todo aquello que implique violencia en cualquiera de sus formas, poniendo en su lugar el debate civilizado y constructivo. La política no puede seguir siendo artículo de comercio. Si fuésemos abandonando la disputa política basada en spots sustituyéndola por la discusión educada e informada de nuestros problemas sociales, creceríamos como sociedad y podríamos aspirar a construir una convivencia colectiva en paz.

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