¿Educación e ideología en la obra de Jorge Carrión?

La ideología, la forma en que entendemos el mundo, la forma en que concebimos cómo se construyen las sociedades, es fundamental, sea para el sometimiento de los pueblos, o para encauzar adecuadamente las luchas por su liberación.

La clase en el poder, a través de la educación y ahora particularmente por la vía de los poderosos medios de comunicación, impone su ideología y se apropia también ideológicamente, de lo que más allá de lo material los pueblos construyen, como son el lenguaje y la cultura.

Carrión considera que la acción ideológica de la clase en el poder, es la base del control político que ejerce sobre la población y que una parte central de esa acción ideológica se realiza exaltando lo individual por encima de lo social, cuando lo social es lo que constituye la esencia del hombre.


Él tenía la convicción de que la ideología burguesa busca aislar a los individuos de su entorno social, no sólo enfrentando los unos a los otros, sino forzando a que cada uno busque resolver individualmente problemas que en su esencia son sociales.

Concebía a la educación, en lo individual, como una educación para la libertad y en lo social, como medio para transformar la estructura económica, social y política del país. Por ello señalaba que la enseñanza, en todos sus grados, debería ser funcional y ajustarse a nuestra realidad, permitir que sin importar el grado en que los estudiantes abandonaran sus estudios, pudieran “encontrar acomodo en la tarea ingente de elevar la producción en México”. (La educación y el movimiento del 68 en México, Antología de Jorge Carrión, UNAM, Instituto de Investigaciones Económicas; delegación Tlalpan, México, 2008, p. 31).

Criticaba que los libros de texto formaran en los escolares “conceptos estáticos de la historia, de la sociedad, de las ciencias naturales y de la estructura económica y política de la nación y de todo el mundo”. (Ibídem, p.30). Esa visión estática añadía, conviene a los dueños del poder, en la medida en que convencen a un amplio sector de la población de que no hay ni necesidad, ni posibilidad de cambios.

De esa manera también, los héroes nacionales se transforman en estatuas de piedra, cuando de lo que se trata es que estén vivos, para que sus ideales no cumplidos y aún vigentes, encuentren nuevos ciudadanos que los impulsen. El sistema educativo no transmite lo esencial de sus vidas y del sentido de las luchas que impulsaron, no permite que se entiendan los procesos, ni los intereses de clase que defendía cada uno de los protagonistas de nuestra historia.

Acorde a sus intereses, nos decía Carrión, el acento de la educación, en todos sus niveles, lo pone el gobierno no en lo didáctico sino en lo académico y en las obras materiales. Porque “la oligarquía en el poder educa para provecho de su clase, abandonando y trivializando la enseñanza primaria, y aristocratizando la superior”, de donde saca sus cuadros políticos, técnicos, administrativos y científicos. (Ibídem, p.49).

En suma, Carrión nos hace ver que la educación es manifestación de una estructura social, de una formación económica específica y es también, un instrumento con el que la clase en el poder difunde su ideología.

La crisis de la educación, nos dice “se nutre de las contradicciones internas del sistema educativo con la estructura socioeconómica que lo rodea”. Las reformas en el ámbito educativo son las que convienen a la clase dominante, las que reducen “el estrecho, asfixiante margen de democracia permitido al pueblo”. (Ibídem, pp. 48, 56).

Carrión además nos recuerda en sus escritos, la relación dialéctica del fenómeno histórico de la cultura con las luchas de los pueblos

La vara con que se mide la cultura, es una admirativa y apologética que exime la carga más importante; esa de la participación de las masas trabajadoras en el fraguado de la misma. De tal modo se le considera resultado del trabajo de élites, de capas que desde arriba de los estratos sociales la determinan… (Crítica a la ideología burguesa, Antología de Jorge Carrión, Altres Costa–Amic Editores, México, 2013, p. 281).

Ese concepto elitista de la cultura “considera a las universidades como las determinantes de la cultura y no al revés”. Por eso hay que aclarar que “… la inteligencia se nutre por fuerza de la previa cultura de la excentración social, de la educación, de las artes, de la ciencia y la filosofía, que es patrimonio de la humanidad, no posesión privada de nadie”. (Ibídem, pp. 281, 180).

Partiendo de su concepción de las universidades como las encargadas de organizar y extender los aportes culturales de las mayorías al progreso, exige a los estudiantes “vincularse estrechamente a los anhelos de redención de su pueblo y convertirse en la vanguardia de sus demandas justicieras”. Y resalta, “justamente la desvinculación de las universidades de su contexto político ocasiona los problemas y el descontento estudiantil”. (La educación y el movimiento del 68 en México, Ob. cit., p. 107, 184).

Son pues las contradicciones entre lo que la sociedad requiere y lo que los dueños del poder están dispuestos a dar, lo que provoca el malestar y cuando ese malestar logra encausarse, las luchas. Y son esas luchas las que vistas desde lo individual, se convierten en un problema que provoca malestar en sectores de la población debidamente manipulados. Pero que entendidas desde el carácter social que tienen, ponen un dique a las ambiciones del poder y son las que han contribuido históricamente a que los espacios democráticos ganados en otras luchas, se mantengan o se amplíen más allá de lo que el poder quisiera.