Lunes, septiembre 20, 2021

Escenas y eventos inolvidables

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A que sí: hay escenas cinematográficas inolvidables. Momentos icónicos llamados a permanecer en nuestro imaginario de experiencias para siempre. Cada cinéfilo atesora los suyos, según su edad, origen, educación, gustos, bagaje cultural, etc., para integrarlos a su vida desde los matices del recuerdo, que a veces engaña, más y menos. Una de esas escenas está en Realmente amor (2003), película por la que babeo desde el día que la vi y a la que muchas veces he calificado de perfecta. Es la tan celebrada “escena de los carteles”: esos con los que Mark (Andrew Lincoln) –pretextando la felicitación navideña– revela por completo sus sentimientos a Juliet (Keira Knightley), la esposa de su mejor amigo. Después de timbrar en su puerta, y de que ella la abra, Mark muestra a Juliet trece textos, escritos a mano por él mismo: 1) Dí que son cantores de villancicos (quienes tocaron el timbre). 2) Con algo de suerte, para el siguiente año… 3) Estaré saliendo con alguna de estas chicas 4) (fotos de cuatro top models). 5) Pero por ahora déjame decir… 6) Sin esperanza ni agenda… 7) Sólo por ser Navidad… 8) (Y en Navidad se dice la verdad)… 9) Para mí tú eres perfecta. 10) Y mi destrozado corazón te amará… 11) Hasta que te veas así… 12) (foto de una anciana momificada). 13) FELIZ NAVIDAD. (Mark se aleja; Juliet lo alcanza, lo besa y se va. Él dice: “suficiente; ya es suficiente”). Todo, genuinamente inolvidable.
En el mismo tenor, entre esas imborrables está desde luego la clásica escena de Casablanca entre Ilsa (Ingrid Bergman) y Sam (Dooley Wilson), el pianista. “Solías mentir mejor, Sam”, le dice Ilsa después de un breve intercambio previo. “Déjelo en paz, Srita. Ilsa; usted es mala suerte para él”. “Tócala Sam, por los viejos tiempos”. “No sé a qué se refiere, Srita Ilsa”. “Tócala Sam; toca ‘Al pasar de los años’”. “Ya no me acuerdo, Srita. Ilsa; estoy un poco oxidado con ella”. “Te la tarareo”, insiste Ilsa (y lo hace). Sam comienza a tocarla. “Cántala Sam”, lo interrumpe Ilsa. Sam obedece: “You must remember this, a kiss is just a kiss, a sigh is just a sigh; the fundamental things apply, as time goes by. And when two lovers woo, they still say ‘I love you’, on that you can rely; no matter what the future brings, as time goes by”. (Furioso, entra a la escena Rick –Humphrey Bogart– reclamando a Sam el atreverse a interpretar esa canción, sin darse cuenta de que ahí está Ilsa. Sam se retira a toda prisa). ¿Qué tal, eh? Hoy por completo en plan de cuenta cuentos. No pude evitar la tentación.
Y para concluir esta columna, comento algo que puede verse en Netflix: ¿Cuánto vale la vida? (Worth), de Sara Colangelo, la notable directora que en 2018 nos sorprendió (y sacudió) con La maestra del kínder. Esta vez su argumento procede de hechos reales: tras del ataque a las Torres Gemelas en 2001, el Congreso estadounidense designa al abogado Ken Feinberg (Michael Keaton) para diseñar y normar un Fondo compensatorio a víctimas, que calcule las sumas a repartir como indemnización. De ello brota el (insalvable) dilema esencial siguiente: ¿cuál (cuánto) es el precio de una vida? Y de ahí, otros que en directo derivan: esas vidas, ¿son todas iguales, o deben “tasarse” en función de sueldo, status y otros rasgos de cada persona, tanto financieros como personales? Contra viento y marea Feinberg defiende los andamiajes y lógica del diseño de su Fondo, hasta que el encuentro cercano, íntimo, con los familiares de cada víctima –espejos de la contundente humanidad de su tragedia– lo enfrente a la noción de que tal vez las cosas tienen que ver no con el Fondo, sino con la gente y el dolor de su pérdida. Un cambio esencial, resonante, del punto de vista. Acompañan a Michael Keaton las actuaciones de Amy Ryan (como Camille Biros), Stanley Tucci (Charles Wolf) y Tate Donovan (Lee Quinn). ¿Cuánto vale la vida? justo se ve en el 20º aniversario de los terribles eventos del 9/11, no para rememorar, sino para reflexionar –muy a fondo– desde apenas uno, pero nuclear, de los ángulos aparejados.
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