Martes, junio 25, 2024

Enrique Ponce amenaza con volver

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La novedad es que Enrique Ponce se prepara para reaparecer. Una novedad relativa, pues ya se contaba con que las figuras estelares de este siglo van y vienen, se retiran y reaparecen sin solución de continuidad. La otra cara de la noticia es que a la gente ya le da igual. Lleva tantos años viendo las mismas caras, los mismos gestos y las mismas formas de hacer y reiterar el toreo que los que acuden a las plazas –menos cada vez– ni se molestan en saber qué cartel les será ofrecido, pues con escasas excepciones todos son intercambiables y ninguno suele aportar cosas nuevas al arte ni al interés del aficionado.

Hemos descrito un panorama que explica, al mismo tiempo, las razones de la frialdad que actualmente priva en las plazas. Faenas que de otra manera resultarían meritorias y plausibles, tales espectadores, contagiados de monotonía, las miran como quien ve llover. Por eso las palmas, sólo por excepción provocadas por un entusiasmo legítimo, suenan generalmente al final de la representación, como en el teatro o la ópera. Esto en los cosos de culto, esos que marcan la pauta de la temporada, porque en ferias pueblerinas el desorejadero es obligado, los lugareños asisten con los pañuelos prestos a agitarse no en honor a logros y hazañas inmarcesibles, sino como autojustificación del elevado precio desembolsado por la entrada o, en todo caso, como homenaje tácito a su propia y  autocomplaciente ignorancia. Se trata, pues, de un sistema claramente compensatorio: los apéndices que con tanto esfuerzo llegan a cobrarse en las plazas grandes contrastan con el alegre despilfarro que se da en las medianas o pequeñas.

El antes y el ahora. Se me dirá que esa ecuación nada tiene de nuevo, que la medida de los triunfos, auténticos unos, relativos otros e insignificantes los más, siempre dependió del dónde, el cuándo, e inclusive el quién. Pero nunca fue tan acentuada la diferencia (hablo, por supuesto, de España). También es verdad que, salvo en épocas muy pretéritas –“antes de la guerra”, en frase común–, las exigencias en cuanto a la edad y presentación del ganado nunca fueron tan estrictas como ahora, sin que este detalle, que no es menor, sirva para sacar de la nevera a los aficionados actuales. Si en Las Ventas el “7”, y la precursora andanada del “8”, cumplieron en su momento con una función de indispensable saneamiento frente a la deriva ética que venía sufriendo la tauromaquia, acentuada con el advenimiento y los abusos de El Cordobés, hoy día, con el grueso de los asistentes sumidos en la indiferencia y la desatención, el aporte de esos grupos otrora vigorosamente alertas les reserva a menudo el triste papel de reventadores, a la caza de toreros alejados de sus particulares gustos y preferencias, cuando no en alevosa venganza contra quien se atreva a confrontarlos, como fue el caso de Roca Rey en el último San Isidro. Torero, por casualidad, peruano. Para que la xenofobia, siempre latente, también encuentre su lugar en el algoritmo (palabreja tan propia de este siglo proceloso).

Ires y venires. Volviendo a Enrique Ponce, cabe señalar que, si bien sus partidarios estarán de plácemes, al grueso de la afición su alejamiento de los ruedos la tenía sin cuidado. Y, por lo tanto, el anuncio de su vuelta se ha tomado con marcada indiferencia. A Ponce, con sus pros y sus contras, todo mundo se lo sabe de memoria. Como a los también reaparecidos Sebastián Castella, pese a sus notorios éxitos recientes, o Alejandro Talavante, que extravió la creatividad que lo caracterizaba y se nos volvió solemne. Son retornos que ni rompen la monotonía ni modifican sustancialmente nada.

Se me dirá que de despedidas, arrepentimientos y reapariciones está llena la historia del toreo, desde los tiempos augustos de don Antonio Fuentes hasta los de Antoñete y José Tomás. Si nos atenemos a México, las únicas figuras señeras que respetaron el anunció de una retirada única y definitiva no pasan de dos: Rodolfo Gaona y Joselito Huerta; otros adioses hubo asimismo irreversibles, pero lo fueron más por razones de edad que por otra causa, como ocurriera con Pepe Ortiz, Solórzano padre, El Soldado e inclusive El Zotoluco.

Carreras de larga duración. Lo de la tendencia universal a las despedidas en falso es cierto pero apenas cuenta la mitad de la verdad. Porque la verdad completa es que la trayectoria profesional, insólitamente larga, de los diestros actuales, está relacionada, por un lado, con una preparación física e inclusive psicológica que los de antaño no tenían, muchos de ellos famosamente dados a la vida disipada y al jaleo. También cuenta el hecho de que hoy los beneficios económicos se manejen fundamentalmente desde los despachos empresariales, que los reparten a su conveniencia reservando el banquete para unos pocos elegidos y las migajas para la inmensa mayoría, que puede incluir a diestros tan considerables como Daniel Luque, Emilio de Justo, Manuel Escribano o Borja Jiménez, de quienes nadie se explica por qué permanecieron relegados tanto tiempo mientras los de siempre acaparaban ferias y carteles independientemente de sus méritos artísticos, la mayor parte por pura resignación a unos honorarios discretos a cambio de su fácil acomodo en las consabidas combinaciones feriales.

Pero está, por otro lado, una cuestión esencial, dado el uniforme comportamiento del ganado actual, criado para no incomodar demasiado a sus lidiadores y elemento clave para entender esa monotonía que mata la emoción del toreo al tiempo que libra de sobresaltos mayores a los que cortan el bacalao.

El monoencaste. Un factor que explica la acentuada la uniformidad del ganado a lo largo de este siglo es la imposición para los ases y sus protegidos de un cortísimo número de hierros, procedentes prácticamente del mismo tronco. Es el camino que acabó por prohijar el post toro de lidia mexicano pero trasladado al otro lado del Atlántico y con animales mucho más voluminosos. Allá, como sucedió aquí en su momento, el monoencaste está siendo acompañado por una plaga de indultos que, leído desde España y Francia con los ojos puestos en México en clave histórica, no deja de ser una señal bastante ominosa.

Lo anterior representa una vuelta de tuerca que antes no se había dado, por más que se contara, a lo largo de nuestro siglo de oro del toreo, con la natural inclinación de los ases y sus apoderados por el ganado más favorable. Ya El Guerra, en el declinar del XIX, admitía su preferencia por las aplomadas moles de Veragua sobre los incómodos “mosquitos” del Saltillo. Aun así, presionado más por la dura afición de su tiempo que por un espada tan inferior al cordobés como fue don Luis Mazzantini, tuvo que contemporizar con el sorteo matutino que puso coto a su voluntad soberana, expresada a través de sus amigos ganaderos, que eran quienes designaban el orden en que habían de lidiarse sus reses.

Porque lo cierto es que hasta los mandones más mandones de la historia tuvieron que enfrentarse a morlacos de muy variados encastes: predominaban los considerados más suaves y favorables a sus intereses pero sin desdeñar divisas con fama de duras. De lo contrario no se habría encontrado Joselito en Talavera con aquel “Bailaor” de doña Josefa Corrochano viuda de Ortega, ni Manolete en Linares con “Islero” de Miura, ni Juan Belmonte habría alcanzado algunos de sus triunfos más clamorosas con astados de la temida divisa rojiverde. Varias miuradas despachó Pepe Luis Vázquez en la Real Maestranza de Sevilla, que era su plaza, y hasta Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez, tan bien arropados siempre, pecharon más de una vez con miuras, pablorromeros y palhas, sin olvidar que en la famosa encerrona de Paco camino en Madrid (04.06.70), entre los siete de esa tarde, figuraba uno de Miura, como encierros de esa misma procedencia que despachó en Bilbao y en Valencia, donde también se las vieron con astados del célebre hierro de la A con asas El Viti y nuestro Curro Rivera (01.08.71).

Y, si viajamos a México, el propio Camino, en aquel histórico invierno de 1962-63, lidió, sólo en la capital, astados de José Julián Llaguno, Mariano Ramírez, Valparaíso, Jesús Cabrera, Mimiahuápam, Pastejé y Santo Domingo –es decir, Saltillo-Llaguno, Murube y Parladé–, mientras Diego Puerta enfrentaba torazos de Torrecilla, Tequisquiapan y Las Huertas, y El Viti se las veía con los de La Punta y Pastejé. Hasta El Cordobés, para su confirmación e inmediata repetición en la México –fracasos sonoros ambos–, tuvo que apechugar con sendos hatos de Ernesto Cuevas y Matancillas, aunque no por voluntad propia sino por haber rechazado la autoridad los toritos a modo que le había reservado su apoderado Manolo Chopera.

Ponce, en México y en España. Pero los tiempos cambian, y mucho. Así, el inminente retornante Enrique Ponce hubo vez que le escurrió el bulto al reyeshuerta que le había destinado el sorteo para incurrir en el incalificable irrespeto –a su dignidad torera y al público de la México– de hacer que en su lugar se diera suelta, “por equivocación”, a un novillote de Julio Delgado, con el consentimiento tácito de alternantes y autoridades y en complicidad con Rafael Herrerías, su socio empresario en la Monumental (05.02.2003).

Pero esto ya es pisar los terrenos del divo de Chiva, en cuyo descargo habrá que decir que, en su propio país, supo plantarles cara tanto a miuras (Linares, 28.08.97) como a victorinos (Valencia, 07.10.95). Puede usted jurar, eso sí, que de ser cierta su reaparición, no se le volverá a ver anunciado con tal tipo de divisas. Y puede ser que ni siquiera con ganado de Valdefresno (Atanasio-Lizardo), de donde procedía aquel “Lironcito” con el que alcanzó memorable triunfo en Madrid una tarde en que tuvo que olvidar su toreo ventajoso e impostado para fajarse en serio con aquel veleto, correoso y de sentido (27.05.96).

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