Jueves, junio 17, 2021

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Diego el retador

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Dos fortunas tiene Diego Fernández de Cevallos: la de su riqueza económica acumulada, y la de no escribir nada que deje constancia de su pensamiento social. Quizá la primera sea razón que explique la segunda, así como su predilección por los torrentes de verborrea que lo caracterizan. Decía Vicente Fox: “A Diego se le ha acusado de concertacesionador y de enriquecerse de manera ilícita para desacreditarlo y desgastarlo. Ambas cosas son falsas, los panistas confiamos en él, porque sigue siendo una figura muy valiosa para el partido y la democracia”. Tal referencia significa que desde el año en que fue hecha -1999- la mala fama de este personaje era ya del dominio público. Ningún otro mexicano -salvo los que fueron víctimas de fraude electoral- tuvo tan a la mano la posibilidad de llegar a ocupar la silla presidencial, de Los Pinos en ese entonces, como Diego; tampoco, nadie como él echó a la basura tan honrosa posibilidad:

Siempre he pensado que cuando estás a punto de conquistar la plaza necesitas perseverancia y temple, como el Pípila cuando abrió la puerta de la Alhóndiga de Granaditas. Diego Fernández de Cevallos llegó al punto más crítico en 1994, y, a la mera hora, o no le amarraron bien la piedra o se le hizo muy pesado cargarla, simplemente se echó para atrás. Que nadie me malinterprete, sobre Diego conservo una opinión excelente. En el debate de mayo de ese año quedaron evidenciadas todas sus virtudes, ya que de 16% de la preferencia electoral (cifra previa al debate) brincó al 32%, asumiendo desde ese momento el liderazgo de la lucha electoral. Para mí fue inexplicable lo que sucedió después; el porqué (sic) no apretó el paso y conservó la delantera. Se han dado diversas explicaciones; una de ellas es que estaba programado un segundo debate en materia económica, el fuerte de Zedillo, por lo que Diego se retiró a prepararlo; otra es que se enfermó de repente. Ignoro qué habrá pasado, pero ésa fue la primera zafada de Diego.  (Vicente Fox, A Los Pinos, Ed. Oceano de México, 1999).

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De la información pública disponible en la internet consta que Diego cursó, también, estudios de economía en la Universidad Iberoamericana; y que su vida de profesionista ha destacado por los controvertidos casos que ha manejado, pues ha sido acusado de utilizar sus influencias políticas para obtener información y beneficiarse como abogado. Jamás se vio en la necesidad de pedir el voto popular pues sus cargos, como diputado federal y senador, los obtuvo siempre mediante su inclusión en la lista de plurinominales del PAN. En el año 1991, siendo diputado federal y coordinador de la bancada de su partido -tiempo del que le viene el mote de “jefe Diego”- apoyó la iniciativa del PRI para lograr la quema de las boletas electorales de la elección presidencial de 1988 que encumbró a Carlos Salinas de Gortari, a pesar de que gran parte de la ciudadanía, el Partido de la Revolución Democrática y un sector del propio PAN las consideraron fraudulentas en agravio de Cuauhtémoc Cárdenas. Esta pequeña semblanza de Diego resulta necesaria para comprender el sentido de la carta, fechada el 18 de mayo, que dirigió al presidente de la República Andrés Manuel López Obrador.

Contra todo lo que pudiera pensarse de un abogado con tantos años de ejercicio profesional, a Diego le importa un comino lo que diga la Constitución de la República: Los funcionarios y empleados públicos respetarán el ejercicio del derecho de petición, siempre que ésta se formule por escrito, de manera pacífica y respetuosa. (Artículo 8o.): “Comprendo que no quiera enfrentarme, cara a cara, en Palacio Nacional”; “El que sea su costumbre ese pérfido proceder (difamar a todo el que no se somete a sus designios) solamente agrava su felonía”; “Comete un error si supone que ya se escapó de mi reclamo por el hecho de formularme torpemente unas preguntas, proyectando la penosa imagen de tinterillo cantamañanas” (palabra dominguera que, según el diccionario de la RAE,  describe a una persona informal, irresponsable y que no merece crédito). En el régimen de libertades existente ahora, Diego es libre de decir todo lo que desee; sin embargo, ¿de dónde le surge ese ánimo retador que equipara a Palacio Nacional con un ring? Siendo escaso el contenido de la carta, el tono del lenguaje con que se redacta, exhibe al autor como un pendenciero picapleitos que si, a sus 80 años, así se dirige al presidente de la república; permite comprender cómo fue 30 años antes, teniendo el poder que le daba ser coordinador de la bancada panista de diputados federales, y aliado del presidente Carlos Salinas mediante la convalidación del fraude electoral. Resulta fácil deducir de dónde vino lo de “jefe” al sempiterno poder barbado que, por años, tras el trono, ha movido los destinos políticos del Partido Acción Nacional.

Si alguien ha sido feroz oponente y atacante de todo lo que ha significado políticamente Andrés Manuel López Obrador en la vida social de México, es Diego, el falso opositor del régimen priista dedicado a cumplir funciones de pandillero político contra el opositor auténtico. El paso de los años, las vueltas de la vida y, quizá, hasta el karma; le jugaron a Diego una broma terrible e intolerable: el personaje político objeto de sus insultos, diatribas, y odios demenciales es ahora presidente de la República. Después de muchos años, la historia electoral más reciente terminó por acomodar a cada quien en su lugar. Reacio a aceptar su nuevo rol de gobernado, la carta exhibe su desubicación: “…no corresponde al “presidente de todos los mexicanos” imputarme desde su púlpito imperial un delito de ahora y otro de hace 20 años (que no cometí) y negarse a exhibir las pruebas que dice tener en mi contra”. Diego los reconoce como delitos, pero confunde no cometer con no haber sido investigado, y Palacio Nacional con agencia del ministerio público. Llama la atención que un abogado con tan mala reputación profesional y política pueda hablar de honor: “Si fuera usted hombre de honor… Como no es el caso, le exijo presentar ante la Fiscalía General de la República la denuncia correspondiente…”. El uso del condicional buscaría degradar al receptor del ataque. En este caso, sin embargo, hace patente que el autor de la carta, intencionalmente, evade considerar que el honor es una cualidad moral que se alcanza únicamente con acciones personales de esa misma índole y no por asignación propia. La vida política de Diego, tan llena de episodios oscuros, por mero decoro debería impedirle ponerse el disfraz de persona honorable.

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El presidente López Obrador ha hablado de un caso, Jugos del Valle, donde la figura de Diego Fernández destacó por el tráfico de sus influencias políticas para ganar litigios de dudoso apego a la ley; pero no es el único. La llamada Ley Televisa, los terrenos de Punta Diamante, el asunto de la familia Ramos Millán contra la Secretaría de la Reforma Agraria, diversos juicios contra el SAT, la defensa de la empresa MetMex Peñoles acusada por la intoxicación de once mil niños por contaminación en Torreón, Coahuila; son algunos, de muchos otros casos, donde se presumió que su despacho ganó los asuntos debido a la influencia política de Diego como senador. Esa presunción pública dio origen a dos acciones legislativas directamente dirigidas a él: en 2002, una petición de desafuero para que respondiera por la escrituración ilegal de los terrenos de Punta Diamante; y en 2007, la llamada Ley Anti Diego para prohibir que los legisladores litigaran en contra del Estado. El reciente caso de influyentismo por los impuestos de su rancho, en Querétaro, que de adeudar 900 millones de pesos quedó en el pago de 12, acredita que Diego conserva genio y figura. En estas circunstancias, su ataque epistolar al presidente sólo se suma al coro de políticos y empresarios que creen hacer política lanzándole denuestos: “Como es de esperarse que no lo haga pues está sobradamente probado que es usted un difamador cobarde”. La esmirriada carta deletrea a un político sin altura de miras, en decadencia, sin argumento ni proyecto políticos, que tiene que acudir al insulto y la provocación buscando reflectores que, de otro modo, ya no consigue. Diego tuvo la oportunidad de ser el presidente de todos los mexicanos, de tener reflectores legítimos, que sólo por su ambición desmedida, desperdició. Para cualquier persona eso sería motivo de una gran frustración. La carta demuestra, palmariamente, que su actividad política descendió gravemente hasta colocarse al nivel de Gilberto Lozano, líder moral del Frenaaa. El problema de Diego “Frenaaandez” es no aceptar ni querer entender la lección de 2018: los mexicanos ya no aceptan a políticos como él, ni lo que representan.

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