Del miedo en el ámbito escolar a la pedagogía emancipadora

Es referente común haber vivenciado, en algún momento de nuestras vidas, el miedo en el ámbito escolar. La experiencia del terror educativo de los docentes hacia los estudiantes, incide en la limitación del potencial creativo de los educandos, restringe el desarrollo de habilidades y destrezas para la vida y despoja a muchas personas de la curiosidad y el amor por el conocimiento. La vocación docente deja profundas huellas en el alumnado, algunos casos son experiencias inspiradoras y motivan a explorar los diversos campos del conocimiento, sin embargo, la experiencia escolar también deja huellas de violencia y miedo que acompañan a los estudiantes durante su vida académica y la llegan a trascender.

El miedo, como estrategia pedagógica, debería estar superado, pero aún ahora escuchamos a docentes que consideran que a los estudiantes se les “forja” mejor si se les enseña el camino difícil lleno de obstáculos. La pedagogía del miedo en el ámbito educativo, va formando ciudadanos temerosos, dóciles, inseguros, aislados. El miedo paraliza, desarticula y desquebraja el tejido social.

La amenaza, el insulto, la desaprobación, el acoso verbal y hasta físico, humillaciones, estigmas,  etc., construyen un ambiente de aprendizaje viciado, ya sea por parte de los docentes hacia los estudiantes o entre pares, la violencia y el miedo son un fuerte obstáculo para la formación. De tal modo que la experiencia educativa deja de reconocerse como ese espacio privilegiado de aprendizaje para explorar, conocer y crear. Deja de reconocerse como la posibilidad del desarrollo de habilidades intelectuales, emocionales, sociales, culturales, etc., para convertirse en un engrane más dentro de la estructura ampliada de la dominación.


La escuela puede ser un espacio para la emancipación o para la reproducción de la dominación y la violencia. Las estructuras educativas formales suelen enmarcarse en prácticas de miedo. Se establece la relación castigo-recompensa. Muchos docentes no ganan el respeto de sus estudiantes sino el temor. Los estudiantes, al considerar que no tienen otras opciones en su experiencia de aprendizaje, corren el riesgo de enfrentarse a casos de deserción escolar, desempeño deficiente en sus cursos en tanto la falta de interés y motivación y otros problemas que afectan, incluso, la salud mental de los jóvenes, a tal grado que las cifras de suicidios relacionados con la violencia educativa se han elevado en los últimos tiempos.

Pero no es una causa perdida, la realidad compleja a la que nos enfrentamos actualmente, nos demanda transitar de prácticas de miedo en el ámbito escolar a prácticas de pedagogía emancipadora. Pedagogía de la libertad en términos de Freire. Nos demanda transitar a una práctica docente que resulte inspiradora, que potencialice en sus participantes, tanto educadores como educandos, la búsqueda de conocimiento, el vínculo con la realidad social en que vivimos, el pensamiento crítico, reflexivo, propositivo y consciente. Que promueva la creatividad, el acercamiento a la vida desde los diversos ámbitos del conocimiento. Sin miedo y con amor, desde el trabajo colectivo y por el bien común.