Viernes, febrero 23, 2024

El káiser Franz, grande entre los grandes

Franz Beckenbauer nació en el Múnich en ruinas de la posguerra (11.09.1945), de juvenil se movía con soltura como delantero, fue revelación internacional en la World Cup 66 en funciones de mediocampista goleador y terminó por inventarse la figura del líbero que se desprendía del puesto de segundo central jugando el balón con la cabeza levantada, no al estilo del defensa escoba del catenaccio típico; en esa especialidad daría un impulso nuevo a la evolución táctica del futbol. En el camino fue cuatro veces campeón de la Bundesliga con el Bayern –club que moldeó a su imagen y semejanza–, tres veces campeón de la Copa de Europa (la Champions actual), y además de adjudicarse en otro par de ocasiones el balón de oro al jugador del año se coronó en la Eurocopa de 1972 y ganó el Mundial como futbolista (Alemania 74) y después como director técnico (Italia 90). 


Pero Beckenbauer fue mucho más que un palmarés glorioso. No sólo le cambió la cara al rocoso futbol alemán, que de pronto se encontró con un defensor que podía haber jugado con frac y chistera, rotundamente alérgico a reventar balones adonde salieran, maestro del quite sin asomo de violencia, artífice del pase con cualquier superficie de su bota derecha, en trazos cortos o largos, y líder táctico, técnico e intelectual del equipo en el que jugara, el Bayern Múnich o la mannschaft alemana, el Cosmos de Nueva York –que lo contrató a sugerencia de Pelé– o el viejo Hamburgo donde concluyó su carrera. Como campeón, naturalmente. 

El káiser en México. Aquí lo tuvimos y admiramos en el mundial México 70. Es más, pudimos saludarlo personalmente cuando la Selección teutona se hospedó en el Mesón del Ángel con motivo de sus dos último compromisos mundialistas, ambos en el Azteca luego de haber jugado la ronda de grupos en la subsede de León, que ganó invicta. El primero de dichos encuentros fue nada menos que el llamado partido del siglo –es decir, la inolvidable semifinal Italia 4-3 Alemania–, el otro la disputa del bronce que le ganó por la mínima a Uruguay. En este choque Beckenbauer ya no pudo participar debido a aquella lesión de clavícula que le causó una mala caída tras chocar con Giacinto Fachetti, el gran lateral italiano. Increíblemente, el káiser Franz, con el brazo sujetado al tronco por un cabestrillo, había continuado la disputa de la histórica batalla semifinal. Y, cosas de otros tiempos, en el video del colosal encuentro se mira a los azzurri, que marcaban y acosaban sin tentarse el corazón, mantenerse a respetuosa distancia del ilustre lesionado cuando éste conduce el balón con la elegancia y maestría en él innatas.  

La mutación. Como quedó dicho, en 1966, Beckenbauer fue una de las revelaciones del mundial inglés jugando casi como centro medio con vocación ofensica, tanto así que consiguió marcar cuatro goles: dos a Suiza, uno a Uruguay en cuartos de final, y otro más para decidir la semifinal jugada en Liverpool batiendo nada menos que a Lev Yashin, la célebre araña negra de la URSS, el único guardameta que hasta le fecha ha podido ganar el balón de oro al jugador del año en Europa.  

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En México 70, Franz continuaba jugando de centro medio y fue autor de un gol clave para el destino del colosal encuentro en que Alemania eliminó a Inglaterra en cuartos de final (León, 14.06.70): los ingleses ganaban por 2-0 y el gol de Beckenbauer dio un nuevo impulso a su equipo, vencedor 3-2 en la prórroga. 

Para el siguiente mundial, ganado en casa por Alemania, Beckenbauer ya era defensa central y no hay un solo gol más en sus registros. Pero, como capitán y líder indiscutible de su Selección, encabezó la victoria sobre la Holanda legendaria de Johan Cruyff en el Olímpico de Múnich (2-1, con goles del maoísta Paul Breitner y bombardero Gerd Müller). Fue su última presentación en Copa del Mundo, y su fotografía con el trofeo en alto es uno de los íconos clásicos del torneo más prestigioso y visto del orbe. 

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El molde y la marca. Con su innato sentido del juego y su prestancia incomparable, el káiser Franz hizo saltar en pedazos el rígido molde donde el imaginario había encerrado  de manera inevitable al típico futbolista alemán: recio, obstinado, indoblegable, tenaz, pero al mismo tiempo algo tosco, carente de elasticidad y fantasía. No sólo escapó de ese molde –otros lo habían hecho, otros lo harán–, fue capaz de acuñar otro, mucho más sofisticado y fino, de su exclusiva marca. Durante décadas, la imagen de este fuera de serie acompañó a los futboleros del mundo, el apelativo de káiser o sucesor de Beckenbauer se adjudicaba sin miramientos a éste o aquél, bastaba que recordase en algo las evoluciones soberanas del original. 

Pero no. No ha habido otro Beckenbauer. Y pasarán muchos años antes de que algún joven hambriento de balón, escapado tal vez de otra ciudad en ruinas, o de un campamento de desplazados, o de un descampado perdido en la nada, rompa el molde del monótono futbol del siglo XXI –a menudo calificado de intenso a falta de mejores virtudes–; un futbol que ya no se corresponde, como sucedía en tiempos del káiser, con alguna nacionalidad o región específica, y, por lo tanto, exigirá una energía adicional a quien ose trastornar las formas vigentes y modificar la historia futura del deporte rey. 

Jornada 1. A medio gas pero arrancó ya el Clausura 2024. El campeón América llevó a Tijuana su equipo “B” –lujos que pueden darse los dueños de todo–, lo que no fue obstáculo para que les pasara por encima a los desdentados Xoloscuintles (0-2) con sendas anotaciones del expoblano Salvador Reyes. Para entonces ya había sucedido en Mazatlán la primera zacapela del año, con su correspondiente surtido de maldiciones, golpes y patadas a mansalva y corretizas a lo sálvese quien pueda. Fue la noticia destacada del descolorido triunfo del San Luis sobre el once local (0-1), luego de un estreno del torneo, en el Corregidora queretano, que al menos trajo cuatro anotaciones, equitativamente repartidas entre los Gallos Blancos y los Diablos Rojos del Toluca (2-2), que llevan décadas buscando un equipo que merezca la pena ir a ver.  

El sábado, más tropezones de los equipos anfitriones, pues además del triunfo americanista en el lado occidental de la frontera, Chivas fue incapaz de estrenarse con victoria en casa (1-1 con Santos en otra birria de partido), y el Cruz Azul volvió a las andadas en su retorno al estadio de Insurgentes, donde el Pachuca no tuvo que sudar demasiado para agenciarse los tres puntos en disputa (0-1). 


En la jornada dominical tampoco abundaron las anotaciones –de juego sabroso y emotivo mejor ni hablar–, pero al menios los locales impusieron respeto, por la mínima los Pumas (1-0 sobre Juárez), y por 2-1 el Necaxa, que recibió y venció al Atlas. Mañana, con esa nueva manía de programar un último partido para el lunes –copiada del futbol americano–el León recibirá a los Tigres en duelo de fieras allá donde la vida no vale nada, que de frase de canción bravía ha pasado a convertirse en parte de la lamentable y desoladora realidad.        

¿Y el Puebla? Pues el Puebla fue el único visitante sabatino que salió con la derrota acuestas. Desde luego no era fácil aduana Monterrey, y es innegable que la Franja luchó sin desmayo, pero apenas le alcanzó para un tiempo, porque recién iniciado el segundo Poncho González le clavó a Chuy Rodríguez un cabezazo de fortuna (51´), y casi al cierre –luego de una honesta reacción poblana que le permitió lucirse más de una vez al Gato Andrada–Berterame remachó la victoria rayada (89´).  

Una campaña y la situación del Puebla no cambia. Luego de la poda acostumbrada su plantel sigue siendo de los más modestos del país, y eso lo deja librado a la heroica, sin más recursos a la mano que la garra, las ganas y el afán. Todo eso estuvo presente en el estadio del parque Fundidora y habrá que reconocerlo y aplaudirlo. Menos grata, en cambio, la incapacidad goleadora que suele acompañar a los equipos chicos en cualquier parte del orbe. Que tienen que luchar incluso con el arbitraje, siempre dispuesto a cargarles la mano con tal de congraciarse con los patrones del circuito. 


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