Jueves, enero 15, 2026

El Relicario: hola y adiós / I

Hans-Georg Gadamer, filósofo y hermeneuta alemán, lo llamó fusión de horizontes. Y acertó plenamente, porque es de esa manera que opera la mente humana: condensando incesantemente experiencia, observación, inteligencia e imaginación para interpretar la realidad y llegar a lo que llamamos comprensión –concepto, juicio y razonamiento–, ese acto de detener artificialmente el tiempo para poder insertarnos, precariamente, en su devenir. El aquí y ahora no es sino un artificio más puesto que el presente no existe, un segundo más y será pasado. Y lo mismo ocurre con el futuro, que una vez transcurrido su momento se disuelve en lo inasible. Un amigo, taurino él, me dijo un día que el gusto por revivir recuerdos es propio de gente reaccionaria. No estuve de acuerdo, salvo si permitimos que la memoria se torne nostalgia, recurso victimista y esencialmente negativo, puesto que ocultarse del cambiante paso del tiempo es como negarse a uno mismo en tanto sujeto vivo y actuante. Equivale a traicionar la fusión de horizontes permitiendo que el pasado la secuestre. Y que la nostalgia nos invada.

Resumiendo: esta memoria de El Relicario no pretende despertar nostalgias sino reanimar  nuestra pasión por el toro. Celebrar todo lo que nos dio mientras fue. Reconocer que cuando estuvo en nuestras manos defender su continuidad lo hicimos resueltamente. Si ahora un gobernante obtusamente oportunista e inculto lo ha condenado a la picota sin darnos la posibilidad de intervenir, lo que toca es celebrar lo mucho que al viejo y querido coso le debemos. Y hacerlo con la misma alegría con que acudíamos a él en días de corrida. Porque la memoria también puede ser un acto de amor. Y hay que saber cuándo iluminarla para que ella, a su vez, nos ilumine.

19 de noviembre de 1988. Es el estreno. Por esa puerta de cuadrillas hoy irremediablemente clausurada se dibujaron aquella tarde las figuras señeras de Luis Castro “El Soldado”, Alfonso Ramírez “Calesero” y José Alameda. Historias ilustres que se hacían presente. Era el preámbulo, y tras verlos recorrer lentamente el anillo, todas las miradas convergieron en David Silveti (verde limón y oro), Jorge Gutiérrez (azul marino y oro) y Vicente Ruiz “El Soro” (negro y oro), que iban a partir plaza. Los tendidos, completamente llenos, vibraban de emoción. Y bajo ese ambiente apareció “Fundador” (No. 96 de Reyes Huerta, 475 hilos). Silveti movió su capote con suavidad, a tono con las medidas fuerzas del bovino, se lo brindó a Ángel López Lima –sin cuya afición, pasión y peculio El Relicario no habría sido posible–, y fue estructurando una faena medida y torera. Además, contrariando su proverbial inseguridad con la espada, lo estoqueó certeramente y le cortó la oreja, primera que se cobraba en el coso del Cerro. Y como esa tarde David rezumaba contento y confianza, no quiso ser menos ante el encastado cuarto –“Toda una Vida” (90/485)–, pues lo toreó y mató mejor aún que al anterior y cobró un nuevo apéndice auricular para convertirse en triunfador de una tarde en la que Gutiérrez, esforzado y poderoso con dos animales a menos, obsequió un séptimo –alegrito, repetidor–, al que muleteó con gusto y ligazón despertando ovaciones que al final su deficiente acero silenció. El Soro, debutante en nuestro país, se lució con los palos pero desmereció notoriamente en el tercio final, especialmente ante “Cochero”, primero suyo y el mejor de los siete reyehuertinos.

Así transcurrió la primera corrida del opulento racimo obsequiado por López Lima a una afición ávida de toros, entre taurófilos veteranos y jóvenes en busca de emociones fuertes. La serie alcanzaría su punto más alto la tarde de Año Nuevo de 1989 gracias a un hermoso encierro de Xajay del que sobresalió nítidamente –por bravura, boyantía y clase– el cierraplaza “Campanillero”, de tanto temple en su embestida que hasta El Soro, torero basto, suavizó sus formas y terminó bordándolo a su entero gusto. La consecuencia fue el indulto de “Campanillero” y el otorgamiento del primer rabo –simbólico– que El Relicario contemplaba. Para entonces ya Manolo Arruza había echado el cimiento de lo que sería el alto cartel de que iba a disfrutar en Puebla –torerísimo en los tres tercios, salió a oreja por toro–; César Pastor ofreció una versión colorista y fluida de su tauromaquia pero pinchó y se fue en blanco.

Mano a mano final. Aquella temporada inicial arrojó varios triunfadores más. Manolo Martínez y Eloy Cavazos obtuvieran orejas algo discutibles –dos Martínez y tres Cavazos en sus únicas presentaciones–, y también se llevó un par de ellas Jorge Gutiérrez; pero la mayor cosecha fue la del madrileño José Miguel Arroyo, novedad absoluta en nuestro país, con cuatro apéndices en su haber a razón de dos por tarde. Visto lo cual, López Lima amplió su oferta con un cartel de mano a mano entre Eloy y Joselito para despachar una corrida más bien terciada de La Paz (04.02.88). A José le tocó el mejor toro –el berrendo “Pirulero”– y le cuajó la faena cumbre del ciclo, premiada con dos apéndices y la salida en hombros. Eloy, rabiosamente bullidor, arrancó un auricular, y Joselito –valga la anécdota–, al descender del avión en Madrid, declaró que le había “partido la madre a Cavazos”, aunque más tarde se disculpó aduciendo que no sabía que tan mexicana expresión tuviese resonancias agresivas.

16 de septiembre de 1990. La llamamos la corrida del soneto porque ha sido la mejor de cuantas vio y vivió El Relicario, y a este cronista se le invitó a ponerla en verso con vistas a una placa conmemorativa que nunca llegó. Esa tarde, un Eloy Cavazos verdaderamente inspirado trazó dos señoras faenas –cuatro orejas y el rabo de “Rey de Reyes”, su segundo, toro de vuelta al ruedo–, y Manolo Arruza, que cortó tres y un rabo, toreó y banderilleó portentosamente a “Padrino”, el quinto, cárdeno, otro toro de bandera y vuelta al anillo. Miguel Espinosa, por su parte, trazó muy fina faena izquierdista y desorejó a “Solidario”, su primero. El extraordinario encierro hizo honor a la divisa rojo, rosa y blanco de Reyes Huerta.

Coyotepec. A tanto llegaba la afición de López Lima que, no conforme con su papel de exitoso empresario, se animó a incursionar en el difícil terreno de la ganadería de bravo. Y vaya que lo fue la novillada del debut (25.08.90: tarde redonda de Arturo Gilio con corte de tres orejas), y mejor aún su primer hato de cuatreños, hermosísimo encierro que promedió más de media tonelada y dio magnífica pelea tanto con los montados como con la gente de coleta. Cartel para valientes como Antonio Lomelín, que se despidió de Puebla ofreciendo una faena de las buenas suyas, muy entregada, limpia y torera, que le valió las orejas de “Molero” (4º), cuyos restos merecieron arrastre lento, mismo reconocimiento otorgado a “El Chiri” (3º), a cuya altura no consiguió ponerse el apizaquense Alberto Ortega. Mariano Ramos, en plan magistral, sólo recibió un apéndice –de “Jaltomate”, su segundo–, pues el juez se puso riguroso, atendiendo tal vez al pinchazo que precedió a la estocada definitiva.

En los primeros años de El Relicario la divisa de Coyotepec ondeó en los morrillos de varias corridas y novilladas con promisorios resultados. Y sin alcanzar el imponente trapío de los ejemplares del memorable 11 de mayo del 91, continuaron evidenciando casta y bravura; sobresalió, en el Año Nuevo de 1993, un burel de vuelta al ruedo –“Zar” (4º)–, al que desorejo Alberto Ortega, que ya había lidiado un sbreplaza de arrastre lento. Después, los sucesivos cambios de empresa torpemente arbitrados desde oficinas de gobierno contribuyeron a que Coyotepec fuera desapareciendo de los carteles; y como se trataba de una vacada bastante corta y su celoso criador tuvo que dedicarse de tiempo completo a asuntos ajenos al toro, tan prometedora ganadería terminó por desaparecer.

Creó una nueva afición. Mientras José Ángel López Lima administró el negocio (1988-1997), entre corridas y novilladas tuvimos una media de veinte festejos anuales en su Relicario –suyos fueron los costos de edificación, dirigida ésta por el arquitecto Gilberto de Ita, aunque la propiedad la ostentara el gobierno estatal–. Aunque la feria más generosa en la historia del coso fue la de 1999, con ocho festejos entre el 1 de mayo y el 12 de junio, la programó una empresa encabezada por Alberto Ventosa que ya había dado, el año anterior, siete festejos feriales. Ventosa sería arbitrariamente  por un vivales llamado Manolo Tirado, exmatador sevillano de triste memoria que terminó por tirar el arpa en mitad de la feria del 2000, dando paso a la urgente reposición de López Lima, que llamó Taurina del Altiplano a su nueva organización. Y aunque las condiciones que le impusieron los políticos eran restrictivas, con mientras la segunda gestión de José Ángel (16.09.00 a 10.01.05) El Relicario recobró buena parte de su antiguo esplendor.

Lo que vino después fue acentuando la decadencia del coso y de los toros en Puebla: concesiones de corta duración que impedían a empresarios emergentes planear las cosas debidamente y, en consecuencia, festejos muy espaciados y ferias con pocos carteles y de escaso jalón fueron mermando el interés de la afición hasta culminar con la penosa gestión de Don Bull (Pedro Haces Barba), que ni siquiera fue capaz de dar la cara cuando el municipio intentó suprimir las corridas en febrero de 2022 mediante una votación en el cabildo local que, contra la voluntad de la alcaldesa en funciones, resultó inesperadamente favorable a la continuidad de una de las tradiciones más entrañables para la cultura y la historia de Puebla.

Desdichadamente, el enorme esfuerzo en que se empeñó el taurinismo poblano para librar esa batalla ya no se traducirse en temporadas planteadas con la dignidad y coherencia debidas. Y ante la pérdida de categoría de los escasos festejos programados, el público se fue desentendiendo. Al final, silenciosamente, sin debates ni polémica de por medio, una iniciativa cancelatoria de la diputada del PAN Guadalupe Leal consiguió que el Congreso del estado votara en 2023 la supresión de la fiesta brava en todo el territorio estatal.

Pero si la tauromaquia  poblana llegó a su fin, esta sucinta memoria dedicada a El Relicario va a continuar en 2026, año de la demolición de una plaza que, durante siete lustros, fue escenario de gestas y dramas que marcarían a fuego la historia taurina de nuestra ciudad.

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