Lunes, diciembre 15, 2025

Es lo que hay…

En el imponente estadio de Oakland había cincuenta mexicanos por cada japonés. Y aun en tales condiciones, jugando virtualmente de locales, los pupilos del Vasco Aguirre fueron incapaces de romper el 0-0 con que empezó y terminó el encuentro. Tampoco los nipones, es verdad. Se trata de dos selecciones sin aspiraciones mayores con el Mundial 2026 a la vista, pero el caso que preocupa es el de México, por tercera vez país sede y con sendos arribos a cuartos de final en 1970 y 86. ¿Será capaz este Tri de, cuando menos, igualar tan discreta marca? Dice Aguirre que el once que puso para iniciar este partido es, en su mayoría, el que le baila en la mente para la inauguración de la Copa el 11 de junio del 26, en el Azteca. Mal asunto.

Porque, dentro de la modesta calidad de los dos, si un equipo hubo que diera sensación de tal fue Japón. En cuanto silbó el árbitro, fueron ellos los que se posesionaron del terreno, aplicando con soltura la llamada presión alta y maniatando al incierto equipo mexicano. La lesión de Edson y su reemplazo por Lira trajo algo de oxígeno con qué sortear ese peligro que no llegó a ser asfixiante, pues a la interesante dinámica japonesa no la acompañan jugadores de clase –hagamos la excepción de Minamoto y Kubo, aunque éste flojeó bastante–. Se jugó más en territorio azteca, sí, pero la verdad es que se neutralizaron.

En el complementario, la rueda de cambios afectó más a los orientales que a los nuestros, si bien la composición ofensiva del comienzo (Ruiz-Orbelín-Alvarado-Vega-Jiménez) fue tan inocua y estéril como la que estaba sobre el césped al terminar la contienda (Rodríguez-Erick Sánchez-Lozano-Chaquito-Berterame). Para colmo, Montes fue expulsado por zancadillear por detrás a un 9 nipón que estaba a punto de pisar el área, solo y con balón controlado (90´). Y con los minutos de compensación regresó la zozobra, que hubiera podido evitarse si Berterame llega a meter un balón pifiado por el central con el portón de Suzuki a la entera disposición del che, cuyo remate cruzado salió desviadísimo (86´).

Como México, Japón carece de figuras de peso, pero al menos el cuadro titular mostró dinámica y juego de conjunto. Eso desapareció con la ronda de cambios, que fue lo que niveló la contienda sin mejorar para nada el pobrísimo nivel del espectáculo.

Eso sí, en la rueda de prensa Javier Aguirre se mostró tranquilo y prefirió hablar del ambiente de entrega y compañerismo que priva en su Selección. Veremos si todo eso se traduce en futbol contra Sudcorea en Nashville, mañana a los 19 horas.

Consulta: Los 7-0 moda y las filtraciones costumbre

Resuelto lo de los palcos. A los propietarios de palcos y plateas en el Azteca, la pinza FIFA-Femexfut les estaba haciendo de chivo los tamales, queriéndoles conculcar durante la Copa del Mundo sus derechos adquiridos cuando el Azteca era aún una vistosa maqueta y el costo de convertirlo en estadio hecho y derecho se compartió con particulares dispuestos a invertir lo que entonces –primeros años 60– era un muy buen dinero, a cambio de 99 años de ingreso libre a la localidad adquirida (la mayoría de los palcos y numerosas plateas). Todo eso que los organizadores del Mundial estaban buscando anular.

Pero la presión, incluso mediática, no les funcionó. Su pretensión era tan ilegal como abusiva y toparon con la ley, que dio la razón a los bien organizados demandantes y ha dispuesto que se les respeten sus derechos tal como lo establecen los contratos respectivos, ni letra de más ni letra de menos. Así que lo que era legal desde 1966 lo seguirá siendo durante los cinco encuentros programados en el Azteca para 2026.

Verstappen se destapa. Hace poco, en mitad del circuito oriental de la F1, Max Verstappen declaró que no esperaba ganar ningún GP más en 2025 salvo en condiciones muy anormales. Por primera vez en su vida profesional, el neerlandés pronunciaba palabras de resignación, algo que habrán hecho y dicho muchos pero que no tiene nada que ver con el carácter y choca abiertamente con el temperamento irreductible de Mad Max. Lo escuchamos con cierto asombro e inocultable sorpresa. Pero el GP de Italia, ayer mismo, ha despejado cualquier duda. En realidad, Verstappen estaba lanzando un desafío al equipo ingenieril de Red Bull. Una pulla. Una astuta manera de picarles la cresta.

Y el staff de la escudería respondió. En Monza, desde la clasificación, que ganó con récord de pista al canto, el auto del holandés voló y voló, dejó bien atrás a los McLaren –enredados al final en un intercambio de puestos bastante ridículo– y Max volvió al centro del podio luego de discutir con su gente las razones por las que no convenía relajarse en la parte final de una carrera que ganaba de calle. Y que supuso para el tricampeón reinante, además de su victoria 66 en F1, un doblete italiano –Imola y Monza– con qué endulzar un año ciertamente difícil y complicado para él. Pero en el cual ha dejado una vez más su marca de superdotado.

Coctel de frutas. Allá lejos, Norris por delante de Piastri, que aceptó de mala gana pero sin rechistar la orden desde arriba de dejar pasar al inglés, que iba segundo antes de que sus mecánicos incurrieran en un larguísimo cambio de neumáticos, y que segundo terminó, reduciendo un poco la ventaja que ya le lleva su coequipero a la cabeza de la clasificación del campeonato. Las papayas, por esta vez, despedían un franco olor a fruta pasada.

¿Qué ocurría, mientras tanto, con la ilusión que se instala todos los años en las tribunas de Monza en espera de que Ferrari les cumpla el milagro? No mucho, porque las sandias de Maranelo no dieron para más que el cuarto lugar de Leclerc –20 segundos y fracción por detrás de Piastri– y el sexto de Hamilton, que extravió el coraje, perdió la pasión y ya solo corre por obligación contractual. Como sándwich se coló entre ambos George Rusell (Mercedes) y del séptimo al décimo fueron entrando Albon (Williams), Bortoleto (Sauber), Antonelli (Mercedes) y Hadjak (RB).

Y allá al fondo de la coctelera, las magulladas fresas Alpine de Gasly (16) y Colapinto (17).

Manda Piastri. La tabla del campeonato sigue liderada por Oscar Piastri (324), seguido por su equipero de McLaren Lando Norris (293), a buena distancia del indómito Verstappen (230). En cuanto al campeonato de constructores, McLaren roba escandalosamente con 337 puntos por encima de Ferrari (617 contra 280).

Todo esto a falta de ocho carreras, entre ellas el GP de México, programado para el fin de semana que va del 24 al 26 de octubre, en el Autódromo Hermanos Rodríguez.

Alcaraz, inmenso, gana del Abierto gringo. El choque Alcaraz-Sinner está volviéndose un clásico. Este año, Roland Garrós, con gran suspenso de por medio, fue para el español, y Wimbledon, holgadamente, para el italiano. Y ayer, en el Arthur Ashe neoyorquino, el esperado duelo vivió su tercera final de grand slam consecutiva. Entre un Carlos Alcaraz en estado de gracia y un Janick Sinner que acabó por cederle al español el puesto de número 1 de la ATP.

Pero eso viene a ser lo de menos comparado con la gloria de vencer en el cuarto y último GS del año. Desde el arranque, pero sobre todo a partir del tercer set (6-2, 3-6, 6-1 y 6-4), la superioridad del murciano se hizo patente. Entre estos dos colosos es conocida mi preferencia por Carlitos, pues me parece que reúne mucho del tenis inspirado de los grandes maestros del siglo XX con la potencia de los del XXI. En comparación, Sinner está mucho más ubicado en el reinado del músculo tan en boga actualmente. Sin embargo, en la final de ayer, el hispano no hizo mayores concesiones al lirismo, se concentró en ganar, de ser posible cada punto y cada juego –sólo cedió un rompimiento, en el set que perdió–. Fue constante, tenaz y contundente, mientras su adversario se iba diluyendo en un mar de errores –rara vez metió su primer servicio en el set decisivo– en la misma medida en que Alcaraz y su tenis se agigantaban.

En síntesis, que tenemos un par de extraordinarios exponentes, capaces de solventar sin pena y con gloria el hueco dejado por el histórico Big Three de los primeros 22 años del nuevo milenio. Aunque de aquellos tres (Federer-Nadal-Djokovic) aún se empeñe Nole, a sus 38 años, en seguir dejando sobre los courts retazos de su juego de alta escuela. Volvió a mostrarlo en la semifinal perdida ante Alcaraz (6-4, 7-6, 6-2), precioso partido, parejo en cuanto a genialidades, finalmente inclinado hacia el lado de la plenitud física y mental del joven nacido en Murcia por contraste con la inevitable fatiga del gran serbio, que se tomó la derrota con filosofía y señorío.

Lee: Guerra y deporte

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