El Pinturero, el torero paracaidista

Luis Ríos Losada «El Pinturero» es el único torero paracaidista que recuerdan los añales de la historia. Nació en el Lugo hambriento de la posguerra civil y se hizo paracaidista en la mili. Una tarde fue a los toros y al ver triunfar a la estrella del momento, Manuel Benítez «El Cordobés», que no toreaba mejor que él, decidió hacerse torero. En 1965 se acercó a la fama en la plaza de Getafe, a la que entró vestido de paracaidista ante las cámaras del Nodo y el crítico del ABC. Su consagración iba a ser en Cartagena de Indias. Caería del cielo a la arena del coso de la Serresuela y, ante el delirio del público, se enfrentaría a dos morlacos. El Pinturero saltó con tal ímpetu que se pasó la plaza y cayó sobre el mar. Se había entrenado para combatir novillos no el hambre de Poseidón. En las aguas del Caribe, el torero paracaidista se hundió por su propio peso y por el de sus botas de plomo. Un final épico para un carrera triunfal que aún no había comenzado.

Cuando Luis Ríos Losada nació frente a la muralla de Lugo el día de San Fermín de 1942, hacía tanta hambre que nadie imaginó en el rorro al Pinturero, el primer torero paracaidista de la historia. Lugo era milenaria en castro y en murallas, pero estaba en la inopia en lo que a afición a la tauromaquia y al paracaidismo se trataba.

Ya de chaval se acostumbró a disfrutar de las aficiones a pares. Con apenas 15 años, Luisiño tenía, por separado, iniciativa y máquina de escribir. Un día conjugó las dos cosas y, gracias a ser presidente de un club balompédico Lucense que no existía, se hizo estrella y promotor de un fútbol local que, como no tenían campo, siempre se jugaba a domicilio y en domingo.

Un día, la patria, que vivía en Alcantarilla (Murcia), le llamó para que fuera, que le iban a hacer un hombre y, para disgusto de su madre, allí que se fue. Como Luisiño ya iba hecho un hombre de casa, en la mili le hicieron paracaidista, y encima, a base de poner valor donde otros conocimiento, de los buenos. Pronto se le quedaron pequeños los cielos españoles y los militares, que estaban encantandos con él y deseando que se reenganchara, le llevaron a exhibirse en Francia y Canadá. Anda que no fardó. Pero un domingo que debían de estar cerrados los aeródromos, le llevaron a los toros y ahí se truncó su carrera marcial. Manuel Benitez «el Cordobés» triunfó apoteósicamente delante de las narices de Luisiño y a nuestro protagonista no le valió con ser paracaidista, mecánico de máquinas de escribir y presidente de un club de fútbol que no existía, Luis Ríos Losada quería ser torero. De poco le sirvieron las advertencias de sus amigos. efectivamente, él no sabía torear, no tenía ni idea, pero El Cordobés tampoco es que fuera un estudioso del arte de Cúchares. Es verdad que era valiente, pero ¿qué pasa? ¿acaso a él le faltaba el valor?

Su vocación de torero le hizo abandonar la carrera militar. En el ejército se podía ser paracaidista, pater castrense  con oficio de teniente coronel, comandante médico o capitán de ingenieros, pero inexplicablemente, las fuerzas armadas españolas no contaban con un cuerpo de toreros, con lo bien que le hubiera venido a él.


En el mundo civil, Luis Ríos se hizo instructor de paracaidismo en una escuela particular y buscó diferenciarse del resto de los maletillas para encontrar una oportunidad en los ruedos y, a base de codazos, empujones  y tremendismo, abrirse paso en el escalafón.

Un día de agosto de 1965 decidió conjugar sus dos pasiones y saltó en paracaídas a la arena de Getafe. Aunque cayó a un kilómetro de la plaza y tuvo que volver andando con su casco y su paracaídas, estuvo a punto de ser el primer matador en entrar a hombros en una plaza de toros. Otra cosa era lo de salir, ante el entusiasmo del público, el novillo le revolcó dos docenas de veces y acabó corneado. No salió por la puerta grande, pero si en los papeles y hasta en el NODO.

Perfeccionó su técnica taurina trabajando de camarero en Salamanca e intentó repetir su hazaña en la plaza de toros de la Serresuela, en Cartagena de Indias. Esta vez no recibió ningún revolcón. El viento llevó su paracaídas dentro del mar y el Pinturero no pudo torear ante su público.

Con la realización técnica de Elena Ojeda y la actuación de Xisco Rojo, África Egido, Carlos Lapeña, Elena Ojeda y Eugenio Hernández. Un programa escrito y dirigido por Carlos Lapeña.

La canción final, La mujer del fenómeno del Maestro Legaza ha sido interpretada por Carolina Moncada y Ángel Huidobro especialmente para el Gabinete de Curiosidades del Doctor Plusvalías.