Democracia o autoritarismo

¿Por qué en estos días la 4 T redobló sus atentados contra la democracia y ha violado la Constitución y las leyes? La respuesta es muy sencilla: porque los acontecimientos de América Latina han afianzado la idea que tiene el Presidente de la República acerca de que él encabeza un proceso justiciero y muchos de su ala izquierda creen que, efectivamente, viven una revolución. No lo dicen, pero lo piensan, y con ello redimen su conciencia al participar de los actos autoritarios.

De una u otra manera, todos estos personajes interpretan los resultados electorales del año pasado como un mandato revolucionario. Por ello, si eso es lo que estamos viviendo, hay que usar métodos revolucionarios, puesto que la democracia que tenemos en México es injusta, falsa o burguesa. Tal es la razón de fondo de que el Presidente reitere a cada momento que la justicia está por encima de las leyes y de que le hayan puesto a su movimiento, con ayuda de la visión de la historia de Enrique Semo, la cuarta transformación, es decir, la cuarta revolución.

No importa que el origen de la legitimidad del Presidente haya sido democrática; para ellos el mandato revolucionario deviene del hartazgo de la sociedad contra la mafia del poder, el neoliberalismo y, sobre todo, contra la corrupción. Por tanto, la democracia mexicana conseguida hasta ahora, no es auténtica, porque ha permitido el fraude electoral, la impunidad y la corrupción y eso requiere de la transformación completa, de arriba hacia abajo, del régimen político.


Dos tradiciones “revolucionarias” y autoritarias han tenido ese infeliz encuentro en Morena, la del nacionalismo revolucionario del PRI y la del archipiélago de la izquierda mexicana. Pero la 4 T no tiene objetivos revolucionarios; la transformación del régimen político hace referencia a la relación entre gobernantes y gobernados y está muy bien que se produzca un baño de moral pública; los programas para mejorar las condiciones de los que viven en pobreza o incluso el aumento al salario mínimo, son medidas de orden reformista, en el mejor de los casos, pero en ningún momento revolucionarias.

Recientemente le escuché a Luciano Concheiro, Sub-Secretario de Educación Superior de la SEP, que se trata de una Revolución de las conciencias, en la medida que se ha logrado aumentar la participación en política de grandes sectores populares que están atentos y respaldan lo que hace el gobierno. Y en educación se ha tratado de ampliar al máximo la cobertura para que nadie se quede sin educación. Sin embargo, insisto, no hay ningún elemento que permita calificar el proceso político de revolucionario y, por tanto, que justifique los actos de autoridad por encima de las leyes y de los métodos democráticos, por más que se consideren justicieras.

Si se tratara de una revolución de las conciencias, qué mejor que orientarla hacia la consolidación de la democracia; de esa que tanto ha costado a los demócratas y revolucionarios mexicanos en la larga lucha contra el régimen autoritario del nacionalismo del PRI. Por cierto que Luciano, junto con Alejandro Encinas, Pablo Gómez y muchos otros partidarios de la 4 T tuvieron una militancia destacada en el Partido Comunista Mexicano que, en estos días, cumple 100 años de que fue fundado y, aunque ya no existe, ellos y muchos otros (me incluyo), conmemoramos de alguna manera.

Al respecto quisiera recordar que en los últimos años de su vida se produjo un muy interesante debate alrededor de la democracia y de sus vínculos con el socialismo. Partíamos, precisamente, de la crítica del desdén tradicional del marxismo a la democracia, a la que calificaba simple y llanamente de burguesa, y a la que había que usar, pero sólo para aprovecharla para la organización de la clase obrera. Pero cuando se trataba ya de una situación revolucionaria, había que usar los métodos revolucionarios para derrocar el poder de la burguesía y su falsa democracia.

Fue el mismo Arnoldo Martínez Verdugo quien inició el debate con la publicación de los escritos de Antonio Gramsci. El aggiornamento del PCM, infortunadamente duró muy poco. Apenas abarcó los años en los que logró la legalidad con la reforma política y la celebración de sus últimos dos congresos, es decir, de 1976 con la campaña de Valentín Campa, hasta su fusión con otros partidos para integrar al PSUM en 1981.

Un primer resultado de ese debate fueron las tesis para la actualización de la línea política e ideológica del PCM. “Eurocomunistas” se nos dijo en México y en todas partes, pero se dejó de considerar a la democracia como simple etapa de la lucha socialista para apreciarla en su valor consustancial para el socialismo.

La democracia moderna tiene su soporte en la concepción individualista de la sociedad, pero ha sido enriquecida con la lucha de los trabajadores, las mujeres y muchos otros sectores.  Al decir de Bobbio,  “la democracia moderna, no es más burguesa que proletaria, incluso es más proletaria que burguesa, ya que mientras la burguesía gobernante se habría limitado a un sufragio únicamente para los proletarios, la ampliación del sufragio a los desposeídos fue posible gracias al empuje desde abajo del movimiento obrero”. Y, ya que menciono a ese autor, en ese escrito (El futuro de la democracia) dice con toda contundencia: “La democracia como método, está abierta a todos los posibles contenidos, pero a la vez es muy exigente en el pedir respeto para las instituciones”.

El comunismo no es sino la liberación del individuo de todas sus ataduras, ancestrales y modernas, incluyendo al propio trabajo. La sociedad comunista es la asociación de individuos libres y por ello unidos entre sí por relaciones claras y de respeto a esa libertad de los demás. La democracia por tanto no es una etapa del camino sino un método de reglas procesales que ayudarán a la convivencia hasta llegar a la administración de las cosas. La contribución del pensamiento de Lenin y otros al marxismo obedeció a las condiciones revolucionarias que enfrentaron y que, a no dudar, pueden ser muy útiles para ese tipo de situaciones.

Las revoluciones no se producen por la voluntad de nadie, pero la voluntad sí es la que interviene para alcanzar determinados resultados en las revoluciones. Nada más alejado en México que la existencia de  una situación revolucionaria que exija de métodos autoritarios. Pero se nos quiere vender gato por liebre. No es casual que el asilo a Evo Morales, indiscutible como derecho humano y tradición generosa de México, así como los acontecimientos en varios países de América Latina, se usen como el contexto de la demagogia para no sólo atentar contra la democracia, como se venía haciendo, sino para violar flagrantemente la Constitución y las leyes, y hasta el sentido común, como en Baja California.

Qué lástima que los comunistas que participan en el proceso de la 4 T recurran a la justificación de la voluntad autoritaria para sus objetivos de concentración personal del poder. De consumarse el anunciado golpe contra el Instituto Nacional Electoral se abrirán las puertas a lo que Evo provocó en Bolivia, la falta de respeto a la democracia y con ello, el argumento para la acción abierta de las fuerzas más retardatarias y la regresión de lo que ya se había avanzado.