Domingo, abril 11, 2021

Esclavitud

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El diario español El País publicó recientemente en su portal para Latinoamérica un reportaje que se centra en el trabajo infantil en diversas zonas agrícolas en Chihuahua. La temática por supuesto que nos indigna, desde la premisa misma; empero, el asunto no se queda ahí. Sumado a lo anterior, hay que decir que se trata de niños rarámuri de la Sierra Madre Oriental que deben acompañar a sus padres a trabajar pues no sólo se encuentran lejos de sus casas, sino que en estos espacios no existen las escuelas ni guarderías. Además, la ayuda siempre viene bien cuando se trata de arañar los centavos para sobrevivir. Según reporta el diario, la “mayoría de los jornaleros en el centro-sur de Chihuahua provienen de la sierra Tarahumara, al oeste. Los rarámuris solían sustentarse del maíz y frijol que sembraban en las escarpadas montañas, pero las sequías acabaron con sus cosechas. Otros se vieron forzados a abandonar sus hogares por las arremetidas del crimen organizado que controla la tala ilegal de árboles, la siembra de amapola, marihuana y la minería en esos lindes del Triángulo Dorado, feudo insondable de narcotraficantes”. Su desplazamiento forzoso los hace caer en las manos de agricultores rapaces que no sólo pagan una miseria, sino que ocupan estrategias supuestamente desterradas de nuestra vida democrática como la tienda de raya y el trabajo forzoso mediante condiciones laborales engañosas, amenazas y maltrato. Como declaró Ana Luisa Herrera, titular de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social de Chihuahua, “No hay libertad para estos jornaleros. Hemos detectado casos en que los enganchadores (intermediarios) no les permiten salir del albergue, les descuentan el alojamiento, les retrasan el pago o les cobran ilegalmente por los traslados”. Por supuesto, ya más de uno habrá notado también los conceptos “enganchadores”, “desplazamiento”, “trabajo forzoso”, prácticas que, junto a la tienda de raya, como dije, ya no debieran existir en nuestro México del siglo XXI, especialmente cuando tuvimos una Revolución Mexicana que se peleó, entre otras cosas, para acabar con estas prácticas nefastas no sólo en el campo, sino también en la minería y la industria. Esto nos hace ver que hemos tenido décadas y décadas de discursos priístas y panistas sobre la Revolución descaradamente falaces, envueltos en demagogia y rellenos de bosta.

Esclavitud moderna hay que llamarla, justo como la que encontró John Keneth Turner en el Yucatán de 1908 y que relata en su libro “México Bárbaro”: “Esclavitud quiere decir propiedad sobre el cuerpo de un hombre, tan absoluta que éste puede ser transferido a otro; propiedad que da al poseedor el derecho de aprovechar lo que produzca ese cuerpo, matarlo de hambre, castigarlo a voluntad, asesinarlo impunemente. Tal es la esclavitud llevada al extremo; tal es la esclavitud que encontré en Yucatán”. Me permito añadir también el siguiente párrafo tomado de este libro que ilustra a la perfección lo que vemos con los rarámuri del reportaje: “Los hacendados yucatecos no llaman «esclavitud» a su sistema; lo llaman «servicio forzoso por deudas». No nos consideramos dueños de nuestros obreros; consideramos que ellos están en deuda con nosotros. Y no consideramos que los compramos o los vendemos, sino que transferimos la deuda y al hombre junto con ella. Ésta es la forma en que don Enrique Cámara Zavala, presidente de la Cámara Agrícola de Yucatán, explicó la actitud de los «reyes del henequén» en este asunto”. Por supuesto, en el México porfiriano estaba prohibida la esclavitud como lo está en este nuestro México de 2021. Sin embargo, pareciera que tal como le venía bien el pernicioso arreglo a los hacendados henequeneros yucatecos, de igual manera lo a los dueños de los sembradíos que estos indígenas trabajan. De hecho, “El Departamento de Asuntos Laborales Internacionales de Estados Unidos –informa el reportaje– incluye al chile de nuevo en su última lista de alimentos producidos con trabajo infantil y forzado, localizado sobre todo en pequeñas y medianas de esas plantaciones en Chihuahua, Jalisco y San Luís Potosí. ‘Algunos trabajadores enfrentan un creciente endeudamiento con las tiendas de la empresa, que a menudo inflan los precios, lo que les obliga a comprar provisiones a crédito y limita su capacidad de abandonar las granjas’, arroja el reciente informe”.

Como se ve, a las ya de por sí agrestes condiciones de la vida de estas comunidades se suman los abusos de empresarios malandrines y la siempre presente amenaza de los grupos del crimen organizado, especialmente aquellos dedicados a la tala clandestina y al narcotráfico. Un drama terrible, sin duda, pero que, al parecer, poco importa a las autoridades estatales o federales que se encuentran más preocupadas por obtener dividendos políticos en las elecciones de este año. En efecto, ni el gobierno panista de Chihuahua ni la 4T han podido (o querido, no nos hagamos) atender los problemas añejos de estas comunidades. Sé que todo se encuentra en este momento centrado en la pandemia y es comprensible; sin embargo, el problema no es nuevo y tiende sus raíces en el pasado remoto de estas tierras. Por ejemplo, como se registra en la monografía sobre el pueblo rarámuri en el portal del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas, en “1631 se empezó a explotar la mina de San José del Parral, por lo que Parral se convirtió en importante mercado de productos y mano de obra para los rarámuri. Pronto, ganaderos y agricultores empezaron a apoderarse de las mejores tierras, lo cual obligó a los tarahumaras a internarse cada vez más en la sierra. Éstos, reducidos a pueblos de misión eran forzados a prestar trabajo en las minas cuando esta actividad cobró auge a mediados del siglo XVII”. Se sumaron los abusos de los jesuitas que establecieron ranchos en la región, el despojo en siglos posteriores por las actividades madereras y nuevamente el auge minero de principios del siglo XX para rematar con la llegada del narcotráfico a la región que generó más desplazados.

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No es la primera ocasión –ni será la última, desgraciadamente– que abordo en esta columna el abuso constante que viven las comunidades indígenas de nuestro país y su terriblemente desigual relación con el mundo actual. Tal como los liberales del siglo XIX que pugnaban por “liberar” al campo de su atraso al “activar” y vender al mejor postor las tierras “ociosas” comunitarias, nuestros nuevos liberales continúan con esas mismas políticas. Vivimos un retorno a los latifundios que, como en el porfiriato, se constituyen gracias al despojo y a la explotación de amplios contingentes de campesinos que, con demasiada frecuencia, son indígenas. De hecho, información como esta nos tiene que llevar a reflexionar el valor que palabras como “identidad”, “soberanía”, “libertad”, “democracia” y un largo etcétera tienen en la actualidad. Todas ellas se encuentran al servicio de la empresa, del mercado, incluida la democracia, hoy centrada solamente en los aspectos electorales y no en lo relacionado a la cosa pública, comunitaria y social. En un mundo de porquería como el actual, poco importa que comunidades enteras estén siendo explotadas en condiciones de esclavitud y que sus niños estén siendo obligados a trabajar para poder completar el gasto familiar. Desafortunadamente lo vemos en América, en África, Asia… negocios de muerte que existen para desarrollar tecnología, ropa, golosinas, guacamole y, como se ve, hasta chiles, todo al servicio de nuestro mundo moderno donde siempre necesitamos más de cualquier cosa, donde consumimos sin freno. “Estos jornaleros -continúa el reportaje- ganan de 150 a 250 pesos (de 6 a 10 euros) diarios, según si trabajan de ocho a doce horas”. Claro, ya estoy escuchando a los defensores del sistema de boñiga en el que nos encontramos decir: “bueno, al menos tienen trabajo y si se esfuerzan, seguro salen adelante, porque sólo hay que echarle ganas”. Concluyo con una elocuente frase que encierra el sentimiento que me da hacia estos explotadores que no son otra cosa que viles delincuentes – ¿quién esclaviza adultos y niños como si nada? – y que me robo de alguien que comentó el reportaje en Facebook: “¡Hijos de la chingada!” Nunca mejor dicho.

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