Martes, junio 25, 2024

El público de Madrid en los años 60

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Si la columna del pasado lunes estuvo dedicada a analizar al público de la Plaza México de los años 50 y 60 del siglo anterior, qué mejor complemento que echar un vistazo a lo que ocurría en Madrid al mismo tiempo. El sistema que seguiremos será más o menos el mismo, aunque en este caso apoyados en los puntos de vista de un competente aficionado capitalino, asiduo de la México, y, ni modo, de un tal Horacio Reiba, todavía no “Alcalino”.

Marchena y Sala Gurría (1966). Aficionado capitalino de reconocida solera, Fernando Sala Gurría viajó a España para presenciar la feria de San Isidro de ese año en compañía de Armillita, Lorenzo Garza, Silverio Pérez y Cagancho, que en México vivía. Carlos Arruza figuraba en el plan original pero no pudo sumarse a ellos debido a sus compromisos como rejoneador y por atender a varios ejemplares de su cuadra, seriamente enfermos. La muerte le aguardaba a la vuelta de su rancho, en la carretera México-Toluca, la lluviosa tarde del viernes 20 de mayo de aquel 1966.

Sala Gurría visitaba a España por vez primera y se comprometió con el crítico y escritor Juan de Marchena a enviarle sus impresiones de los festejos isidriles, y Marchena –es decir, Juan Pellicer—las fue publicando en su columna del ESTO Con la Puntilla… del lapicero, hasta que la tragedia de Arruza precipitó la vuelta a casa de Fernando y los referidos ases de la época de oro. A Sala Gurría la plaza de Las Ventas le causó gran impresión, en cambio, el público madrileño queda muy mal parado en comparación con el de la Plaza México.

Veamos cómo vio este aficionado de toda la vida las escasas corridas que alcanzó a presenciar antes de que la trágica muerte de Arruza los obligara, a él y a los ilustres viajeros a quienes acompañaba, a retornar precipitadamente a México a fin de asistir al sepelio del Ciclón, en un caso demostrativo del sentido de unidad taurina que entonces privaba.

San Isidro 66: corridas del 16 y 17 de mayo. Esto es lo que Sala escribió y Pellicer reprodujo en su columna. Día 16: “Litri, valiente pero atropellado, fue cogido sin consecuencias por su segundo toro y la gente, sensiblera, le aplaudió y hasta pidió la oreja. Dio una vuelta al ruedo por nada de nada. Diego Puerta es el mismo, un león de valiente pero sin mayor calidad. Le dieron una oreja de su primero y las dos de su segundo. Allá, en la México, una oreja y puede que se la hubieran protestado. El Pireo tan mal como allá, pero aquí fue pitado a más y mejor. El público de azúcar, demasiado bueno. Lo que me impresionó de verdad en esta primera corrida que veo en España fue la plaza, de una belleza extraordinaria. Madrid, maravilloso.” Día 17: “Litri en sustitución de Ordóñez, Andrés Vázquez y El inclusero, que confirmó la alternativa. Toros del marqués de Domecq. Muy pocas veces en mi vida he visto una corrida de toros más buena. Dije toros. Los cinco primeros fueron de bandera: kilos, trapío, tipo y qué nobleza. SI pudiéramos en México tener esos cinco animales no en una corrida sino en toda la temporada te juro que nos volveríamos locos. Tomaron entre los cinco ¡veintisiete puyazos! Litri ahora estuvo imponente, cuajado, con sitio y todo lo que hay que tener. A su primero le hizo lo que quiso, con un aguante y un temple extraordinarios. Dos orejas muy merecidas. En su segundo se superó. Se lo había brindado a Cagancho, que recibió una gran ovación. Andrés Vázquez es buen torero pero sin figura ni sello propio. Hizo todo y lo hizo bien, pero nada más. Brindó a Garza, a quien también se le ovacionó muy fuerte, y cortó una oreja. Lorenzo, negando la cruz de su parroquia, se quitó su reloj de oro y se lo regaló a Vázquez. El Inclusero, del color de su terno: verde. Un torero chaparrito y malo. Brindó a Silverio, muy ovacionado también, pero que no pareció de Texcoco sino de Monterrey, porque sólo le dio las gracias más expresivas.” (ESTO, 26 de mayo de 1966)

Más allá de los excesos de benevolencia del público, los relatos de Sala Gurría rezuman sinceridad; así como denuncia los improcedentes desorejaderos no deja de ensalzar la belleza de Madrid y su plaza de Las Ventas, la superación de Litri de una tarde a otra y, sobre todo, la extraordinaria calidad del encierro del marqués de Domecq.

Corridas del 18, 19 y 20 de mayo. Y vamos a las impresiones del improvisado corresponsal  sobre los siguientes tres festejos isidriles, empezando por el del 18 de mayo: “Julio Aparicio, Palmeño y El Cordobés, con toros de Atanasio Fernández. ¡Cuánta ignorancia del público madrileño en esta feria! Es de dar vergüenza la concesión de orejas. El Cordobés, dos en su primero, Aparicio, dos en su segundo, que fue de azúcar, y Palmeño, dos vueltas al ruedo después de hacer nada y de cuatro pinchazos y tres intentos de descabellos. Es algo inaudito. Yo no me podía hacer cargo de lo fácil que es triunfar en esta plaza, cuna del toreo. Aparicio en su primero, peligroso y con fuerza, no quiso saber nada y lo despachó como Dios le dio a entender y a otra cosa. Pues no, a dar una vuelta al ruedo ¡Increíble! En su segundo, que como te dije fue de azúcar, tampoco llegó a mayores hasta media faena. Cuando se dio cuenta del extraordinario lado izquierdo del toro se confió algo y dio media docena de naturales muy buenos, pero muy buenos y ya. Y por una estocada caída ¡le otorgaron las dos orejas! El Cordobés hizo una de sus faenas a base de mantazos efectistas. En uno de sus giros en la cara, el toro le echó mano y le perdonó la vida, pues lo tuvo a su merced, lo olió y se fue. Estocada perpendicular yéndose del mundo y la locura. El juez le dio una oreja y el público le exigió la otra, que tuvo que conceder. En su segundo, de embestida corta pero muy aplomado y sin peligro, hizo el más espantoso de los ridículos entre desarmes, carreras y un sinnúmero de pinchazos; no me explico cómo no le tocaron un aviso. Los toros, muy bien presentados menos el primero de El Cordobés, que pesó 460 kilos. Los demás, todos pasaban de los 520. Se me olvidaba Palmeño, un poco gordo y valentón pero sin sello, sin personalidad (…) también le hicieron dar la vuelta al ruedo. ¡Cómo extraño a mi público!”

Y vamos con la corrida del 19: “Siete toros de Pablo Romero para Ángel Peralta, que suplió a Domecq, Bernadó, Andrés Vázquez y El inclusero. Muy flojo el cartel, pero había expectación por los pablorromeros. El chico de la corrida pesó 540 kilos y el mayor ¡687! Vimos diez toros, pues tres de ellos salieron con los cuartos traseros lesionados. Y todos, absolutamente todos, rodaron por la arena cada dos por tres. No tuvieron lidia y, desde luego, la corrida resultó fatal. Salimos a las 9:30 de la noche, pues con rejoneador y tres toros al corral ya te imaginarás. La gente, de bandera. La plaza, llena. Esto es jauja para empresa y toreros.”

Y ésta la última crónica de nuestro amigo: “Querido Juan: Jaime Ostos, El Viti y El Pireo, con toros de Baltasar Ibán. Otra corrida que ni fu ni fa. Ostos, peor que en México, pero aquí lo sacaron a dar la vuelta al ruedo en su primero. En el otro, nada de nada. A este torero ya le queda muy poco en la profesión. La tónica de su toreo ha sido solamente el valor, y con lo fuerte que le han pegado los toros pues el valor se pierde. El Viti no tuvo tela de dónde cortar y estuvo gris y la gente se metió fuerte con él. El que cortó una oreja, y muy merecida por cierto, fue El Pireo, que a su primero le dio diez o quince muletazos excelentes. En México no vimos a El Pireo en ese plan. El ganado, bien presentado pero mansurrón. Después de ver tantas cosas me congratulo de que tengamos un público como el nuestro. Un abrazo y hasta mañana, con la presentación de Paco Camino y de Tinín, que dicen tiene madera de fenómeno”. Pero ya nuestro corresponsal no pudo asistir a esa corrida. La inmensa pena de la desgracia de Arruza lo hizo regresar a México y quedamos atenidos a las informaciones cablegráficas, que parecen hechas por turistas villamelones.” (ESTO, 27 de mayo de 1966)  

Horacio Reiba (1970). Tal vez pudiera parecerle al lector que el Fernando Sala Gurría le cargó demasiado las tintas al público madrileño, tan duro actualmente y de manga tan ancha en aquella época. Por lo tanto, agregaré a las impresiones registradas la mía propia, basada en la primera corrida que se transmitió de continente a continente, con motivo de la confirmación de alternativa de Manolo Martínez en Las Ventas (22.05.70, por Televisión Independiente de México). Obviaré la crónica completa –rigurosamente inédita por lo demás—para centrarme en mis impresiones sobre el público madrileño: “La alternativa de Martínez le fue confirmada por El Viti, y el de Monterrey hizo una faena torera pero poco brillante. Ni el de Ibán, cara alta, probón, valía gran cosa, ni fue Manolo el torero que conocemos (…) Media estocada que parte la herradura, y cuando esperábamos algunos aplausos y, eventualmente, la salida al tercio ¡Una oreja! Empezábamos a explicarnos los alegres desorejaderos que diariamente se reportan desde Madrid. (…) De El Viti dicen allá que dio una tarde memorable. Yo apenas justificaría una oreja para su primera faena, a un bicho terciado y cómodo –de salida lo protestaron–. Toro muy noble y faena desligada y hasta con ciertos titubeos por parte del diestro. La estocada fue preciosa, sin duda lo más torero de la tarde, pero de ninguna manera justificaba el otorgamiento de dos orejas (…) El quinto, grande y noble, llegó muy aplomado al último tercio. Faena solamente voluntariosa, de mucha insistencia y pocos muletazos, para ocho o nueve pinchazos y un descabello. Confieso mi incapacidad para entender la vuelta al ruedo –ovacionadísima—que le hicieron dar a Santiago Martín (…) Pero más asombroso aún fue lo de Palomo Linares (…) De salida ligó atropellados parones y la gente, feliz. Una felicidad que fue en aumento durante su indescriptible faena de muleta, toda ella a base de mantazos. Hasta fuera de equilibrio físico se observaba al torero y apenas sacó algún muletazo limpio. He discrepado a veces con el público de la Plaza México, pero esa faena no la habría dejado pasar sin una buena bronca. Atronaban los olés y pensé que eran de chunga… Sólo que la oreja otorgada a Palomo fuese también de ironía…” (Reiba, Horacio. Bitácora personal).

A los escépticos debo advertirles que estos puntos de vista sólo confirmaban algo que los aficionados de México no ignorábamos, pues en esa época era habitual que la televisión presentara filmaciones bastante completas de corridas españolas, así como faenas notables, narradas por José Alameda, que no dejaba de referirse, discretamente, al despilfarro de orejas. La Transmisión vía satélite del malhadado festejo en que Manolo Martínez confirmó su alternativa en Madrid fue simple comprobación de lo que Fernando Sala Gurría, con gran perplejidad, había dejado escrito cuatro años atrás.

EL CORDOBÉS en Madrid, corrida de la Prensa de 1964. El anovillado astado es de Alipio Pérez Tabernero

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