La defensa de la vida y la batalla contra el glifosato en la 4T

Parte I.

El glifosato es un herbicida de amplio espectro conocido popularmente por los campesinos como “matahierba”. Este agroquímico actúa bloqueando una enzima esencial para el crecimiento de las plantas y es utilizado para la eliminación de la maleza, principalmente en la agricultura, la jardinería, la silvicultura y en áreas industriales.  Su efecto es no selectivo, lo que significa que arrasa con todo tipo de plantas allí donde se aplica, aunque algunos cultivos genéticamente modificados como la soya, han sido diseñados precisamente para resistirlo. En la agricultura se utiliza fumigando grandes extensiones de tierra antes de que germinen los cultivos, de tal manera que así no tienen que competir por espacio y energía con las malezas que crecen a los alrededores. Su uso se introdujo a mediados de los setenta del siglo pasado y la proliferación de cultivos modificados genéticamente ha generado un aumento exponencial de su utilización en todo el mundo.

Desde el año 2015, la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer de la Organización Mundial de la Salud (OMS), estableció que este herbicida es un probable cancerígeno para los seres humanos. Además, miles de estudios científicos a lo largo y ancho del mundo han documentado que genera fuertes impactos negativos en la flora y en la fauna, además de que contamina la tierra y el agua de ríos, arroyos, manantiales y lagos. Recientemente, el titular de la SEMARNAT, Víctor Manuel Toledo, nos ha recordado en un artículo publicado por La Jornada (19/05/2020) que “el glifosato genera encefalopatías, autismo, parkinsonismo, malformaciones y diversos tipos de cáncer, además de afectar los sistemas endocrino, reproductivo, inmunitario, digestivo, hepático, renal, nervioso y cardiovascular de las personas”. Además, inhibe enzimas de nuestro organismo que le ayudan a eliminar sustancias químicas extrañas, lo que puede provocar inflamación sistémica, trastornos gastrointestinales, obesidad, diabetes o enfermedades cardiacas, entre otras. Es sumamente importante señalar que el riesgo por los herbicidas no se reduce al glifosato, pues existen al menos otros 80 que están prohibidos en muchos países y que se han utilizado para fumigar las parcelas mexicanas a lo largo y ancho del país, durante décadas.


En agosto de 2018, el Grupo de Trabajo Medioambiental estadounidense (EWG, por sus siglas en inglés) dio a conocer un estudio que arrojó resultados preocupantes para la salud mundial, pues se identificó que hasta 43 marcas de cereales y barritas de avena que consumen diariamente millones de familias en el desayuno, contienen glifosato. Algunas de ellas son Kellogg’s, Cheerios, Quaker Old Fashioned Oats, Quaker Dinosaur Egg Instant Oats y Back to Nature Classic Granola, entre otras (El Economista, 16/08/2018). Más de dos tercios de las muestras tenían niveles de glifosato que rebasan el máximo que los científicos del EWG consideran adecuados para proteger la salud de los niños. La toxicóloga Alexis Temkin, autora del estudio, señaló: “El glifosato conlleva un riesgo elevado de cáncer y también sabemos que los niños son más vulnerables a los efectos de químicos tóxicos. De verdad creemos que un producto como el glifosato no debería estar presente en la comida de los niños, especialmente en alimentos que se consideran saludables para su nutrición”. En respuesta, un portavoz de Kellogg’s afirmó: “Nuestra comida es segura. Suministrar alimentos seguros de alta calidad es una de las maneras como nos ganamos la confianza de millones de personas de todo el mundo” (BBC, 16/08/2018).

Una semana antes ocurrió un hecho inédito en la historia de la justicia: un jurado de California condenó a la empresa Monsanto a indemnizar con 289 millones de dólares a Dewayne Johnson, un hombre que reclamaba que el cáncer terminal que padecía había sido causado por su prolongada exposición al glifosato Roundup que esta firma producía. Además de Johnson, quien era jardinero de una escuela, cientos o quizá miles de personas en el mundo han presentado denuncias contra Monsanto debido a que sus productos han sido la probable causa de los diferentes tipos de cáncer que padecen.

Por si eso fuera poco, en noviembre de ese mismo año, el estudio del laboratorio estadounidense Health Research Institute encontró hasta 17.6 microgramos de glifosato en la harina de maíz para tortillas de la mayor productora en México: MASECA. Estos resultados fueron calificados como preocupantes por el laboratorio, sobre todo por la gran cantidad de tortillas de harina de maíz que consumimos la mayor parte de los mexicanos: medio kilo al día en promedio. Además, porque en estos estudios no sólo se encontró este herbicida, ya que se identificó que hasta el 95% del maíz que se utiliza para estas harinas, es transgénico (El País, 13/11/2018).

Es importante recordar que ya desde septiembre de 2017, un estudio encabezado por Elena Álvarez-Buylla Roces, doctora en ecología y genética molecular del desarrollo, entonces investigadora de la UNAM y actual directora del CONACyT, había mostrado que 90.4 % de las tortillas que se consumen en México no solo contienen glifosato, sino secuencias de maíz transgénico, así como el 82 por ciento de las tostadas, harinas, cereales y botanas de este grano que se consume en diversos productos altamente comercializados. Los estudios encabezados por la UNAM fueron validados por un laboratorio alemán con el más alto prestigio, certificado para realizar análisis de este tipo. Fue tal la gravedad de los resultados arrojados por esta investigación, que se recomendó que sus autores recomendaron al gobierno mexicano que los 10 millones de toneladas de maíz que se importan anualmente desde Estados Unidos, debían usarse sólo como alimento para ganado o en insumos industriales altamente procesados, pero no para consumo humano (Boletín UNAM-DGCS-607, 18/09/2017).

Es precisamente en el contexto de la pandemia COVID-19 que sería conveniente preguntarnos cuál es el grado de responsabilidad de este agente tóxico en el incremento de la letalidad sobre los cuerpos con diferentes comorbilidades y con sistemas inmunes debilitados. En México, durante décadas, el glifosato entró a México sin ningún tipo de restricciones como ingrediente activo de múltiples herbicidas, con la complicidad de las autoridades ambientales y de salud. Esta atrocidad histórica se empezó a revertir en noviembre de 2019, cuando por primera vez nuestro país adoptó el principio precautorio para detener la entrada de este agrotóxico, al considerar que existe un “riesgo alto” de que su uso pueda generar un daño al medio ambiente y a la salud de los mexicanos. Este principio jurídico está contemplado para aplicarse allí donde no existe certeza científica absoluta sobre la ausencia de riesgos para el medio ambiente o para la salud humana a causa de un cultivo modificado genéticamente o por la aplicación de algún agroquímico. De esto y más hablaremos en la siguiente entrega. Mientras tanto, es altamente recomendable darle una mirada a este video que no dura más de tres minutos y medio:

https://www.gob.mx/semarnat/es/videos/glifosato-el-pesticida-mas-peligroso-del-mundo