Sábado, junio 15, 2024

El Madrid, inconmovible

El futbol evoluciona. La Copa de Europa cambió. De talante, de formato, de dueños, de costumbres. Pero tiene algo que permanece intacto: la rotunda superioridad del Real Madrid. Que ganó el trofeo los cinco primeros años (1956-60). Y ahora va en busca de su Copa número 15. Más del doble que quien le sigue en la lista, que es el Milán y lleva siete.

Di Stéfano, Kopa, Puskas, Gento, Santamaría… Pirra, Zoco, Velázquez, Amancio… Y luego Mijatovic, Suker, Ronaldo, Bekham, Figo, Zidane, Roberto Carlos, Ramos, Cristiano, Keylor, Benzema… Hasta los actuales Kroos, Modric, Carbajal, Vinicius, Courtois, y todos esos recién llegados que sueñan aún con contemplar su fotografía abrazados a la orejona. Real Madrid: un continuum, una presencia eterna, una banda sinfín. Luego de lo del miércoles en el Bernabéu muy pocos dudan de que pronto la tendrán. El mismo Vinicius, el de los pies prestidigitadores y la entrega sin tregua, confesaba que ese estadio, ya suyo, posee poderes inexplicables. Una fuerza propia intangible, inexplicable, irracional.

Quizás la responsable del mal cálculo de Neuer, la pelota rebotando en su pecho y Joselu a un paso, presto a envolverla en la red. Neuer era el hombre del partido antes de ese minuto 87; el mismo que, cuatro minutos después, pediría en vano un fuera de juego inexistente como último recurso ante su impotencia para evitar que el mismo delantero suplente del Madrid anotara de nuevo. Ya Tuckel había echado a su equipo más atrás de lo que estuvo todo el partido, agazapado y jugándose al contragolpe, al prescindir del mismísimo Harry Kane a cambio de agregar un defensa más para cuidar el 0-1 favorable. Había sido de Kane el limpio servicio de banda a banda que proyectó a Alphonso Davies contra la meta, la acción y el remate que enmudeció al Bernabéu y trajo la apertura del marcador (67´). También Ancelotti había llamado al reposo del guerrero a Tony Kroos, pero para poner a Modric y Camavinga en el campo. Y, sobre todo, a un oscuro suplente cuyo mérito principal parecía ser la aventajada estatura: fue éste, Joselu, quien con sus goles iba a poner al Madrid en la final del 1 de junio en Wembley.

Borussia supera al PSG. París, la ciudad donde nació la Copa de Europa, da nombre y sede a la contrafigura rigurosa del Real Madrid. El PSG va de nuevo rico por la vida –jeque y petrodólares mediante– y solía portar siempre la etiqueta de candidato a levantar la orejona. Pero cada vez menos, y no precisamente por abaratar su opulenta nómina. Pasaron por ahí Neymar, Messi, Di María, Tiago Silva, Verrati, Keylor, Mbappé, y cuando más cerca parecían de la victoria, más estrepitosa era la caída.

Volvió a suceder. Sería sencillo liquidar el tema diciendo que Borussia supo cómo jugarles y mereció la victoria –doble 1-0, en Dortmund y en el parque de los Príncipes–. Que el doble cero certifica la impotencia de las estrellas del PSG y con eso basta. No es tan fácil. Seis remates rebotados en los postes y el larguero se interponen (dos en Alemania y cuatro en París). Allí se estrellaron las ilusiones de Mbappé, Emery, Mendes, de nuevo Mbappé y Vitinha. Por algo se dice que el PAG es el antiMadrid del torneo máximo.

Robar y correr. La moda impuesta de manera deslumbrante por el Barça de Guardiola, y que degeneró en algo tan prosaico con la “posesión” a ultranza y sin más objetivo que marear la perdiz, eso que tediosamente pasaron a poner en práctica casi todos, ha dado paso en los últimos años a algo tan añejo como aguantar agazapados a que el adversario se desgaste para, en cuanto se consigue la pelota, partir en contragolpes relámpago aprovechando los espacios vacíos que el equipo atacante deja detrás. Eso, que fue recurso de cuadros chicos cuando la marea del poderoso de enfrente se les venía encima, se ha vuelto estrategia común a tirios y troyanos. Y le han sacado raja lo mismo el Bayern que el Real Madrid. Y, desde luego, el Borussia, que valiéndose de la misma consiguió sortear los ataques del PSG –con mucha ayuda de los postes, hay que repetirlo– y ubicarse en la final.

Dos observaciones pertinentes: ése, que fue recurso de pobres para intentar sobrevivir, está siendo adoptado por los poderosos bajo programa: como disponen de cuenta abierta hasta en paraísos fiscales, de lo que se trata ahora es de poner sobre el campo especialistas del contragolpe, desde lanzadores con toque largo y preciso hasta galgos rapidísimos como receptores y depredadores que no perdonen de cara al gol.       

La otra observación es histórica: el tal sistema no es rigurosamente inédito, Helenio Herrera lo implantó en el Inter de Milán –cuyo dueño era el millonario petrolero Angelo Moratti– de los tempranos años 60, dando lugar nada menos que al catenaccio, que haría fortuna en Italia y el mundo, con sus diversas versiones del líbero, a veces stopper (Beckenbauer), a veces cuevero (Bobby Moore), y en todo caso un defensor más que agregar a los cuatro del fondo.

Liguilla. La primera semifinal quedó sellada y no de la mejor manera. Tuvo el silbante que estirar el tiempo de compensación al máximo, y los del VAR se vieron obligados a fingir miopía para que el América eliminara al Pachuca; estuvo lejos de ser el prometido desquite por la travesura tuza que relegó de la Concachampions a los azulcremas. Ni siquiera el hecho de medirse con un equipo exhausto, obligado a jugar diez partidos en un mes, ayudó a los Televisa salvar dignamente el pellejo. Tuvo que ser el arbitraje, como ya había pasado en Puebla la noche aquella en que se cerró aquí el Clausura, lo que salvara al equipo más influyente de México.

Resulta que al empate inicial en el miguel Hidalgo (1-1), trabajosamente conseguido por la visita, le siguió en el Azteca un juego de vuelta perfectamente planteado por Almada sobre el patrón descrito en el apartado anterior: un gol –Idrissi, 31´– y a defenderlo entre todos. Al América no se le advertían recursos ni ideas futbolísticas para salir de ese atolladero. Al arbitraje sí: ocho minutos de compensación y, en el último suspiro, un saque de banda equivocadamente obsequiado a la escuadra capitalina del que derivó el cercano remate que Moreno rechaza en corto y Quiñones caza a bocajarro. Con ese empate, que no victoria, tuvieron los de Televisa para eliminar a su insolente retador tuzo. De pena.

Lo que ahora veremos será una reedición más del devaluado clásico de clásicos. Ya que en la Bombonera, el Guadalajara aguantó atrás las desordenadas ráfagas del Toluca –otra nuestra de la táctica contragolpista en boga– y sacó el 0-0 necesario para hacer valer el agónico 1-0 del miércoles en el Akron y eliminar a los diablillos, que corrieron sin ton ni son al mejor estilo de aquellas chivas locas de principios de la década del 50 que a la larga darían paso al campeonísimo. Ese cuyas glorias aún mantienen a los rojiblancos de occidente como el equipo más popular y querido de México, aunque de su espléndido pasado no conservan ya ni siquiera el uniforme. En Toluca lucieron un atuendo con más de militar que de futbolístico. Y tuvieron en el “Tala” Rangel a un baluarte que es, sin duda, la revelación del año en la portería.      

¡Adiós al Flaco! Por su genuino valor como personaje y como emblema, también por lo que significó para el futbol mexicano como agente revulsivo, e incluso por su cercanía con Puebla –vía Emilio Maurer–, el deceso de César Luis Menotti (Rosario 1938-Buenos Aires 2024), es de justa y obligada referencia. Si como futbolista sobresalió por inteligencia y clase –llegó incluso a jugar con la selección argentina cuando militaba en su Rosario Central y más tarde en el Racing de Avellaneda, y hasta fue compañero de Pelé en el Santos–, como DT su contribución al futbol argentino fue revolucionaria: no exageran quienes lo consideran el padre no ya del campeón mundial de 1978, sino de la época de oro de la albiceleste al cambiar el significado del concepto Selección para el argentino, futbolista o no, futbolero o no, porque antes del periodo de Menotti como seleccionador (1974-1982), esa palabra tenía como referente la abulia, el caos, la vergüenza, y después de Menotti es una cara aspiración para el profesional y un timbre de orgullo para el ciudadano común.

De su dimensión como filósofo y prosista del futbol –sostén de todo lo dicho anteriormente– hará que hablar con la extensión y el cuidado necesarios en otra ocasión. Con más espacio y dedicación de los que permite esta columna.       

   

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