Viernes, agosto 19, 2022
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El toreo renace en Sevilla y Morante lo sublima

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Tras dos años de cierre por pandemia, otra vez Sevilla y su feria de abril. Seguramente no hay otra plaza con tal atmósfera ni tanto sabor. Con toda naturalidad se aposentan en ella el pasado y el presente de la ciudad taurina por antonomasia, centro del universo para quienes gustan y degustan del toreo como una  escisión privilegiada de las bellas artes, aprisionada en los ámbitos de la Real Maestranza con la fuerza de un imán.

Otra cosa es su público, tan irregular como el trazado del ruedo maestrante. Y tan desigual como Curro Romero, su profeta mayor, o como el voluntarismo de quien sea que dirija la banda de música. Y están además los presidentes, empeñados en alternar el pañuelo veloz con la terca negativa ante peticiones mayoritarias. El resultado: orejas livianitas mezcladas con episodios de ceguera y sordera francamente cerriles. Y en el camino, tres puerta del Príncipe, que a los tradicionalistas les supieron a acíbar —“¡No estamos en Alicante!”. Aunque hablando de eso, el alicantino Manzanares sigue gozando del amor de afición y palco, con aclamaciones y orejas para par de faenas aceleradas y prudentemente distanciadas, coronadas con espadazos defectuosos pero efectivos.

Morante se pasea por el edén. Sobre el torero de la Puebla recaía el peso de la feria y él lo afrontó con responsabilidad reconcentrada y seguridad ejemplar. Ni un paso de más ni un pase de menos. Madurez, plenitud, estética inigualable. Y sin embargo, cómo le costó romper el hielo del tendido. Lo mismo el domingo de Resurrección, con la primera decepcionante juanpedrada, que en ese otro abreplaza de Jandilla (día 29) al que, con capote y con muleta, toreó por nota, sin una sola disonancia. Y en silencio simplemente porque al director de la banda así lo quiso. Aparentemente, a la tercera llegó la vencida, imposible ignorar la sinfonía de arte que fue el dibujo de verónicas morantinas del quite y la faena al zaino “Gavilán”, de Núñez del Cuvillo, tan noblón como rajado. Iniciada con el cartucho de pescao y basada en la mano izquierda, pulseada con dejadez y maestría incopiables, la armonía del temple en su máxima expresión. Terminó en tablas porque allí se había refugiado el manso y hubo de poner valor e imaginación para que el cuadro no se descompusiera. La estocada, de efecto fulminante, cayó desprendida. Y el juez tuvo que aguantar el primer meneo de su infausta tarde por negar la segunda oreja, que por cierto ni falta que hizo para que el clamor acompañara la vuelta al ruedo del artista.

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“Ballestero”, toro para la historia. Pero faltaba lo del sábado. El suceso de una feria cuajada de puntos altos llegó cuando nadie lo esperaba, precedido por la bronquita a la brevedad con que Morante se deshizo de su inútil primero y la devolución por invalidez del burraco cuarto, que tampoco valía un tostón. De entrada, “Ballestero” —que vaya percha y malos modos que se cargaba ese sobrero de Garcigrande—entableró a Morante, que libró el trance con apuros, huyó hacia toriles y empezó a rascar y reservarse. Tomó la primera vara en toriles y costó dios y ayuda llevarlo a la contraquerencia para la segunda —solo la suave brega de Morante lo logró. A los banderilleros los esperó de más. Una prenda. Pero el caso es que José Antonio se miraba tranquilo y hasta sonriente mientras el peonaje sufría para traérselo a jurisdicción. Lo que en seguida llegó queda para la historia grande del toreo. En torno a la figura verdinegra del torero, un torbellino de embestidas vertiginosas, atemperadas por una muleta mágica y un arte imperial, sin concesiones a nada que no fuera la tauromaquia esencial —un manso encastado, un artista inspirado, un público extasiado—, con la firmeza de plantas como clave mayor y una estética sublime por estandarte. No sé si alguien pediría el rabo —estocada mínimamente desprendida—, pero Morante nos había regalado una de las poquísimas faenas dignas de ese galardón.

Roca Rey.  El otro triunfo rotundo sin puerta principal lo protagonizó la tremenda seguridad con la que el peruano se desenvuelve en la cercanía de los pitones por arisca que sea la cabeza que los porta. Entre aguaceros, el día 4, le habían regateado méritos aunque él no se ahorró ningún esfuerzo para obligar al lote más incómodo y agresivo de Victoriano del Río —hasta dos avisos le envió el palco en su segundo, a cambio de una compacta ovación recogida en el tercio—; y el viernes 6 puso Andrés especial atención en hacer de la lidia de “Comilón”, el buen tercer Cuvillo, una lección de economía —de castigo y de capotazos. Llegada la hora de la muleta, el faenón. Firmeza absoluta acompañada de temple impecable y perfecta arquitectura, ayudando con sabias pausas al zaino, enroscándoselo en una inédita versión de toreo en redondo iniciada como derechazo y prolongada en cambio de muleta por al espalda y de pecho zurdo redondeado hasta la extenuación. Con un final de bernadinas de infarto y media en la yema que tardó un poco en hacer efecto, lo que no impidió el aluvión de pañuelos y dos orejas que al presidente le costó mucho otorgar. Luego, el mismo señor Fernández—Figueroa provocaría una bronca épica porque se empeñó en desoír el clamor unánime que solicitaba el apéndice que Roca Rey necesitaba para abrir la dichosa puerta del Principe. Había estado entregadísimo con “Bombardito”, un galafate imposible al que estoqueó ejemplarmente luego de orillar la cornada entre un alud de derrotes. Esa tarde, en la que Morante toreó tan divinamente y Juan Ortega evitó convertirse en convidado de piedra dándole vuelo a su capote en verónicas con aroma y sabor añejos, se clausuró con el ruedo sembrado de cojines para escándalo de los puristas que dijeron no haber visto ni imaginado el ruedo de la Maestranza mancillado por tan inicivil práctica. Nadie les contó que a Rafael El Gallo o a Cagancho, en sus tardes aciagas, no se les despedía precisamente con pétalos de rosa.

Tres Puertas del Príncipe. De las que sí se abrieron, por mucho que rabien jueces y críticos adversos a semejante derroche, me conmovió especialmente la primera (abril 28) luego de ver a Daniel Luque, torero de clase, apelar a la épica ante dos astados de El Parralejo con mucho que torear —el primero lo cogió con saña y, maltrecho y todo, remató la faena en plan heroico y lo hizo polvo con un volapié de marca—; mismos registros emotivos que para Tomás Rufo —un prospecto de figura asentado en el valor sin trampa, la naturalidad y la torería eterna— llegarían a truque de un volteretón al entrar a matar a “Cepero”, tras el cual el de Victoriano del Río lo arrastró con saña sobre el encharcado ruedo y casi lo prende contra el estribo. A las dos orejas, consecutivas a la pavorosa escena y su consecuencia emocional, se unía la que le cortó al toro de su presentación, “Entrenador”, por entonada y artística faena. Así se abrió esa Puerta del Príncipe del lunes 2 de mayo.

La tercera salida en hombros —miércoles 4— premió el magisterio total y absoluto de El Juli sobre un lote de Garcigrande tan suave y repetidor como llevado y traído por Julián con asentamiento y temple soberbios en faenas casi de salón, que así de dueño de la situación lució en todo momento, regodeándose de toro sin dar nunca la sensación de esfuerzo, si bien sus estocadas pecaron de traseras según suele ser habitual en él. Tan sobrado anduvo Julián que se permitió desorejar por partida doble a un abreplaza, contrariando la artificiosa moda impuesta por una discutible modernidad. Antes el miércoles 4, sobre el fango, había cobrado su primer apéndice por un hermoso recital de caligrafía torera llevando como con la palma de la mano al muy noble “Forajido”, el cuarto de Victoriano del Río la tarde del aldabonazo grande Tomás Rufo y el ninguneo extremo al valor sin tacha y a la generosa maestría de Roca Rey.

Sin olvidar las cosas de Ferrera con unos victorinos amexicanados a más no poder —es decir, irremediablemente bobos, decadentes—, que le procuraron a José Luque Teruel el primer conato de bronca dedicado al palco presidencial porque dejó en un apéndice los trofeos a la faena de Antonio con “Pobrecito”, el nobilísimo y duradero cárdeno plateado que lidió en quinto lugar el día de su mano a mano con Miguel Ángel Perera. Esa tarde del 30 de abril, habría sido apoteósica en cualquier plaza de nuestro país. No en la Maestranza, que desdeñó con su silencio el perfecto toreo de salón de Perera con el suavísimo y mortecino cuarto, pero incurriría más tarde en injusticia flagrante al ignorar la gesta del propio Miguel Ángel cuando, herido en la región lumbar tras fea cogida, prosiguió la faena y estoqueó por lo alto sin hacer el menor aspaviento. Favorecido por un buen lote, dentro de las características de la decepcionante victorinada, Ferrera, además de la oreja del quinto, tuvo petición en el tercero. Su brindis a Joaquín, futbolista del Betis, obligándolo a saltar al ruedo para recibir la montera causó tanto rechazo por este detalle exhibicionista como el capote azul celeste del histriónico diestro leonés nacido en Ibiza.

Méritos y deméritos. Otras cosas importantes ha dejado el retorno de la feria de abril: el clasicismo imperturbable de Diego Urdiales, cuyos cuatro toros firmaron un armisticio irrevocable, la probada capacidad de José Garrido, premiada con una oreja malamente equiparada con la que poco antes se otorgó a Alfonso Cadeval, que, desentrenado y medido de valor, había dejado prácticamente inéditas las ideales condiciones de “Chismoso”, de Santiago Domecq, por calidad y alegría, el toro de la feria (abril 27). Orejas menores hubo, además de las de Manzanares, para Alvaro Lorenzo y Ginés Marín, y una excesiva Puerta del príncipe para Guillermo Hermoso de Mendoza, poco maduro pese a su buena monta y promisorias cualidades. Justas, en cambio, las que esa tarde dominical pasearon su padre Pablo y la francesa Lea Vicens. Hubo también una corrida de selección sin mayor provecho para los orejeados Oliva Soto y Javier Jiménez; la llamativa expresión de este último lo hace diferente a los cinco restantes muchachos, técnicamente solventes pero cortados por la misma tijera. Y ya que se habla de tipos diferentes, incluyamos a Paco Ureña, que podrá o no gustar pero no se parece a nadie, con sus maneras y quietud como de otra época. Sin sitio ni expresión Pablo Aguado y alternativa sin sustento la de Manuel Perera, que se suma a las muchas dadas por la empresa maestrante simplemente para satisfacer caprichos de divos empeñados en no estoquear al toro que abre la corrida.

Y en el rubro de los fiascos ganaderos, además de Victorino Martín, habrá que incluir a Juan

Pedro Domecq, García Jimenéz y Torrestrella. Excelentes lotes, en cambio, los de Garcigrande—Domingo Hernández y Victoriano del Río. Desiguales en todo pero con algunos toros notables los encierros de Santiago Domecq, El Parralejo y Jandilla, y los de Núñez del Cuvillo sobre esa peligrosa raya que separa la nobleza insulsa de la encastada.

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