Jueves, octubre 21, 2021

El cuarto sitio

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Mi relación con el ejercicio es bastante larga pues lo he practicado desde pequeño, principalmente en su modalidad organizada, es decir, como parte de una institución, ya sea un equipo de futbol americano o en la práctica de algún arte marcial. Por supuesto, al tratarse de deportes o disciplinas de contacto, hay siempre riesgos de lesiones y secuelas que con los años se presentan; estoy bastante familiarizado con las fracturas, los esguinces, torceduras, raspaduras, contracturas o desgarres, por mencionar los más comunes. También conozco la exigencia y la presión que se relacionan con obtener el mejor lugar en un equipo y con buscar un campeonato; por supuesto, no soy ajeno al apremio ejercido por compañeros, entrenadores, familiares y conocidos que, abiertamente o por lo bajo, “esperan” (en ocasiones demandan) que se dé el “100 por ciento, no el 110 por ciento” todos los días, todas las horas, en los entrenamientos, en los partidos, en la alimentación, en el sueño, en las relaciones personales, en la vida misma, para después sentirse decepcionados por los resultados pobres que uno obtiene, pues, en esencia, para el pensamiento meritocrático frívolo de plática de TED, no hay otro resultado que el triunfo. Imagino que varios y varias están levantando la ceja con extrañeza, otros quizá con indignación, pues seguramente pensarán: “es que no hay de otra, o juegas para ganar o mejor ni lo intentas”.

De hecho, no hay deporte que no tenga un impacto en el cuerpo y en la mente, todos y cada uno de ellos llevan implícitas secuelas. Más cuando hablamos de deportes de alto rendimiento y que se llevan a cabo en torneos o competencias internacionales, como los mundiales o las olimpiadas. Desafortunadamente, el deporte también es víctima del mundo meritocrático y de porquería en el que vivimos y la competencia y el triunfo a como dé lugar son la tónica. Ejemplo de lo anterior es el sentido lamento que externó Ramón Cid, otrora dirigente deportivo de atletismo en España en un artículo para El País cuando se enteró del empate que se dio para la medalla de oro en la prueba de salto de altura entre el catarí Mutaz Essa Barshim y el italiano Gianmarco Tamberi y el acuerdo entre ambos para compartir la medalla. “Me parece obsceno -dice Cid- que se plantee la posibilidad de no seguir compitiendo y se pacte un empate para ganar los dos el oro. (…)  Que yo recuerde, nunca se ha dado el caso de dos campeones olímpicos en una especialidad de atletismo. No se trata de bondad ni de generosidad; hay otras maneras y lugares para ejercerlas. Es mejor saltar que pactar. No hay abrazo más noble que el de un vencedor y un vencido tras una dura pugna”. No hay nada más peligroso para el sistema que nos rige y que motiva todo lo que hacemos que un par de campeones decidan compartir la presea. Que se reconozcan mutuamente, que no se quieran destruir, que se abracen, compartan la medalla y unas chelas después. Como se ve, para Cid es “obsceno” lo que sucedió; el problema es que hay mucha gente en el mundo que piensa igual. Lo que hicieron estos atletas es rebelde, inusitado y, como lo dije, peligroso.

Por supuesto que no es la única expresión de este tipo que se ha dado en estos Juegos Olímpicos. Tenemos a la gimnasta norteamericana Biles que decidió no participar argumentando problemas psicológicos producto de las presiones a las que se encontraba sometida y que se suman a varias otras linduras, como el abuso sexual del que fueron objeto ella y sus compañeras. Ella aceptó que no se encontraba en las condiciones correctas para continuar y decidió dejar el espacio para sus compañeras. Ella argumentó, según declaración publicada en la Gaceta de la UNAM, que “Físicamente me encontraba bien, me veía en buena forma, pero internamente necesitaba dar un paso a un lado. Tenía que proteger mi mente, no podía salir y hacer lo que todo el mundo quería que hiciese. No confío en mí misma tanto como antes… quizá me esté haciendo mayor. En estos juegos ha habido un par de días en los que he sentido el peso de todo el mundo en mis espaldas. No soy sólo una deportista, soy también persona y simplemente necesitaba dar un paso a un lado”. Su actuar fue honesto y valeroso. Y, sin embargo, también eso le han querido quitar. Como agudamente dice la periista Nuria Labari en un artículo para el diario El País: “Yo me permito añadir – a la idea meritocrática de que todos tenemos derecho a triunfar- que cuanto mayor es el éxito, más difícil es escapar del daño que hace. Como la pobre Simone Biles, que puede volar ante los ojos del mundo pero no tiene alas para escapar de la jaula de su éxito. Por eso aún cuando se retira es aplaudida por todos. Rendirse, dicen muchos, es la última gran pirueta de la mejor mujer del mundo. Porque ser la mejor gimnasta de la historia nos sabía a poco. Así es justo ahora, cuando se muestra vulnerable, ansiosa y con el orgullo herido cuando puede llegar a ser la mejor en todo, también en humanidad. ¿Es que esto nunca va a parar?” Es decir, no sólo es la mejor, sino ahora es la mejor fracasando…

La trampa está en que, como ella misma señala, el modelo meritocrático es una falacia. “La voluntad y el esfuerzo no tiene relación (o cada vez menos) con el éxito profesional y menos con el personal. El origen social, el azar o el talento innato son factores mucho más relevantes que el esfuerzo o la voluntad para triunfar. No siempre ganan los mejores y de hecho los datos (y la experiencia) nos demuestran que casi nunca lo hacen. De eso sabemos mucho en España, donde nacer pobre condiciona el futuro profesional más que en ningún otro país europeo, según el informe España 2050 elaborado por el Gobierno. Pero el mito es más poderoso que la verdad, por eso nos pasamos la vida intentando ser los mejores en algo”. Justo en esa realidad es donde debemos ubicarnos, no sólo como mexicanos, sino como la enorme mayoría de países que no tiene posibilidades o voluntad de invertir en todo programa deportivo que exista para tener representación y campeones en todos lados (como China, Estados Unidos, Rusia, entre otros). No obstante, estas olimpiadas han demostrado que nuestros connacionales se han colado en numerosos espacios (como el tiro, el lanzamiento de martillo, salto de altura, golf) y han tenido una destacada participación en donde tradicionalmente participan. Empero, han llegado pocas medallas y hay muchos de ellos que han quedado en la honrosísima cuarta posición. Pero como hay que ganar siempre, como hay que ser el mejor, hay que triunfar y ser un gran líder, pues parece poco. En efecto, abundan los memes pitorreándose de estos atletas, los lamentos a voz en cuello o en secreto de comentaristas de televisión que quisieran un mejor destino para el deporte mexicano. Y una enorme mayoría de estos comentaristas ni practica deporte, ni lo ha practicado (ya no digamos en un nivel de alta competencia como el que mencionamos) y son los eternos futbolistas, beisbolistas, basquetbolistas frustrados que memorizan cuanta estadística se encuentran pero que en realidad no saben nada de deporte, de la entrega, de la pasión, del desgaste físico y mental, de las lesiones y todo el paquete. Para ellos y para muchos de sus espectadores, el cuarto lugar (¡del mundo!), es un fracaso. Ahora imaginemos que esos atletas quedan en el lugar 12 o 23 (nuevamente, ¡del mundo!), pues peor todavía. Escuchamos las declaraciones de los deportistas que casi casi se disculpan por no haber sido mejores. Y estos pedantes hacen pasto de sus lágrimas y disculpas sin siquiera averiguar, como debe hacerlo un buen reportero, qué es lo que ha costado a estos deportistas llegar a donde están; y también averiguar si es que quien los manda, es decir, el sistema, también hizo todo para que ellos pudieran estar ahí. ¿Los entrenó y cuidó desde pequeños? ¿Evitó que preocupaciones como el hambre, la falta de recursos, lesiones, se interpusieran entre ellos, sus familias y el éxito deseado? ¿Podemos afirmar que Estado, medios de comunicación y sociedad en su conjunto hemos dado todo por ellos? ¿Los medios transmiten y el público ve sus participaciones en los diversos torneos en que participan? ¿Los seguimos en toda su preparación, en sus lesiones, sus dificultades, sus problemas psicológicos? ¿Sabíamos que existían? Sólo baste ver la cantidad de canales de televisión y horas dedicadas al futbol en nuestro país -incluidas ligas de otros países- para darnos cuenta de que, poco o nada importan estos muchachos, salvo en las Olimpiadas. El llegar a participar en unos juegos olímpicos es ya toda una hazaña. Quizá como afirma la propia Labari citando a Juan Benet, todos debiéramos tener el derecho a fracasar porque, de todas maneras, nunca será suficiente. Desde aquí mi reconocimiento, empatía y admiración para todos los deportistas que participaron en Tokio. Y a todos los demás, unas sonoras trompetillas aderezadas con caracoles, ajos y cebollas…

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