Jueves, agosto 18, 2022
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El origen de la vida

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    Prácticamente todas las culturas que han existido a lo largo de la historia han tenido como pregunta primigenia de dónde venimos y a dónde vamos… Las respuestas suscitan muchos pensamientos tan tímidos como urgentes. Por más escrupulosos que sean nuestros razonamientos, siempre va a existir esa duda, por lo que resulta particularmente cómodo refugiarse en el albergue cálido y tranquilo del dogma, es decir, el principio, causa, doctrina o creencia que no acepta réplicas o dudas. 

     Cualquier opinión siempre va a ser polémica, de ahí que una postura que tenga un sustento idealmente compatible con cualquier modo de pensamiento es definitivamente imposible de lograr. En lo particular, a mi me gusta encontrar respuestas en la ciencia, que teniendo un método que nos acerca a la verdad, no deja de tener errores imposibles de cuantificar, difíciles de calificar y, sobre todo, automáticamente incompatibles; es decir que la ciencia se corrige por sí misma descansando siempre en el lecho caótico de la duda y la constante formulación de nuevas preguntas. 

     Por métodos de medición indirectos se ha calculado que la edad del sistema planetario solar, donde se encuentra la tierra, tiene alrededor de 4,600 millones de años de antigüedad. Las rocas más viejas halladas en nuestro planeta datan aproximadamente 3,900 millones de años y la vida se deduce que inició hace más o menos 4,400 millones de años. Como vivimos en promedio cerca de 80 años, las cifras asustan en su magnitud y en su dimensión. 

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     Cuántas cosas no pueden suceder en ese lapso. Es enorme la cantidad de fenómenos físicos y biológicos que pueden ocurrir, siempre sujetos al azar. El simple análisis de las modificaciones que cada uno de nosotros tenemos a lo largo de nuestra vida, nos permite comprender que estamos inmersos en un universo lleno de cambios y sujeto a una cantidad innumerable de variables. 

     El desglose de la fórmula, tal vez más famosa de la historia (con matemáticas solamente al alcance de un individuo con preparación universitaria), que hace referencia a la masa como una forma de energía, fue deducida por Albert Einstein (1879-1955) a partir de la ecuación de Lorentz (1853-1928), que a su vez, fue formulada con base en la ecuación de Fitzgerald (1851-1901), que se generó con el experimento de Michelson-Morley (1852-1931 y 18381923 respectivamente), apoyado en las leyes del movimiento que dedujo Isaac Newton (1643-1727), partiendo de las observaciones de Galileo (1564-1642), que tuvo un antecesor en Leonardo da Vinci (1452-1519). 

     Estos últimos sospechaban que los objetos, a medida que caían aumentaban su velocidad. Medir este fenómeno físico era extremadamente complicado con los instrumentos con los que se disponía allá por los años del 1,600 de la era común. Galileo inicialmente utilizó rudimentarios “relojes de agua” midiendo el peso del líquido que recolectaba en una taza. Pero la caída de un objeto era tan rápida, que no se podía medir su velocidad. Entonces se le ocurrió un método para disminuir el efecto gravitacional, utilizando una esfera metálica en un plano inclinado (buscando reducir al máximo la fuerza de rozamiento o fricción). Se  dio cuenta de que la bola, cuando se movía en un plano horizontal, lo hacía en forma constante, a diferencia de lo que sucedía cuando se generaba un desplazamiento en una tabla inclinada y aunque permaneciera estática cuando no había un impulso que la afectara, debía estar siempre sujeta a la fuerza gravitacional. Ése fue el inicio que daría lugar a que, un siglo después, Newton dedujera la primera ley del movimiento (también conocida como la primera ley de la inercia). 

     Resultan verdaderamente formas elegantes de pensamiento los experimentos de Galileo y las matemáticas de Einstein. Igualmente de refinadas son las conclusiones que se han derivado de estas experiencias, en la medida en la que se ha analizado el comportamiento de la luz en los astros, llegando a una deducción sorprendente en la que se plantea que nos encontramos en un universo que se expande, en una forma lenta para nosotros, pero extraordinariamente rápida a nivel cósmico. Las preguntas abundan. Qué pasará después. Habrá una contractura astral que marca un ritmo especial como si fuese un latido cardiaco. Será indefinida esta expansión. 

     Existen muchas hipótesis sobre el futuro del cosmos; pero ninguna explica el fenómeno de la vida, que es extraordinariamente complejo. Y es que, como decía el científico británico, premio Nobel, Fred Hoyle (1915-2001): “el creer que la primera célula se originó por casualidad, es como pretender que un tornado que pasara por un depósito de partes de aviones, pudiera producir un Boeing 747”. 

     Una serie incontable de procesos complejos se llevan a cabo a nivel celular, en transformaciones que escapan de nuestra comprensión e imaginación. Cortando, pegando, copiando y ensamblando moléculas, desde el punto de vista genético, la vida se manifiesta en construcciones más intrincadas que el más complejo de los aparatos construidos por el ser humano. Esto es válido para la más humilde de las bacterias hasta el más evolucionado de los animales.  

     No podemos ni siquiera imaginar cómo se llevan a cabo todos los mecanismos de la función celular y si bien, a medida que pasa el tiempo, se descubren nuevos y novedosos procesos intrincados de vida a nivel citológico, aún existen innumerables dudas que tienen como principio la pregunta de cómo se inició todo.

      Stanley Lloyd Miller (1930 – 2007) y Harold Clayton Urey (1893 – 1981), de la Universidad de Chicago, en una serie de experimentos realizados en los años cincuenta, pudieron demostrar que algunos aminoácidos (ladrillos que son la base de las proteínas, pedestal de la vida orgánicamente hablando), se pueden formar espontáneamente de sustancias químicas inorgánicas; pero el ensamblaje para que se formen enzimas y proteínas complejas, definitivamente es otra historia. 

     Deducir el origen de la vida representa algo fascinante y aunque los huecos de conocimiento para llegar a la verdad son casi incalculables, en la medida en la que conozcamos nuestros comienzos primigenios, podremos aspirar a entender otros fenómenos como el envejecimiento y la muerte. Así podremos también aspirar a sacudirnos de idolatrías, supersticiones, fanatismos y creencias, en ocasiones, literalmente delirantes.    

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