Bien a bien no se sabe en qué parte del mundo se llevó a cabo la primera carrera de bicicletas. Se barrunta, eso sí, que habrá precedido en algunos años –finales del siglo XIX– a las competencias de automóviles. Lo indudable es que no existe un mito más caro al alma del ciclismo que el Tour de Francia, que este año se corre por centésima vez y que, como dijera el español Luis Ocaña –uno de tantos titanes cuyo nombre quedó ligado para siempre a la historia del Tour–,” desprende un perfume de epopeya allá por donde pasa”.
Aunque dicen que ya no es igual. Que la influencia de la televisión, en vez de incrementar el gusto por la legendaria competencia, fomentar la admiración por las gestas de los ciclistas y contribuir a su mejor entendimiento, está consiguiendo el efecto contrario. Lo que antes era un clásico de la radio –con sus cronistas trashumantes, sus tiras de resultados ávidamente consultados y sus entrevistas libres al final de cada etapa– ha sido transformado por la omnipresencia de vallas publicitarias y arcos inflables en un paisaje invariable y monótono, de suerte que solamente las tomas aéreas logran indicar al espectador si la multicolor serpiente sobre la cinta gris cruza los Pirineos o está arribando a Reims, en el corazón de la región champañera.
Eso por no hablar de la radical transformación del asistente medio, muy proclive hoy día a entrometerse sin ningún respeto en el paso de los ciclistas en sus ansias por grabar en el celular instantáneas o filmes que, una vez obtenidos, se apresurará a difundir por las redes sociales, sin ninguna preocupación por la carrera que continúa y sus otrora apasionantes peripecias. Todo eso que sus padres y abuelos seguían con unción al borde del camino, atentos al radito con viandas y refrigerios para compartir con la familia y los amigos, a duras penas se conserva, y solamente en los puntos más agrestes y rurales de la ruta.
En fin. Que lo que era un día de fiesta vecinal ahí donde el Tour pasaba se ha convertido para la gente en parte de una rutina de tantas, supeditada al internet y la televisión.
Un clásico eterno
El Tour se corrió por primera vez entre el 1 y el 19 de julio de 1903, pero suspensiones debidas las dos grandes guerras europeas hacen que la actual sea apenas su edición número 100. Luego de un siglo, la carrera sigue siendo para los franceses su clásico deportivo por excelencia, el que les permite reconocerse y celebrarse año con año como un país palpable y profundo, poblado por gente y tradiciones peculiares según la región, con sus cumbres, llanuras y ríos eternos, y todo eso que subyace bajo los artificios publicitarios y la monotonía de los atuendos y las costumbres actuales, marcadas por el afán globalizante de aplastar las diferencias.
Minado por la sospecha
Pero naturalmente, un mito de tan alta significación exige muy celosa vigilancia. Y lo que la policía ha ido descubriendo en los últimos tiempos, a partir de los comentarios y filtraciones de la prensa y los equipos, está contribuyendo a derrumbar la antigua idolatría por los gigantes de la ruta, que de esforzada troupe de superhombres, capaces de exceder a pura tenacidad y vigor los límites normales del rendimiento corporal, han pasado a convertirse en receptores de todo tipo de sospechas.
Las suspicacias, centradas en los avances de la medicina deportiva y tecnologías anexas, han hecho blanco reiteradamente en el indeseable dopaje, al que por lo visto acuden los servicios médicos de los equipos sin ningún rastro de pudor. Lance Armstrong, el texano plusmarquista ocho veces ganador de la prueba, declaró el año pasado, cuando acababan de retirarle oficialmente las preseas y borrarlo de los anales del Tour precisamente por doparse, que es imposible ganar sin el refuerzo de las drogas –EPO, testosterona y autotransfusiones cuidadosamente programadas en su caso. Y que el escándalo suscitado en torno suyo fue una taimada estrategia ejemplarizante, que lo ha tomado como chivo expiatorio aprovechando su celebridad, que se basaba no tanto en los reiterados triunfos como en la narrativa de superación personal que ha representado, luego de vencer al cáncer para convertirse en campeón de la prueba ciclista más famosa.
Dice más Armstrong: que así como él y sus médicos burlaron sin problema los controles médicos de la organización y las investigaciones de la Policía francesa, está al alcance de cualquier equipo de mediano presupuesto la posibilidad de recurrir a métodos cada vez más sofisticados para conseguir mejoras artificiales para que los ciclistas continúen batiendo marcas y superando las terribles exigencias de la prueba, que se acrecientan en la zona montañosa de la misma.
Potenciómetros
Otro factor de discordia, directamente relacionado con el “avance” tecnológico, son los novísimos instrumentos que, adosados al manubrio, se utilizan actualmente para informar al ciclista de su estado físico en cada instante de la carrera. Se les conoce como potenciómetros, y le permiten al corredor dosificar esfuerzos y resistir mejor los rigores de la etapa. Adiós hazañas inverosímiles, como las que dieran legendario lustre a los Anquetil, Meckx, Hinault o Induráin, capaces de competir más allá de la extenuación y pasar de campeones a ídolos. Los viejos amantes del Tour aseguran que, con el potenciómetro, los duelos entre colosos empeñados en vencer a su propio cuerpo y superar al adversario, están cediendo sitio a estrategias cada vez más conservadoras y previsibles.
Por esa razón, el médico del equipo Movistar José Luis Arrieta ha solicitado enfáticamente que se prohíban tales dispositivos y se deje competir a cada ciclista según su intuición y conocimiento natural de sus alcances. Menos romántico, el filósofo de La Sorbona Jean–Luc Morion ha recordado que, desde los inicios, el ciclista se asumió como un componente más de la máquina, algo así como el corazón vivo de la misma. Y que así como los elementos mecánicos han sido objeto de modificaciones para mejorar las prestaciones de las bicicletas y hacerlas más ligeras y veloces, está en la lógica implícita una evolución semejante del humano que las mueve. De modo que, mal que les pese a los puristas, y aunque conlleve alteraciones en la salud e inequidades en la competencia, el desarrollo de sustancias para mejorar el rendimiento del hombre es inevitable. Ni más ni menos que la carrera sin retorno de que Lance Armstrong hablaba.
Por lo pronto, la novena etapa del Tour 2013 se concitó ayer el interés y la emoción de los franceses, lo mismo pobladores de la ruta tocada en estos días por la legendaria sierpe carretera que quienes siguen su avance por la tele. Seguro que todos suscribirían gustosos aquello de gloria eterna al Tour.
Wimbledon: cazar un fantasma
El legendario torneo no lo ganaba un británico desde 1936 (Fred Perry). Hasta ayer, cuando un Andy Murray inspirado y fresco le pasó por encima al número uno del mundo Nowak Djokovic en sets consecutivos (6–4, 7–5, 6–4). Es verdad que el escocés, empujado por el público como si fuera inglés, dio una gran talla, por la calidad de su tenis y por su fuerza psicológica, pero esta final, Nole empezó a perderla desde la antevíspera, cuando Juan Martín del Potro llevó a cinco sets un encuentro trepidante, memorable por lo emotivo y por la clase de tenis que prodigaron ambos. Fue una enormidad, un atracón de emociones causadas por una inacabable sucesión de grandes jugadas, toma y daca impresionante, rayano en la perfección (apenas tres rompimientos en cuatro horas y media: 4–6, 7–5, 6–4, 5–7 y 6–3), durante el cual el argentino se quitó dos puntos para partido en el cuarto set antes de ganarlo en la muerte súbita. Los expertos hablan de la mejor semifinal en la historia de Wimbledon, pero Djokovic acabó punto menos que deshecho.
Y en damas, otra sorpresa: gana la francesa Mario Bartoli, una veterana sin ninguna victoria previa en grand slam, clasificada en el puesto 15 por la organización, que de voró casi sin pelar a la alemana Sabine Lisicki, otra primeriza (rankeada 23), cuya hazaña mayor consistió en haber eliminado en octavos a la superfavorita Serena Willimas.
Un Wimbledon anómalo éste que dejó tempranamente fuera a Nadal y Federer, a Sharapova y Williams, que arrojó siete abandonos por lesión –achacables en parte a la superficie de hierba, pero también a la sobrecarga muscular exigida por un calendario sobrecargado– y que terminaría emcumbrando al primer británico ganador después de 77 años.
Sub 20
Pensar que el futbol cesa en julio es una media verdad, desmentida por el mundialito de los estadios vacíos, respuesta del público turco a los ya intolerables abusos de la FIFA y sus secuaces.
México, eliminado en octavos, ofreció contra España su mejor rendimiento, sustentado en un gol antológico del atlista Arturo González a los 2’ –que si lo hace Neymar todavía estaría siendo celebrado–, y desmentido por un segundo tiempo a la defensiva, que la Rojita castigó primero con el empate y, ya en tiempo de descuento, con un gol de Rodríguez que se desvió en un defensor del Tri y le pasó al arquerito nuestro debajo del sobaco. Mala suerte quizá pero, sobre todo, poca certeza rematadora remate y actitud dubitativa cuando había que cerrar el partido.
A los españoles acabó eliminándolos Uruguay, en uno de los cuartos de final del sábado. Tuvo que ser en prórroga y mediante un cabezazo del suplente Avenatti y su 1.96 a la salida de un córner. Los charrúas jugarán en semifinales contra Irak, que eliminó a Corea del Sur (en penales, luego de empatar a 3). El otro finalista está entre Francia (4–0 a Uzbekistán) y Ghana (4–3 sobre Chile).
GP alemán
Sebastian Vettel gana por vez primera en Nürburgring tras sortear el acoso de Kimi Raikkonen, que llegó a la meta con un segundo de diferencia. El podio lo completó el francés Grosjean, y la ventaja de Vettel en la general se estiró a 34 puntos: 157 por 123 de Alonso, que arribó cuarto de una carrera trepidante, hasta ahora la mejor y más disputada del año.
Checo Pérez, con una sola parada para cambiar neumáticos, bajó del sexto al octavo lugar al acentuarse hacia el final de la prueba el desgaste de sus llantas duras. Pero su manejo fue impecable, descontada dicha estrategia y las condiciones no precisamente óptimas del McLaren.
