Sábado, abril 10, 2021

Diablero

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El 2020 fue, en resumidas cuentas, un asco; este año que inicia pinta para estar igual a menos que la vacuna pueda resolver el problema del Covid junto con la crisis económica, política y social que nos ha traído la pandemia, cosa que definitivamente no ocurrirá. En efecto, los meses por venir se muestran oscuros, especialmente porque seguimos sin entender que estamos en una pandemia y las fiestas de fin de año se dieron sin el más mínimo recato y es normal esperar un repunte en los contagios y los decesos; además, viene la elección intermedia en el país y nos encontraremos entre las visiones mesiánicas del hombre en Palacio Nacional y su movimiento (que no partido) parecido al monstruo de Frankenstein y los demás partidos que, por pura decencia, tuvieron que haber desaparecido o refundarse, cosa que no hicieron, simplemente se arrejuntaron en una alianza lo mismo patética que espuria. En verdad la vamos a tener difícil y bastante fastidiosa. Desde ya está el bombardeo mediático electoral con mensajes que rayan el descaro y la estulticia. Seguro piensan que somos desmemoriados e idiotas y por eso se atreven a mandar los mensajes que elaboraron, no importa si son priistas, panistas, perredistas o morenos.

Sin embargo, no me interesa en este instante abordar todas esas linduras, ya habrá tiempo para ello. Quiero hablar de cosas más alegres como, por ejemplo, una serie televisiva que recientemente vi y que me hizo el fin de año bastante agradable. Me refiero a la serie de Netflix Diablero (2018- 2020) dirigida por José Manuel Cravioto y Rigoberto Castañeda y protagonizada por Horacio García Rojas, Fátima Molina, Giselle Kuri, Humberto Busto y Christopher Von Uckermann, entre otros actores. La serie es ampliamente recomendable, especialmente si lo que se busca es explorar tratamientos diversos a temas aparentemente ya agotados en el género de terror, como los exorcismos, los monstruos, demonios y los encargados de luchar contra ellos. Para observar una buena propuesta mucho más tradicional del género, sugiero The Exorcist (2016- 2018), estupenda serie basada en la novela homónima de William Peter Blatty. Destaco ahí las estupendas actuaciones de Ben Daniels y de una grata sorpresa que es Alfonso Herrera. Sin embargo, en Diablero ocurre un tratamiento muy diferente del tema. Pese a que se trata de una serie de terror, la comedia es el hilo conductor y justo cuando pensamos que la acción empieza a dirigirse al lugar común más ramplón, aparece algún giro de comicidad generalmente a través de alguna situación absurda que levanta de inmediato la trama. El ritmo cómico de la serie es exacto para producir una carcajada, pero sin distraernos de la historia que se está contando. Es decir, no se trata de una colección de piezas cómicas que se encuentran unidas en un programa de televisión, sino que se busca que la comicidad se integre naturalmente a la narración, cosa que me parece sumamente atractiva. De hecho, pienso que el mayor acierto de la serie es proponernos personajes mexicanos, que se desenvuelven en un entramado mexicano, donde conviven la brujería, la magia (sin maniqueísmos absurdos), el suspenso, lo detectivesco, el sobresalto ocasional y el contacto constante de los ámbitos terrenales y menos terrenales (le diremos sobrenaturales por no encontrar mejor palabra). La serie capta estupendamente bien eso que alguien podría denominar “mexicano”: payo, chabacano, rocambolesco y colorido, pero, gracias a los creadores, sin lamentables estereotipos tan vistos en los churros de Televisa o de Televisión Azteca. Un verdadero acierto de los guionistas Pablo Tébar, Verónica Marzá, José Rodríguez, Laura Sarmiento Pallarés, Daniel Sánchez Arranz, Luis Gamboa, Gibrán Portela, Bernardo Esquinca y Augusto Mendoza, todos ellos inspirados en la Novela “El Diablo me Obligó” (2011) de F.G. Haghenbeck, quien también es guionista de la serie.

Por supuesto, debo advertir a quien lea esto, que debe prepararse para ver escenarios marginales, medio gachos y furris; a escuchar peladez y media salida de las bocas pícaras de los protagonistas; a ver personajes peculiares y no convencionales; a presenciar situaciones de un humor muy a la mexicana, pero sin llegar a los típicos absurdos sexistas y vulgares; finalmente, habrá que estar listo para ver a buenos actores, capaces y que fueron elegidos por su talento y capacidad histriónica. De hecho, debo hacer hincapié en este punto, pues el trabajo de construcción del reparto (el casting, pues) fue estupendo. Sandra León Becker, la encargada de hacerlo, encontró en García, Molina y Kuri, un equilibrado trío, buenos para el drama y la comedia; Von Uckermann se cuece aparte, pues quizá pese demasiado en él su pasado “Rebelde”, lo que hace que no parezca muy convincente. Empero, el trabajo de los demás lo arrastra de manera positiva. He de decir que Bárbara Enríquez y Alejandro García, a cargo del diseño de producción, lograron hacer maravillas, especialmente con las locaciones, el vestuario, la ambientación y muchas otras cosas más que visten la serie; por supuesto, todo ello logrado gracias a la Producción de Perla Martínez y su equipo y la fotografía de Iván Hernández y Alberto Anaya Adalid y a los directores que ya he mencionado. También debo advertir a quien quiera ver la serie, que no debe esperar los grandilocuentes efectos especiales vistos en producciones gringas, sino efectos perfectamente logrados para las situaciones presentadas en la trama.

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Todo esto me lleva a decir que la serie es muestra de que se pueden realizar producciones en nuestro país con temáticas acorde a lo nuestro, bien estudiadas y pensadas. Sí se puede renunciar a las cómodas copias de moldes pasados (telenovelas) y a copiar los formatos de series que se están desarrollando en la actualidad, es decir, se puede ser original. Por otro lado, se nota que hay investigación detrás de la trama pues casi todas las referencias a la cosmovisión prehispánica, a la brujería y a otros aspectos enigmáticos no resultan forzadas ni fuera de lugar; es más, hasta lo absurdo se integra a la historia sin mayor problema. Eso quiere decir que no es necesario recurrir a estereotipos para hacer la historia “vendible”. Además, la gran mayoría de los conjuros son recitados en náhuatl, con una que otra alocución en latín, cosa que me pareció un acierto fundamental, pues no sólo es un claro homenaje a nuestras culturas indígenas, sino también a la cultura mexicana en general. Por otro lado, la serie es muestra de que sí se puede escapar a la típica construcción de reparto donde lo que se busca es privilegiar el físico. La elección de personajes y actores es adecuada al discurso presentado en la serie y no se buscaron “figuras” del espectáculo que, sin importar si no cuentan con talento ni cacumen, obtienen el papel simplemente por su “belleza y atractivo” (estereotipo europeo). Por el contrario, se presenta una belleza muy distinta y se privilegia el talento sobre todo lo demás. Por cierto, disfruté enormemente encontrarme los simpáticos cameos de Roco Pachukote de la Maldita, de Quique Rangel de los Tacubos, de Tinieblas y el Alushe y de la enorme Cecilia Toussaint. También creo que se puede hacer una selección musical acorde con la serie y no simplemente a lo comercial (destaco la estupenda canción “Futuro” de Café Tacuba, “Colores” de Ampersan o “Zombi 2000” de María Daniela y su Sonido Laser, entre otras). Este departamento estuvo bajo la supervisión de Javier Nuño y Joe Rodríguez. Hay rolas de hip hop, cumbia, punk y cuanto género alternativo pueda vestir la trama y lo que vemos en la pantalla en un claro desafío también a lo establecido por Televisa y sus imitadoras. En resumidas cuentas, es evidente que existe un universo enorme más allá de la televisión que tradicionalmente se ha producido en nuestro país que tuvo por décadas un objetivo claro: idiotizar y fortalecer estereotipos. Diablero es una brisa refrescante, por lo mismo, ampliamente recomendable.

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