Martes, enero 18, 2022
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El humor es un asunto serio

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De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española el término humor o humorismo (que es el enfoque de esta columna) es simplemente “modo de presentar la realidad”. Ese “modo” es según otra de las acepciones “jovialidad, agudeza…”, lo cual no aclara mucho respecto a la naturaleza del humor. Aparte de las consideraciones filosóficas, el humor es un asunto inabarcable y se trata de una manifestación sociocultural con una dimensión histórica que se encuentra relacionada con la inteligencia, los sentimientos, lo diferente, la personalidad, el arte dramático, lo grotesco, con diversos géneros literarios, la música, con la ciencia, las bellas artes, con las habilidades sociales de los individuos, con el ridículo, lo extravagante, lo absurdo, lo estrafalario, lo antiestético, con la salud física y emocional, aun con la tragedia, prácticamente con casi todos los sentimientos y actividades humanas ya que, al parecer, es exclusivo de nuestra especie aunque recientes estudios han demostrado cierto tipo de humor en algunos primates superiores.

El humor se va modificando a medida que crecemos y nos integramos más a nuestro grupo social; sus cualidades son propias de cada sociedad, aunque puede ser común en regiones más o menos extensas con contextos culturales relacionados; algunas veces el humor es reconocido en naciones que comparten tradiciones de larga data y aun más, también se puede circunscribir a diversas provincias en cada país. Lo que a nosotros nos mata de risa, apenas arranca una tímida sonrisa en otros lugares y en algunos más, circula con total indiferencia, de manera que su universalidad en cuanto a sus motivaciones es cuestionable pues el humorismo puede llegar a ser intraducible, aunque la globalización ha contribuido a relacionar a culturas diferentes y a compartir algunos rasgos de humorismo.

El humor se manifiesta a través de la comedia, farsa, risa, parodia gracejada, simpatía, chistes, bromas, festividad y también entre los personajes que practican de manera espontánea o profesional estas manifestaciones del humor. Creo que el humor no se circunscribe a lo cómico o a lo gracioso que practican con mayor o menor éxito actores profesionales, a la circulación de chistes de todo tipo que mueven a la risa, sino que el humor tiene que ver con ciertas habilidades sociales. Recordemos que existen personas que toman en serio muy pocas cosas respecto a su trato con los demás, pero si ellos consideran que hay un asunto que les concierne directamente, entonces no permiten ninguna broma. Todos nos hemos topado con alguien así: “el alma de la fiesta”, el cuentachistes inagotable, el “metiche” bufo, el “huehue” carnavalesco o el guasón pesado y “encajoso”.

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Las clases sociales dominantes adoptan normas de conducta convencionales que tratan de imponer al resto de la sociedad como lo correcto, lo adecuado, lo moral, lo pudoroso, lo decente; todo aquello que sancionan la moral y las “buenas costumbres”. Por lo tanto lo que queda fuera de estas normas, que en ocasiones se incorpora a los instrumentos jurídicos del estado o de las instituciones, es considerado socialmente inadecuado y puede ser motivo de sanciones legales o del repudio social. Brincarse esas normas en un tono de humor es uno de los recursos más manidos que los humoristas emplean para ejercer la crítica social. Sin embargo, existe un tipo de comicidad que es contraria a los principios básicos de convivencia y que toma como objeto de burla a la homofobia, la misoginia, la invalidez o discapacidad, al racismo, así como las características físicas de las personas. Quienes practican este “humorismo” humillante tienen muy baja capacidad intelectual, aparte de tener “poca madre” y buscan provocar la risa de otros que son iguales a ellos.

Recuerdo en mis años de adolescencia la lectura de unas breves cápsulas denominadas “La risa, remedio infalible” de la revista Reader´s Digest, en su versión mexicana de los años sesenta del siglo pasado a la que se anteponía la palabra Selecciones. Mas que los chistes bobos “refriteados” de la revista gringa original, me llamaba la atención el título que, traducido del inglés, Laughter, the Best Medicine, se refería indudablemente a la risa como medicamento que aliviaba muchos males, una especie de panacea la cual se encuentra muy a la mano y que está relacionada con el bienestar psicológico de las personas, un tipo de catarsis que libera tensiones como el llanto. Muchos pensadores le han dedicado estudios más o menos profundos con resultados diversos y aun contradictorios. La sonrisa aparece hacia los cuatro meses de edad y de ahí, con la madurez, se expresan sus variantes ante diferentes situaciones como la risa franca que puede derivar a la risotada, la risita nerviosa de quienes se encuentran en una situación incómoda, la risa sardónica o sarcástica de desprecio y de ciertas enfermedades que producen ese rictus clásico, la carcajada espontánea y también la risa patológica incontenible.

El humor blanco y el humor negro son en principio diferentes, el primero que cultivan los payasos y algunos magos es ingenuo y simple; el segundo que realizan algunos comediantes y literatos es escabroso, irreverente y complejo. Pero ambos tienen en común que son formas de entretenimiento y comunicación combinadas entre lo verbal y lo gestual con capacidad liberadora y crítica. La literatura científica relacionada con la salud aborda el asunto del humor desde diversas materias como la psicología, psiquiatría, fisiología, etc. Vivimos en medio del humor y muchas veces este es involuntario y nos hace soportable la existencia pues corresponde a una necesidad expresiva. Pero hay un humorismo psicoterapéutico que consiste en intervenciones profesionales usadas como herramienta que les permite a los profesionales establecer un vínculo proactivo con sus pacientes para paliar su ansiedad y producir cierto relajamiento durante la terapia. Por supuesto que este asunto es infinitamente más complejo que lo que hoy expongo aquí.

Existe un método que actualmente se conoce como risoterapia y que se emplea en diversos tratamientos no sólo de enfermedades psicológicas sino de un amplio y diverso abanico de padecimientos. Pero el buen humor siempre será mejor que los “jetones” y malhumorados. Esto lo sabían antiguamente, porque los bufones eran personajes muy estimados en las cortes y gozaban de privilegios especiales. El pueblo también gozaba de las actuaciones de los cómicos trashumantes al punto de que muchos actores, hombres y mujeres, de diferentes géneros eran conocidos igualmente como “cómicos”. En fin, como dije en un principio, el humor o humorismo está presente en toda nuestra vida y abordarlo en un espacio tan corto es por lo menos una “vacilada”, pero como decían los abuelos: “Risueño el chamaco y…le hacen cosquillas”.

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