Lunes, mayo 10, 2021

Día del médico 2020

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Corría el año de 1933 cuando los médicos afiliados a la Confederación Médica Panamericana con sede en la ciudad de Dallas, Texas, Estados Unidos, acordaron conmemorar el día internacional del médico cada 3 de diciembre, fecha onomástica de Carlos Finlay (1833 – 1915) quien fue un médico cubano que en ese momento cumplía 100 años de haber nacido y que es reconocido mundialmente por haber descrito el ciclo biológico del Denge, atribuyendo su transmisión a la picadura del mosco Aedes aegypti, en una historia fascinante que merece un capítulo aparte.

Sin embargo, en México, precisamente en 1833, año en el que estaba naciendo Carlos Finlay en Camagüey, Cuba, un ilustre y distinguido médico mexicano llamado Valentín Gómez Farías (1781-1858), convocaba reuniones de médicos para compartir experiencias y conocimientos, eligiendo el 23 de octubre como fecha de referencia, pues fue precisamente ese día cuando se erigió el Establecimiento de Ciencias Médicas en México, que fue literalmente la punta de lanza para que en nuestro país se estudiara y enseñara la carrera desde una óptica científica. En honor a él y su propuesta de evolución en la preparación de los médicos, se inició en nuestro país la conmemoración, precisamente el 23 de octubre de 1937 en la Convención de Sindicatos Médicos Confederados de la República.

Independientemente de las creencias religiosas, en el pasado se proponía a la fe como elemento curativo, aderezando el actuar de sanación con conjuros, rezos, evocaciones y por supuesto, dádivas económicas. Yo no podría actualmente imaginar a un cardiólogo que ante un paciente que sufre de un infarto agudo, se hinque a rezar, de la misma forma en la que un cirujano, frente a un paciente con un cuadro de apendicitis, anhele a resolver el problema de gravedad extrema, poniéndose a orar. El médico especialista en medicina interna aplicará todos sus conocimientos para deducir lo que la patología encierra dentro de un organismo, con hipótesis y razonamientos de un altísimo nivel, más allá de sus pensamientos teológicos. El pediatra, con el mudo lenguaje de un niño recién nacido, tendrá que llevar a cabo diagnósticos complejos y propuestas terapéuticas en extraordinarias conclusiones deductivas sin que medien las palabras y sin pensar lejanamente en fuerzas sobrenaturales que resolverían en una forma espontánea, problemas de salud. Así podría mencionar a cada una de las especialidades médicas que tienen sus complejidades propias, pero como característica común, recuperar el equilibrio de la vida, teniendo como base al conocimiento científico. Por supuesto es meritorio el papel del médico general, que es quien tiene el primer contacto con los enfermos en la comunidad.

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Cuando analizo lo que implican años de estudios y sacrificios en cualquier profesión o actividad humana, me pregunto por qué existen en la actualidad, personas que priorizan los dogmas, doctrinas, supersticiones y hasta rumores, ante el conocimiento científico.

Valentín Gómez Farías luchó contra esto, promoviendo el cierre de centros de curación por culto religioso como la Organización Médica del Virreinato en la que se enseñaba a curar por rituales litúrgicos.

Ante la necesidad de mantener una apertura en criterios, sin discriminaciones ni segregaciones, trato de visualizar el por qué se genera una polarización ante la actividad profesional de un médico preparado en centros universitarios, contra curanderos que promueven métodos de curación empíricos que se encuentran totalmente alejados de la ciencia y se acercan más a lo mágico y religioso. Desgraciadamente llego a la conclusión de que somos precisamente los médicos quienes favorecemos esta diferenciación.

Cuando últimamente he tenido contacto con médicos que fueron mis pasantes, quienes en una entrega de carácter inconmensurablemente generoso, abordan la crisis pandémica por el coronavirus SARS-CoV-2 en hospitales COVID-19, llenos de energía, aceptando estoicamente el riesgo de infectarse; ante la necesidad de presentarse gallardamente con familiares de enfermos que se encuentran al límite de la desesperación y trabajando con un ahínco que va mucho más allá de un esfuerzo físicamente humano, por otro lado, me llegan “recetas” de médicos sin escrúpulos quienes, aprovechando la vulnerabilidad de personas temerosas, garabatean o imprimen órdenes médicas sin un sustento científico, mientras irracionalmente proponen tratamientos empíricos que hacen enrojecer de pena a cualquier médico con el mínimo sentido común. Me lastima que la gente se queje de profesionales de la salud que, lejos de tranquilizar, amenazan con evadir la responsabilidad de apoyar incondicionalmente a una persona que en una posición de pánico, debe de surtir una receta con cantidades de medicamentos que no solamente son ofensivas por su costo, sino por la pobre justificación y sustentabilidad en el terreno científico.

No soy afecto a los festejos ni conmemoraciones; sin embargo en estos días, debemos de reconocer la labor de médicos quienes, con una vocación sin límites, se encuentran trabajando en una forma particularmente meritoria, aunque desgraciadamente existan verdaderos mercenarios de la medicina que en un abuso innombrable, se han enriquecido a costa del sufrimiento de los demás.

Comentarios: jar.mde @gmail.com

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