Las importaciones mexicanas de granos básicos –maíz, frijol, trigo, soya, arroz– y oleaginosas, entre otros, se elevaron en 2022 a una cifra sin precedente de 17 mil 700 millones de dólares, según dio a conocer La Jornada en su edición del domingo 22 de enero, con base en datos presentados por el Grupo Consultor de Mercados Agrícolas (GMCA).
De esa cifra, 5 mil 580 millones se destinaron a la compra de maíz, particularmente de maíz amarillo y transgénico, procedente de Estados Unidos, y que principalmente en México se emplea en la producción de alimentos para los animales, pero también en el sector almidonero y la industria de derivados químicos y alimenticios del maíz, generadora de productos como el almidón, la fructosa, colorantes, glucosa, dextrosa y otros; se usa también en la industria cerealera y de botanas.
Y si bien se señala que el volumen adquirido fue menor en 4.2 por ciento a 2021, el gasto registró un incremento de 11.6 por ciento, debido al encarecimiento mundial de las materias primas en general y de los granos en particular, fenómeno que se profundiza a partir de la guerra en Ucrania, aspectos todos que están fuera de nuestro control.
En México, la sustitución de los granos nacionales por el importado se fue imponiendo como parte de las reformas estructurales del periodo salinista, pero que provienen de procesos anteriores, producto del agotamiento del patrón de acumulación, cuya expresión, la crisis de endeudamiento de los ochenta, implicó la imposición de las llamadas políticas de ajuste estructural a través del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, para arribar al Tratado de Libre Comercio en los 90 y al T-MEC en años recientes, sustituyendo en materia agroalimentaria la producción nacional por la importación, desplazando al mismo tiempo una parte de la mano de obra rural campesina hacia Estados Unidos y otros territorios nacionales especializados en la agricultura de exportación, controlados por grandes empresas.
Además, propiciando procesos agroalimentarios industrializados a partir de la importación de granos, en su momento baratos, que desestimularon la producción nacional y alentaron una mayor importación, en el marco de la liberalización comercial y los procesos de mundialización de la economía, al mismo tiempo que los patrones de consumo se iban modificando, sustituyendo e incorporando en la dieta alimenticia mayor cantidad de productos pecuarios e industriales.
En México el cultivo de maíz se lleva a cabo en todas las entidades del país. En el año agrícola 2021, cinco estados concentraron 55.5 por ciento de la producción nacional: Sinaloa (20.1%), Jalisco (14.3%), Estado de México (7.0%), Guanajuato (7.0%) y Michoacán (6.9%), según la información de FIRA, contenida en el Panorama Agroalimentario Maíz 2022.
Puebla ocupa la décima posición; genera el grueso de su producción en temporal, en el ciclo primavera-verano. En el país se cosecha maíz en dos ciclos; durante el año agrícola 2021, 71.2% de la producción de maíz se cosechó en el ciclo Primavera-Verano (P-V), con 19.6 millones de toneladas (mdt), mientras que 28.8% se obtuvo en el ciclo Otoño-Invierno (O-I), con un volumen de 7.9 mdt.
El volumen de producción en 2021 se ubicó en 27. 5 millones de toneladas; casi 84 por ciento de ellas se cultivó en el ciclo P-V y 16 por ciento en el ciclo O-I [1]. Por régimen hídrico, 79.4 por ciento de la superficie cosechada se cultivó en temporal y 20.6 con riego. 88.1 por ciento de la producción fue maíz blanco (24.2 mdt), 11.4 maíz amarillo (3.1 mdt) y el resto de otro tipo de grano (FIRA, Panorama Agroalimentario Maíz 2022)
Según esa misma fuente, en 2021, 68.5 por ciento del volumen de producción del ciclo P-V se produjo en temporal y 31.5 en riego, mientras que, en el ciclo O-I, 88.3 por ciento de la producción correspondió a riego y 11.7 por ciento a temporal.
En ambos casos las condiciones climáticas y el régimen de lluvias son fundamentales para entender el resultado de la producción del ciclo agrícola, así como las condiciones tecnológicas de la amplia gama de productores; por otro lado, las condiciones de precios y mercados, definen el valor de la producción, que junto a las políticas públicas sientan las bases de las expectativas de siembra y cosecha para el siguiente ciclo agrícola.
De acuerdo con información del Sistema de Información Agroalimentaria y Pesquera (SIAP), el cultivo de maíz grano en México durante el año agrícola 2021 se ubicó en el primer lugar en cuanto a superficie cosechada, con 7.14 millones de hectáreas y valor de la producción entre los cultivos cíclicos y perennes, con participaciones de 34.4 y 21.3 por ciento del total, respectivamente. El rendimiento promedio nacional del cultivo en riego en 2021 se ubicó en un máximo histórico de 8.94 toneladas por hectárea, mientras que el rendimiento en temporal se ubicó en su segundo nivel más alto, de 2.53 toneladas por hectárea.
Detrás de esas cifras están los productores de tipo empresarial y una amplia gama de campesinos, caracterizados en primera instancia por su disponibilidad de tierra y agua, por su ubicación, por sus formas de producir, por la disponibilidad de créditos, por el acceso a los mercados y por los apoyos institucionales, entre los más destacados. Son los productores campesinos que producen para autoconsumo y el mercado el eslabón más débil y vulnerable de la cadena productiva, donde la posibilidad de incrementar los cultivos esta directamente ligada a una política de apoyos consistentes que permita retribuir el trabajo realizado a partir de los precios de garantía, en medio de tantos elementos de riesgos que envuelven a la producción agrícola.
Desde 2020, el gobierno federal emitió un decreto para eliminar las importaciones de maíz genéticamente modificado y el herbicida glifosato en 2024. Es una medida necesaria muy ligada a preservar la salud de la población, comenzando por la de los propios productores, pero que abre la puerta a incrementar las producciones en el campo mexicano, disminuyendo las importaciones. México en las últimas negociaciones en el marco del T-MEC decidió posponer su prohibición hasta 2025; sin embargo, las presiones para revertir esa decisión son muchas y posiblemente la controversia se decidirá en tribunales internacionales.
[1] La información nacional está referida al año agrícola, a menos que se indique otra cosa. El año agrícola t (18 meses)se compone del ciclo Otoño-Invierno que inicia en octubre del año t-1 y del ciclo Primavera-Verano del año t, que termina en marzo del año t+1 (Panorama Agroalimentario Maíz 2022)
