Definiendo el rumbo

Nadie debe espantarse por los ríspidos desencuentros que salen del gabinete del presidente López Obrador. Antes fue IMSS, Hacienda, luego Comunicaciones y Transportes; ahora, quizá, lo novedoso sea que estén involucradas Agricultura y Medio Ambiente en conflicto directo, y la Oficina de la Presidencia, ocupada por el empresario Alfonso Romo, como presunta generadora del mismo. Aun cuando la victoria electoral fue contundente, eso no ha significado que las fuerzas políticas derrotadas en las urnas estén convencidas de las bondades de la democracia y acepten, con civismo, la pérdida de espacios de poder estatal sólo porque así fue la soberana voluntad del pueblo mexicano. Las circunstancias excepcionales de la elección de 2018 exigieron de la apertura de Morena a los militantes de los otros partidos políticos, y de la negociación con sectores empresariales de posiciones en el gabinete de gobierno que permitieran acuerdos mínimos para la ordenada transición sexenal; esa excepcionalidad solo puede ser comprendida considerando, especialmente, el manejo altamente represivo del Estado hacia los movimientos sociales durante los años 1950 a 1980; las transformaciones de la economía nacional que sepultaron las que caracterizaron al periodo del “estado de bienestar” suplantándolas por la rapiña del capitalismo salvaje de los años 1980 a 2018; y las formas de retención del poder estatal mediante esquemas de defraudación del voto y la voluntad popular practicadas por una clase política predadora del erario que luego se entrelazó con el gran empresariado para escribir la historia partidista y político electoral que precedió al triunfo de López Obrador.

El choque de tendencias que ahora protagonizan Víctor Toledo y Víctor Villalobos dentro del gabinete, siendo deducción natural de esa coyuntura electoral, refleja las contradicciones que se vinieron dando en todos los ámbitos de la vida política y social del país que motivaron la decisión del electorado para darle una oportunidad histórica a las propuestas de la izquierda. El enojo y la dureza de las expresiones del secretario Toledo –No podemos idealizar a la 4T, es un gobierno lleno de contradicciones brutal. No tiene objetivos claros, hay luchas de poder dentro de la administración y la visión a favor del ambiente, la agroecología y la transición energética no está para nada en el resto del gabinete, y me temo que tampoco está en la cabeza del Presidente- tiene por lo menos dos antecedentes que los explicarían: uno, las disímiles visiones sobre la agricultura y su relación con el medio ambiente; de tiempo atrás organizaciones ambientalistas acusan a Villalobos de ser devoto de las productoras de transgénicos y de haber impulsado la ley Monsanto sobre bioseguridad y organismos genéticamente modificados; y, dos, la falta de ética de Villalobos que, sin consentimiento de Toledo, utilizó su nombre en un anteproyecto de decreto presidencial para hacer estudios sobre glifosato -plaguicida catalogado por la OMS como probable cancerígeno- enviado a la Comisión Nacional de Mejora Regulatoria, motivando que la Semarnat exigiera una disculpa pública a la Secretaría de Agricultura por ese hecho.

La pandemia ha venido a poner en tela de juicio todas las formas de organización política, económica y social hasta ahora tenidas por inmutables. Las diferencias por la visión de país y el rumbo que deba tomar, si bien se manifiestan en las discrepancias internas del gabinete, no corresponde a éste su definición política ni a las élites económicas, sino al pueblo de México como nación soberana. Estamos en una etapa de transición que a la vista ofrece distintas posibilidades de rumbo político que puede seguir la sociedad mexicana en un futuro inmediato que, sin embargo, la ciudadanía tiene que apreciar con visión de largo alcance. Saber hacia dónde queremos marchar como sociedad es fundamental en este tiempo en que las amenazas de violencia desquiciada son elevadas a condición de argumento político para persuadir conciencias, intentando predisponerlas contra la voluntad popular que votó por el cambio nacional.


Los señalamientos están sobre la mesa de la discusión. Víctor Toledo cuestiona el sentido de la acción gubernativa del titular de Agricultura, y el respaldo que le brinda la Oficina de la Presidencia a cargo de Romo: “Está dirigida fundamentalmente a los agronegocios, está en contra de la agroecología y trata de imponer toda la visión que impera en el mundo con las grandes corporaciones…Alfonso Romo ha adquirido enorme centralidad y poder dentro del gobierno, dado por el presidente; es el principal operador para bloquear lo ambiental, la transición energética y la agroecología”. Estas afirmaciones, Toledo las respalda en tres casos específicos: a) Romo le habría pedido  “ser más accesible con Grupo México” ya que [en Semarnat] presionaban mucho a la empresa (que derramó 40 millones de litros de residuos peligrosos en el río Sonora); b) Agricultura pretende revertir, mediante decreto, la prohibición de importar glifosato lograda por Semarnat; c) la transición del cultivo de algodón transgénico por una producción agroecológica ha tenido que ser negociada, sin poder transitar libremente hacia ella, porque Agricultura y Oficina de Presidencia están en contra.

Una confrontación de intereses y perspectivas políticas de esta naturaleza demuestra que no está en manos de los titulares de las secretarías involucradas tomar las decisiones que deban hacerse, en tanto está de por medio la política alimentaria del país cuya determinación es de naturaleza soberana. En este tenor la orientación política quedó dada por la elección, las definiciones se van dando en  los hechos concretos. Las rudas sentencias de Toledo -“La 4T, como un conjunto claro y acabado de objetivos, no existe. El gobierno está lleno de contradicciones, se expresa concretamente en luchas de poder al interior del gabinete”- trascienden al gabinete para extenderse hacia todos los partidarios de la transformación política de México.

Diputados, senadores, gobernadores, Morena, militantes formales y  convencidos, intelectuales, apoyadores morales; en su gran mayoría, y por un error de concepción, han dejado caer todo el peso de la responsabilidad de la conducción del país sobre las espaldas del presidente de la república. Salvo los sectores sociales de élite, y los proclives a ella, que ejercen la oposición por sistema; en amplias capas de la población existe la convicción de que sólo la visión política de AMLO, su enorme capacidad de trabajo y gran carisma, son los pilares básicos en que se sostiene el proyecto de nación que ofreció en campaña, y lleva a cabo como gobierno. La 4T es eso: un proyecto de Nación que debe ser afinado, corregido y aumentado entre todos, superando las inercias, traiciones, distorsiones, equívocos de adentro; y los ataques de la derecha y sus poderes constituidos y fácticos. Definir el rumbo del país y concebir un nuevo tipo de sociedad, más justa, es tarea de todos.