Del espíritu de la época

Al derrumbe del socialismo realmente existente se vino a sumar la crisis financiera (2008) e ideológica de la globalización comandada por el neoliberalismo; la crisis de la democracia liberal como el fin de la historia y, con todo ello, la crisis de la política y los políticos. Pero ya desde antes se habían producido las catástrofes nuclear y ecológica y, ahora, la evolución del cambio climático ha llegado al punto en que la mayoría de los científicos del mundo la han declarado como una verdadera emergencia frente a la cual, si no se contrarresta en serio, se hará irreversible y será catastrófica. Y para ello ya hay fechas más o menos fatales. Otros minimizan los riesgos y dicen que son puras invenciones ideológicas, sobre todo de las izquierdas.

Imposible no pensar que el mundo ha entrado en una nueva época y que implica, no solamente el cambio de la civilización y la reubicación física de diversos grupos de la población, sino también el cambio en la fisonomía de la Tierra.

¿Cómo orientarse frente a tal alud de acontecimientos? Las rebeliones y revueltas contra el poder en todas las latitudes, particularmente en América Latina, se tratan de teorizar comparándolas con momentos semejantes en la historia; que si estamos como en 1848 cuando las revoluciones en Europa; que es el fin del neoliberalismo, o en verdad ahora sí, es la crisis final del capitalismo; que vivimos la era de las emociones que pueden ser manipuladas por los algoritmos; que es el fin de la globalización y el renacimiento de las identidades nacionales, raciales y religiosas, y hasta de los muros físicos o ideológicos que se levantan frente a la creciente migración.


El problema para el pensamiento es que la gran cantidad de acontecimientos no tienen una dirección determinada y apuntan hacia todas la direcciones. El mundo se fragmenta y las identidades pequeñas se convierten en el refugio frente al miedo de vivir a la intemperie o de actuar en la incertidumbre. Después de haber avanzado muchos años en la conformación de un mundo globalizado y abierto al conocimiento, parece que hoy predomina la tendencia a la restauración de los tiempos pasados. Se arguyen para ello los discursos de la desigualdad o de los saldos perdedores de la nación o de tal o cual clase o grupo social. El ciudadano del mundo que poco a poco se venía abriendo paso hoy es un  bicho raro para las identidades pequeñas.

En mi opinión creo que nos encontramos en el centro de un enorme choque entre el pasado y el futuro. Releyendo a Ernst Jünger me doy cuenta que vivimos lo que ya se anunciaba desde el fin de la segunda guerra mundial, con la explosión nuclear, los cambios ecológicos y el desarrollo de la automatización. En su escrito El Estado Mundial, de 1970, decía que “el futuro actúa de manera no diferente que el pasado. Junto a la acción de las causas hay una acción de los fines, ambas acciones se encuentran en el instante y le dan forma… Llegan los tiempos en los que nadie se siente a gusto; traen al recuerdo la inquietas idas y venidas de la larva que anda buscando el lugar donde transformarse en crisálida. Sin embargo, lo que en el fondo andaba buscando la larva, lo que la arrastraba de un lado para otro, no era el lugar; era la mariposa”.

Jünger continuaba –y disculpen lo largo de la cita pero creo que vale la pena–, “Hay un movimiento mundial que… ha roto el orden de los Estados del Barroco en favor de los Estados nacionales y ha roto el orden de los Estados nacionales en favor de las potencias mundiales. (Ese movimiento ahora) aspira a ir al Estado mundial, al orden planetario, al orden del globo terráqueo”.

“Cuando vemos un radiolario, la concha de una almeja o el caparazón de un erizo de mar tenemos la impresión de que ahí están actuando unas fuerzas que habitan más allá de la vida… Nos hallamos ante grandes preparativos que trascienden el marco de los planes estatales. Apuntan no sólo a una tarea enorme, sino también a la unidad de esa tarea, a una obra que afecta no sólo a los Estados y pueblos de la Tierra, sino a la Tierra misma”. Hasta aquí la cita. Sólo quedaría por decir que ya para ese entonces Jünger hablaba de una nueva figura del hombre, del hombre como hijo de la Tierra.

Pienso que esta nueva figura es la que puede modelar y darle un sentido al caos. La nueva conciencia planetaria, la conciencia del hombre como hijo de la Tierra, es la que puede dar luz y superar la limitada crítica de izquierda o de derecha al neoliberalismo o el capitalismo, así como de la disrupción tecnológica, el aumento de la población o la emergencia climática, porque no estamos ante el fin de un sistema, sino frente a un cambio de civilización y de ropaje de la Tierra.

No se trata sólo de frenar las emisiones de carbono para detener el calentamiento global, sino de hacer más habitable en el planeta; de resolver el problema de la automatización y de la propiedad de los datos de las tecnologías de la información, de la biotecnología, del empleo y de la propia organización política del mundo mediante el diálogo de las diversas culturas en torno al destino común de la civilización humana y del cuidado de la Tierra.

Tal es la identidad que necesita desarrollarse, frente a la fragmentación política del mundo, es decir la del hombre como hijo de la Tierra. Sobre la base de dicha identidad será posible encontrar formas superiores de organización política que den paso a la consolidación del multilateralismo democrático, primero, y a formas de cooperación regional e internacional, para darle perspectivas a ese porvenir del Estado mundial.

Por supuesto que en cada país habrá que luchar por formas más equitativas de distribución de la riqueza, de la justicia y la democracia, pero sólo su vinculación con la responsabilidad global sobre el cuidado de la Tierra, o de las consecuencias de sus cambios telúricos, les dará el sentido necesario para impulsar también el diálogo intercultural sobre el destino común de la civilización.

Afortunadamente las nuevas generaciones han sido preñadas de esta nueva conciencia planetaria. El movimiento juvenil para enfrentar el cambio climático representa sus primeros pasos, aunque ya ha sido capaz de influir en la agenda mundial de las naciones. Tiene también como aliados a los movimientos feministas que en el fondo son preservadores de la vida. Los trabajadores, que nacieron en su movimiento y en su organización con esa vocación internacionalista, se encuentran hoy presos de los intereses de corto plazo en la defensa de sus condiciones de vida. Pero si una nueva civilización ha de nacer para afirmar la vida, el empleo y la dignidad de las personas, tendrá que ser apoyada por el mundo del trabajo para aspirar a dirigir las enormes fuerzas productivas de la civilización alcanzada hacia los fines de la humanidad toda.

Termino citando nuevamente a Jünger: “El hecho de que la Tierra esté comenzando a agitarse de un modo que es nuevo en su género en la historia humana y que está comenzando a aspirar a su unidad, a una unidad no sólo política, sino general, que hace intervenir a su organismo, ese hecho es difícil de conciliar con este otro: las tendencias propias de la organización están tensando al mismo tiempo sus fuerzas con una energía nunca antes vivida. Uno aguardaría más bien especies nuevas, selvas vírgenes nuevas, inundaciones nuevas y volcanes nuevos, o sea: indicios de una fecundidad caótica”.

Tal es la razón de que nadie se sienta a gusto. El gran desafío para este siglo consiste en la transformación de la política y sus instituciones para fundar la nueva civilización capaz de convivir con la manifestación de las fuerzas telúricas de la Tierra y de hacer compatible, para ello, a la diversidad cultural humana. El riesgo consiste en sustituir el grito de “sobrevivamos juntos” que se escuchó a uno y otro lado del muro de Berlín cuando fue derribado, por el “sálvese quien pueda” de los más ricos de la Tierra, la supremacía blanca u otras minorías, o bien por nuevas divisiones del mundo manipuladas por las grandes potencias.