En defensa de la naturaleza

“Dicen los indios: ¿Qué tiene dueño la tierra? ¿Cómo así? ¿Cómo se ha de vender? ¿Cómo se ha de comprar? Si ella no nos pertenece, pues nosotros somos de ella. Sus hijos somos. Así siempre, siempre.” Eduardo Galeano.

 

El optimismo permite confiar en que la actual contingencia, en algún momento, va a concluir y la sociedad mexicana será distinta, como lo serán las de todo el mundo, no se sabe si mejor o peor, pero distinta.


Lo peor sería el retorno al neoliberalismo, lo mejor: la construcción de una sociedad postneoliberal, que no sabemos cómo será, pero tenemos una gran ventaja: si sabemos cómo no queremos que sea. De esta manera, quien más quien menos, propone alternativas partiendo de lo que no queremos persista en el futuro. En este sentido, hay una especie de consenso, muchas veces meramente discursivo, que tiene una exigencia central: dejar de destruir a la naturaleza, antes de que sobrevenga una catástrofe ambiental y ocasione daños mayores a los provocados por la pandemia del Covid-19. No se trata de actuar por temor las consecuencias de la catástrofe, sino de modificar la actitud social frente a la naturaleza y comprender que somos parte inseparable de ella y destruirla es destruirnos a nosotros mismos.

La mayor y mejor defensa que se puede hacer de la naturaleza, es evitar su mercantilización. La naturaleza es un bien común cuyos daños nos afectan a todos y que no puede, ni debe, ser apropiado por el capital para convertirlo en medio de producción; el capital sólo ve en ella un espacio para la inversión en actividades lucrativas, sin importarle si éstas pueden ocasionar daños a la naturaleza.

La naturaleza no es “capital natural”, categoría instituida por el Banco Mundial (BM) que incluye todos los recursos esenciales a la sobrevivencia humana: agua, minerales, petróleo, árboles, peces, suelo, aíre y todos los sistemas vivientes, así como praderas, humedales y manglares, los estuarios, los océanos, los arrecifes de coral, los desiertos y bosques. El “capital natural”, según el BM, abarca todo lo existente en la tierra y más allá, pues incorpora la fuente primigenia de energía, la proveniente del sol, que ya comienza ser comercializada por el insaciable capital privado. Esta tamaña pretensión del BM, tiene diversas implicaciones pues al convertir a la naturaleza en “capital” (categoría que implica una relación social de explotación y dominación), toda ella puede ser apropiada en forma privada para convertirla en fuente de lucro individual, lo cual significa la generalización de actividades depredadoras mediante las cuales se sostiene un modo de producción de crecimiento sin fin y sin límites, sin considerar el posible daño que se pueda causar a la naturaleza y soslayando que los bienes de la naturaleza son finitos.

Así, para satisfacer al capital, se desarrollan “proyectos de muerte” como la minería a cielo abierto que destroza la naturaleza o el fracking procedimiento de extracción de gas shale que utiliza cantidades excesivas de agua y contamina los mantos freáticos, entre otros daños todos mayores; lo mismo ocurre con buena parte de las actividades extractivas, que usan materiales dañinos a la salud humana y la naturaleza. De la misma manera, la naturaleza privatizada ya no puede disfrutarse como bien común, sin precio, su disfrute debe pagarse para seguir enriqueciendo al uno por ciento de la población que concentra la riqueza y ha puesto sus ojos en la explotación de la naturaleza, ocultando sus intenciones con el llamado “desarrollo sustentable”, como si el sistema que provoca los daños ambientales pudiera corregirlos.

El argumento neoliberal empleado para poner la naturaleza al servicio de la ganancia capitalista, sostiene que su destrucción se debe a la ausencia de propiedad privada sobre ella. Esto sugiere que la naturaleza se destruye por ser un bien colectivo y no por la acción depredadora del capital. En consecuencia, los propietarios del capital y sus voceros sostienen que la única manera de conservar la naturaleza es privatizarla. Lo que oculta esta propuesta es que la parte que de ella se conserve y sobreviva, será siempre la utilizada por el capital para obtener ganancias; mientras aquella que no sea necesaria explotar en el proceso de acumulación del capital, sin duda, desaparecerá alterando, así, la reproducción de la naturaleza en su conjunto.

Ideológicamente, esto tiene el propósito de generalizar entre la población la idea de que todo debe tener un precio; por eso se propone privatizar el acceso a derechos elementales como la salud, la educación y la cultura, convertidos en mercancías a las cuales sólo se accede pagando el precio fijado por el capital. Y eso, que ya sucede con los derechos, que al mercantilizarse se pierden, se aplica ya también a la naturaleza.

La “nueva normalidad”, puede significar disponer de todos los medios legales y pacíficos para detener la destrucción de la naturaleza y construir un marco legal capaz de poner un alto a las actividades que destruyen los bosques, los valles y las sierras o provoquen la contaminación de ríos, lagunas y mantos freáticos o las que para instalarse despojen a los pueblos originarios de tierras y lugares sagrados.

Avanzar en la construcción de la sociedad postneoliberal, significa, en este caso, detener la depredación de nuestro entorno e incorporar a la Constitución un capítulo referido a los derechos de la naturaleza, basados en la propiedad común y el control social de su uso, para que las actividades económicas no impidan el ciclo de natural de reposición de los recursos extraídos de ella. El deterioro de la naturaleza, expresada en una de sus vertientes como cambio climático, está poniendo en riesgo al futuro de la sociedad. La “nueva normalidad”, debe significar vivir en armonía con la naturaleza.