Lunes, septiembre 20, 2021

De ‘raite pal’ norte’

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Ten cuidado con tus sueños;

son la sirena de las almas.

Ellas cantan,

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nos llaman,

 las seguimos

y jamás retornamos”.

-Gustave Flaubert-

 

A los casi 14 años partió para alcanzar el sueño americano; un pariente, mayor que él, pero adolescente como él, le dijo con mirada encendida en tono de complicidad: “Allá se recoge el dinero con escoba” y le transmitió la refulgente chispa al chamaco. Tenía 13 años cuando su madre, embarazada por catorceava vez con un parto complicado, al viajar montada en burro para ser atendida en el hospital de la cabecera municipal, murió en el camino junto con el bebé. Al poco tiempo su padre se volvió a casar y tuvo otros dos hijos, además de los trece anteriores, por lo que él quedó solo y se dedicó a vender en su pueblo gelatinas por la mañana, queso al medio día y tamales por la noche para aportar a su manutención. Cuando el primo le pintó el viaje como una aventura resplandeciente para llegar a una mina de oro, ¡él se imaginó a sí mismo como Rey Midas!

Un día, él y el primo, habiendo juntado dinero suficiente para su aventura, decidieron iniciar el viaje “pa’ llegar a barrer dinero” a Estados Unidos de Norteamérica (EEUU); no tenían ni idea de lo que significaba irse “pal’ norte” ya que sólo se guiaban por lo escuchado a sus parientes y demás habitantes de esa comunidad poblana expulsora de migrantes; tampoco tenían prisa porque aunque sabían que era lejos y les tomaría tiempo, parte de la mina de oro era una mina íntima y personal: su propio viaje interior para descubrir sus secretas habilidades y recursos para vivir en un mundo desconocido fuera del pueblo, que significaba grandes oportunidades pero también graves peligros.

Tomaron su primer “raite” que los fue acercando kilómetro a kilómetro a su destino sin ellos saber con exactitud a dónde ni cuándo: tenían una orientación: llegar a Tijuana y de ahí pa’ Los Ángeles (California). Este primer “raite” los acercó a la ciudad de México donde pudieron juntar un poco más de dinero; el segundo fue hacia Mazatlán donde se quedaron tres meses dado que consiguieron un trabajo más estable y mejor pagado para irse pal’ norte.

A pesar de su briosa juventud, su inacabable pasión y magnánimos sueños, unidos a la borrachera que produce la libertad a esa edad de hacer lo que les venga en gana, ninguna sirena misteriosa con alas y cuerpo serpenteado, por seductora y fascinante que fuera al cantarles al oído tentadoramente, con música y voz de ángel que puede seducir al más bragado de los hombres, los pudo hacer renunciar a su objetivo. Se entretuvieron, sí, pero no entraron al averno.

¿Cuántos “raites” para llegar a su destino? Innumerables. ¿Cuántas aventuras? Incontables. ¿Cuántos pasos? Incalculables. ¿Cuántos viajes interiores de la mano de Dios y el Diablo? Inconmensurables. Pero nunca cejaron de su propósito ni se cansaron de hacer lo que tuvieran que hacer o pasar por lo que tuvieran que pasar para lograrlo. Llegaron a Tijuana pero era esa Tijuana de hace cincuenta años delimitada en cuatro cuadras, quizá con los mismos vicios y peligros pero las mismas oportunidades.

Al llegar a Tijuana se quedaron un tiempo haciendo ‘mandaditos’ con el objetivo de ver la oportunidad para pasar “pal otro lado”. El primo ahí encontró su quimera y se quedó, no por el canto de las sirenas sino por cumplir su sueño de barrer dinero con escoba, y lo logró. Nuestro personaje saltó a Los Ángeles, California, donde a los veinte años le convino casarse por doscientos dólares de entonces para conseguir su residencia.

Lo demás esa historia.

Y sí, sí se hizo un Rey Midas…

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