Domingo, abril 11, 2021

Desafío privado

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La Asociación Nacional de Escuelas Particulares, en un claro desafío a las autoridades federales y estatales, anunció hace unos días que las escuelas que representan regresarían a clases presenciales el próximo primero de marzo. En el boletín de prensa, recuperado por el portal de la revista Expansión, se afirma que la “educación lleva detenida un año y va para año y medio, ya que se propone iniciar clases hasta el mes de agosto, pero es posible que se prolongue hasta enero (de 2022) o más. Lo cual creará más problemas de todo tipo”. Por su parte, las autoridades estatales y federales afirman que no hay condiciones para el retorno “del millón 762 mil 482 alumnos de educación básica y media superior, ya que además de que es necesario que el semáforo esté en verde, todos los docentes, directivos y personal educativo deben estar vacunados contra la Covid–19”, según reportó el portal Manatí hace unos días. Claro que, para muchos dueños de escuelas privadas el mantenerse en estas condiciones resulta contraproducente. Hay cientos de escuelas en el estado que estarían a punto de cerrar (420 en palabras del vocero de la Asociación, Alfredo Villar, siguiendo con la nota de Manatí) y son miles en todo el país, pues no pueden seguir pagando rentas, salarios de docentes, impuestos y muchas otras cosas que se argumentan. Cierto, la situación se antoja difícil para muchos otros negocios e industrias que están en entredicho como consecuencia de la pandemia. La educación llevada a negocio, por supuesto que enfrenta los mismos problemas. Pero, recapacito: ¿dije “educación llevada a negocio”? Así es, por más que estas escuelas de todos los niveles, desde preescolar hasta universidad, argumenten que su fin último es el impoluto valor de la educación, lo cierto es que son eso: negocio. Ya veo a los defensores de la libre empresa y de la exclusividad, resoplar desaprobando el cariz que está adquiriendo esta columna en este momento. He de decirlo, con todas sus letras: para mí, la educación no debe ser privada y debe ser garantizada por el Estado.

Se podrá argumentar en contra de lo que afirmo, con justa razón, que la educación pública en México se encuentra en una profunda crisis de la que difícilmente saldrá y menos con esta pandemia. Tal crisis ha sido generada por un rapaz sindicalismo usualmente vinculado a intereses de sus dirigencias más que a los del magisterio mismo. A su vez, debido a una sostenida política de merma de la educación pública desde hace cuarenta años, no sólo en la producción de un imaginario colectivo donde la educación pública es deficiente por ser pública nada más -y la privada es maravillosa pues está “libre” de corruptelas-, sino también en un sistemático abandono. En efecto, tanto a nivel presupuestal como a nivel real, la educación pública de los gobiernos priistas y panistas fue abandonada a su suerte. La situación no ha mejorado considerablemente en lo que va del gobierno de la 4T y con la pandemia y sus efectos, dudo mucho que eso se logre. Es decir, incluso cuando podrían vislumbrarse avances presupuestales -mínimos, eso sí- se proponen recortes a programas prioritarios, como el de Escuelas de Tiempo Completo que sufrió un recorte del 100% según reportó UNICEF en su documento “La infancia y la adolescencia en el Proyecto de Presupuesto de Egresos de la Federación 2021”: Otros más son:Fortalecimiento a la Excelencia Educativa, Atención Educativa de la Población Escolar Migrante (PAEPEM), Atención a la Diversidad de la Educación Indígena (PADEI), Programa Nacional de Convivencia Escolar y Evaluaciones de la calidad de la educación”, todos ellos con recortes del 100 por ciento. Como sea, se ha incrementado el número recursos directos otorgados a los estudiantes como becas y estímulos. No obstante, hay mucho por lograr y, desafortunadamente, la educación pública todavía no alcanza el nivel que se desearía para eliminar la quimera de lo privado.

En un interesante artículo publicado por la revista Nexos en julio pasado, Irma Villalpando, que analiza las dificultades por las que a traviesa la educación privada en México, afirma que el “elemento diferenciador más relevante para que los padres prefieran las escuelas particulares es el aprendizaje del inglés. Poseer una lengua extranjera entraña en sí mismo una ventaja para los estudiantes, y el inglés —en tanto lengua franca— es una manera de interactuar con el entorno globalizado actual. Desafortunadamente, la escuela pública, inmersa en problemas de otra índole, no ha podido enfrentar este reto. Los sistemas educativos en el mundo integran aprendizajes de lenguas extranjeras a sus diseños curriculares. La escuela mexicana tiene varias asignaturas pendientes: ésta es una de ellas”. Aunado a lo anterior, muchos padres eligen las privadas pues tienen horarios extendidos debido a muchas asignaturas alternativas que la educación pública no siempre ofrece, como clases extra de idiomas, actividades artísticas y deportivas. Muchos padres eligen el sistema privado por que ellos mismos estuvieron en ese sistema, por desconfianza hacia lo público o por simple discriminación, esto es, que prefieren que sus hijos estén rodeados de gente “bonita” como ellos y no de “nacos” como los que se encuentran aparentemente en el sistema público. Ante semejantes argumentos falaces, habría que decir que es muy probable que los compañeros de sus hijos en escuelas privadas que llegan en autos de lujo y con chofer, sean hijos de narcos, de políticos corruptos, o empresarios delincuentes de cuello blanco, con lo que la exclusividad queda en entredicho. Por otro lado, la enseñanza de lenguas tiende a ser pésima, no importa si es privada o privada, por lo que tampoco es un parámetro. Además, como bien afirma Villalpando con respecto a la supuesta superioridad en resultados de pruebas como PISA, “habría que señalar una gran heterogeneidad en los resultados que alcanzan este tipo de escuelas. Algunas obtienen sistemáticamente resultados deficientes, inclusive por debajo de la media nacional, mientras que otras reportan de manera consistente puntajes más elevados que el resto del país”. Mitos y más mitos.

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La educación en general, como muchas otras actividades del mundo, está viviendo una crisis debido a la pandemia. La diferencia está en que la educación se da necesariamente vía virtual y tanto la pública como la privada han enfrentado las dificultades que ya todos conocemos: redes sobrecargadas, plataformas rebasadas, desconocimiento del trabajo en red por parte de docentes y alumnos -no deberíamos estar preparados para entrar intempestivamente a una educación a distancia que ni siquiera está siendo desarrollada en ese sentido- y la dificultad para acceder a la red por parte de cientos de miles de mexicanos que o no tienen recursos para pagar o simplemente no hay cobertura en la zona en que habitan. Sin embargo, he leído todo tipo de quejas en redes sociales por parte de padres de familia con respecto a los abusos cometidos por escuelas privadas que cobran lo mismo, pero otorgan un servicio muy deficiente siendo que, además, han reducido los salarios de los docentes a la mitad y buena parte de las actividades ahora las realizan los padres en lugar de los maestros. De igual manera, las escuelas privadas no están otorgando a los docentes las facilidades para dar las clases, como equipo de cómputo adecuado, el pago del internet y la capacitación en las plataformas y en la impartición de cursos en estas circunstancias. Y, por si fuera poco, me enteré de escuelas que llevan meses trabajando en la clandestinidad, recibiendo niños y dándoles clase sin que ninguna autoridad pueda o quiera hacer algo al respecto. Parece que lo que no se acaba de comprender es que nos encontramos en una pandemia, la más seria y mortal en el último siglo. Como se ha comprobado ya, el contagio se da principalmente a través de las gotículas que exhalamos al hablar y respirar -de ahí la necesidad de establecer la sana distancia y de utilizar protectores si salimos, como cubre bocas y caretas-, aspecto que sería prácticamente imposible controlar en un salón de clase, con todo y que se tengan las precauciones debidas. En un artículo publicado en el portal de Infobae a finales del año pasado, un docente argentino exigía que se abrieran las aulas argumentando que, si esos países del primer mundo como Alemania, Francia o Italia no habían cerrado las clases y no pasaba nada, debíamos abrir en nuestras latitudes las escuelas. Lo curioso es que, la enorme alza de contagios experimentados en recientes fechas en esos países ha hecho que se cierren nuevamente las escuelas para controlar la situación. Y parece que olvidan los de la Asociación que el problema no está solamente en el contacto que tendrían los niños al interior de la escuela -incluso cuando se aceptara un porcentaje menor de estudiantes-, también está el riesgo en el traslado, pues contrario a lo que se podría suponer, muchos de los que asisten a escuelas privadas, llegan utilizando los servicios de transporte público, es decir, no todos tienen coche. Por tanto, estaríamos incrementando la cantidad de personas encerradas en camiones, metro y demás sistemas con lo que la sana distancia quedaría eliminada y la multiplicación de contagios garantizada. Los gobiernos estatales y federal ya contestaron que no se retornará a las aulas en marzo pues no hay condiciones para ello, sobre todo por la escasez mundial de vacunas. El intento de la Asociación no sólo es ingenuo, sino que demuestra que en realidad lo que importa es la ganancia económica. Es tiempo de reflexionar la forma en que se da la educación en nuestro país, no importa si es pública o privada. Por supuesto, hay que hacerlo libre de prejuicios y politiquerías, el problema es serio y demanda soluciones.

 

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