Jueves, agosto 18, 2022

Diáspora, migración, mito

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La semana pasada, en el marco de las XV Jornadas Andinas de Literatura Latinoamericana que se llevaron a cabo en la Universidad Rafael Landivar en la Ciudad de Guatemala, presenté junto con unos colegas del Posgrado en Literatura Hispanoamericana de nuestra Facultad de Filosofía y Letras de la UAP -Tzara Vargas Ortiz y Edder Tapia Vidal- el panel “Espacio liminar: manifestaciones discursivas de la migración en Centroamérica (siglos XVI-XXI)”. La compañera Tzara se centró en la imagen y la representación del migrante en novelas del siglo XX; Edder lo hizo sobre esa representación, pero en una novela del siglo XIX del yucateco Crescencio Carrillo y Ancona; yo, por mi parte, me centré en la diáspora, la migración y el mito que aparecen en textos mayas coloniales, específicamente en el Chilam Balam de Chumayel y en el Popol Vuj y compartí lo siguiente. Uno de los conceptos más desafiantes para numerosas disciplinas es el mito. Por ejemplo, para la Historia en su versión más positivista, el mito no es otra cosa que una mera invención producto de la tradición y la cultura y, por ende, no puede ser considerado un dato histórico. Para la Antropología es el vehículo para conocer tradiciones, costumbres y concepciones del universo, pero con demasiada frecuencia, queda desprovisto de su origen histórico. Para la literatura, puede tratarse de la expresión literaria de un pueblo que ve en la oralidad su mejor vía de comunicación y si pasa al texto escrito, es una extensión de esa expresión. Muchos de estos mitos son tratados en cursos de todos los niveles, como colecciones interesantes, folclore y, se ubican en planes y programas como textos introductorios para posteriores expresiones que “sí son literatura”. Es necesario decir en este punto, que aquello que consideramos mito, desde una perspectiva occidental y académica, puede que no lo sea para la cultura que lo produce y que lo reproduce, sino que se integra de forma compleja a su “meta descripción” (entendida como auto descripción) y profundamente vinculada a su identidad y a la construcción de su memoria. Todas las culturas, en menor o mayor medida, viven a través del mito. Sin embargo, me ocuparé en este espacio de algunas culturas que han elaborado intrincadas meta descripciones identitarias a través de narraciones insertas en su historia y me centraré específicamente en los mitos donde el periplo sagrado es tema central.

La tradición escrita de los pueblos mayas tiende sus raíces hondo en su historia y encontramos evidencia de sus escritos en edificios, estelas, vasos, platos, todos presentes en sus ciudades y en contextos funerarios, ceremoniales o en aquellos espacios destinados a lo público. Se trata, citando a Mercedes de la Garza, del “principio de identidad de su ser comunitario”. Poco importaba que la escritura y la lectura fuera del dominio de unos cuantos nobles, escribanos y especialistas rituales, se entendía que en esos textos se encontraba el saber de la comunidad y aquellos aspectos fundamentales, que, una vez leídos y enunciados, podían invocar a las fuerzas que dieran orden al universo, o evocar ancestros y dioses que, en conjunto, brindaban orden al mundo o propiciaban la solución de los problemas más elementales.  Pero no hay que juzgar estos textos como meros rezos. Verlos en su justa dimensión es comprender su papel histórico y sagrado. Una vez concluida la conquista de sus territorios y de haber sido impuesta la nueva realidad política, religiosa y social, lo mismo que la nueva forma de registrar el conocimiento, las comunidades mayas encontraron la forma de conservar lo más importante para ellos: su identidad y memoria. Y lo hicieron a través de la elaboración de textos escritos en los nuevos formatos. Como afirma Mercedes de la Garza, “Estos nuevos libros revelan también un intento de mantener vivas sus creencias religiosas, así como la memoria de los grandes linajes mayas, nutriéndose de los antiguos relatos sobre el pasado, y son herederos de la forma de concebirlo que tuvieron los antiguos mayas, según lo manifiestan sus autores. Por esa razón los textos indígenas coloniales tienen el mérito de ser la visión de los propios mayas sobre su historia y su religión”. Por tanto, para ella estos textos han de ser vistos como “mitohistoriografía”, lo que, a su vez, se haya enteramente adherido a su cosmovisión.

Una vez dicho lo anterior, hablaré de la diáspora y la migración como temas fundamentales en los textos mayas coloniales, en especial en el Chilam Balam de Chumayel, de producción maya yucateca, y del Popol Vuh, de la tradición k’iche’. El Chilam Balam de Chumayel es tan sólo uno de los Chilames que se produjeron (al menos de los que tenemos noticia o que existen en la actualidad) en la zona de Yucatán. Existen otros, como el de Tizimín, Kaua, Ixil, Tecax, Nah, Tusik, Maní, Chan Kan, Teabo, Peto, Nabulá, Tihosuco, Tixcocob, Telchac, Hocabá y Oxkutzcab. De algunos sólo se tiene referencia y algunos otros han sido recuperados y se encuentran resguardados. Su contenido es variado y pueden contener profecías, rituales, recopilación de acontecimientos histórico– míticos, textos esotéricos, astronómicos y literarios. En el de Chumayel hay un pueblo que es protagonista de numerosos pasajes histórico-míticos: los itzaes.  En varios capítulos hay referencia a ellos, ya sea equiparándolos con los europeos, ya sea exponiendo el registro de su paso en el tiempo y el espacio, ya como protagonistas de una historia trágica. En el ejemplo que veremos a continuación, que viene en el capítulo denominado “El libro de la serie de los katunes”, se hace referencia a la rueda de los katunes (periodos de 20 años) y concretamente a aquellos en que los itzaes asumen o dejan el poder. Todo empieza con la “bajada” de los primeros itzaes para luego establecerse en Chichén Itzá. “Cuatro Ahau es el nombre del Katún en que nacieron. Los Pauah, bajados de la Luna, fueron sus Reyes. Numerosas edades enseñorearon su nombre siendo poderosos. Cuatro Ahau es el nombre del Katún en que bajaron la “Gran Bajada”, la “Pequeña Bajada”, (migraciones de los itzaes) que así se nombran. Numerosas épocas tuvieron poder, tuvieron nombradía. Entonces se alzaron sus opresores: Muchos opresores los oprimieron. Cuatro Ahau es el Katún en que sucedió que buscaron Chichén Itzá. Allí fue compuesto lo Maravilloso para ellos por sus Padres. Cuatro Partidas salieron. ‘Las Cuatro divisiones de la tierra’ se nombran. Del oriente, a Kincolahpetén fue una Partida. Del norte, a Naco-cob ‘salió’ una Partida. Aquí ‘salió una Partida’. A Holtún Suhuyuah ‘salió’ una Partida. Cuatro Montañas son. ‘Las Nueve Montañas’ es el nombre de su tierra. Cuatro Ahau es el Katún en que sucedió que invitaron a los de las Cuatro Divisiones, nombradas Cantzuculcab, para que vinieran. Fueron ‘hechos Padres’ cuando vinieron a Chichén Itzá. Itzaes entonces se llamaron. Trece Katunes ejercieron poder. Y fueron traicionados por Hunaceel. Y abandonaron. sus tierras. Y fueron a los bosques desiertos que se llaman y Tanxulucmul. Cuatro Ahau es el Katún en que fue el clamor de las almas. Trece Katunes tuvieron bastante con su sufrimiento. Ocho Ahau es el Katún en que sucedió que llegaron los restos de los nombrados Itzaes.  Llegaron y alzaron su poder en Chakanputún. El Trece Ahau es el Katún en que fundaron la ciudad de Mayapán. Hombres mayas se llamaron”.

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Más adelante, según otros mitos, los itzaes habrían migrado llevados por su líder Canek y su esposa Sac Nicte hasta llegar al Petén Itzá y establecerse en la hoy Isla de Flores para instalar el señorío de los Canek que será conocido como Tah Itzá o Tayasal. Esta historia, que no tiene sustento histórico, es la que la sociedad petenera y la yucateca han decidido adoptar. ¿Hubo itzaes en Tayasal? Claro, pero en realidad no se sabe si migraron desde Yucatán, aunque la lengua tiene una raíz yucatecana. En todo caso, pareciera que es la versión más aceptada. Como sea, la migración en una especie de diáspora precedida de la desgracia es una constante en la memoria de los pueblos mayas yucatecos. Sin embargo, esa diáspora produce memoria, identidad y, por tanto, cohesión social. Algo similar sucede con los k’iche’ de la región de las tierras altas guatemaltecas.

En el Popol Vuj, cuyo origen marca Mercedes de la Garza en “Santa Cruz del Quiché, Guatemala.  (Y fue) Escrito en dicho pueblo, alrededor de 1550-1555, por miembros de los tres linajes que una vez gobernaron el reino quiché: Kavek, Tamub e Ilocab”, encontramos también una narración que da cuenta del periplo sagrado llevado a cabo por los primeros k’iche’ para llegar a una ciudad mítica, el lugar de los dioses y donde recibirían su poder. “¡Vámonos, vamos a buscar y a ver si están guardados nuestros símbolos! Si encontramos lo que pondremos a arder ante ellos (…) Ahora bien, el nombre del lugar a donde se dirigían Balam Quitzé, Balam Acab, Mahucutah e Iqui Balam y los de Tamub e Ilocab era Tulán Zuiva, Vucub Pec, Vucub Zivan. Este era el nombre de la ciudad a donde fueron a recibir a sus dioses. Así pues, llegaron todos a Tulán. No era posible contar los hombres que llegaron; eran muchísimos y caminaban ordenadamente. (…) Y el primero que salió fue Tohil, que así se llamaba este dios, y lo sacó a cuestas en su arca Balam Quitzé. En seguida sacaron al dios que se llama Avilix, a quien llevó Balam Acab. Al dios que se llamaba Hacavitz lo llevaba Mahucutah; y al dios llamado Nicahtacah lo condujo Iqui Balam”.

De acuerdo con Alfredo López y Leonardo López Luján en su Libro “Mito y Realidad de Zuyuá. Serpiente emplumada y las transformaciones mesoamericanas del Clásico al Posclásico (1999)”, tales peregrinaciones son parte de una narración mítica que establece etapas de formación en las que los pueblos mesoamericanos adquirieren su calidad de pueblos elegidos y sustentan su poder frente a los demás grupos. Ello forma parte de lo que han denominado lo “zuyuano”, un concepto que engloba una serie de expresiones simbólicas, artísticas, políticas, lingüísticas y culturales que compartirán numerosas culturas lo mismo del Altiplano Central mexicano (como los toltecas primero y los mexicas después) y los pueblos mayas, primero los mayas en Chichén itzá y los k’iche’ posteriormente. Entre estos elementos, se encuentra la idea de la ciudad mítica a la que migran los primeros nacidos (y luego su descendencia) para obtener los dones, la sabiduría y otros elementos, el culto a la serpiente emplumada y el uso extensivo de nahuatlismos. En el fragmento que leímos del Popol Vuh se narra lo que detallan López y López: “Este tiempo comprende la salida desde “la casa de los cuatro árboles”, el cruce de las aguas del mar y el padecimiento de grandes sufrimientos. Según los diversos mitos de origen, el grupo nace como una multitud de hombres o simplemente en la forma de los ‘primeros padres’, parejas adánicas cuyas personalidades llegan a con- fundirse con las de los dioses patronos: son sus derivaciones, su realización. Con frecuencia se relata la historia de cuatro ‘primeros padres’ varones, y en ocasiones se menciona a sus cónyuges. Tras la salida de ‘la casa de los cuatro árboles’ viene la dispersión de los pueblos, que van tomando distancia entre sí en busca de la tierra prometida. Se puede equiparar esta etapa al parto”. Un parto liminal, que lleva de un lado a otro, que conduce por medio del dolor a la realización, a la existencia de pueblos cuya vida, desde siempre, ha sido agreste y compleja, pero que, a través de la desgracia, se forja y permanece. Como vemos, la diáspora y los procesos migratorios han existido en toda la historia de los pueblos mayas, no solamente de ellos hacia dentro y fuera de la zona maya, sino de otros grupos hacia dentro, trayendo consigo influencia y elementos ideológicos, estéticos, religiosos y políticos que se integrarán a su vida y a su discurso oral y escrito. En un sentido identitario, la migración y la diáspora se integran al sufrimiento y posterior construcción del pueblo, con lo que le otorgan legitimidad no sólo al interior, sino frente a sus adversarios. Es necesario decir que estos textos contienen cierta influencia cristiana en su elaboración y se asoman elementos claramente adoptados de la Biblia. Sin embargo, como sucede con mucha frecuencia en la expresión de los pueblos mayas (y de los mesoamericanos en general), no se trata de una mera copia, sino de la adaptación de las culturas al presente que les toca vivir y ello conlleva la adhesión a su propia cosmovisión de tramas, personajes y conceptos, primero toltecas y mexicas y después, europeos. El mito, en esa alegre danza que es la oralidad en conjunto con la palabra escrita, se adhiere a la historia y a la vida cotidiana con una fuerza tal que fortalece identidades y apuntala memorias.

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