Viernes, agosto 19, 2022

DE HOMBRE A NIÑO…Y VICEVERSA

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En C’mon C’mon: siempre adelante (C’mon C’mon), escrita y dirigida por Mike Mills, Joaquín Phoenix interpreta a Johnny, titular de un programa de radio cuyo núcleo son las entrevistas que él hace a niños y niñas de todo el país –Estados Unidos– para saber cómo ven y viven su vida, y qué esperan del futuro. Así el trabajo, hasta que Johnny debe hacerse cargo por un tiempo de su pequeño sobrino Jesse (Woody Norman), durante esos días en los que Viv (Gaby Hoffmann), madre y hermana del caso, debe ausentarse para cuidar al papá del niño, que cursa problemas emocionales. Viv lo hace, a despecho de que ella y el tipo están separados. En esas semanas de viajes y convivencia con Jesse –precoz, travieso, carismático, inteligente– Johnny aprende mucho. De entrada, ya no es la situación de acercarse a un niño como objeto de estudio, sino de comprenderle a través de las altas y bajas de una relación diaria, comprometida y estrecha. Como metáfora sabia, el micrófono y los audífonos pasan ahora a manos de Jesse, en inconsciente exploración y trasiego del alma adulta: ¿por qué no estás casado? ¿por qué no tienes hijos? ¿por qué tú y mamá no hablan? ¿por qué aceptaste cuidarme? Muchas horas y preguntas así, para un azaroso, inesperado “curso intensivo” de parenting, por parte del “profesor” más inusual posible. 

De rasgos evidentemente arty –reposada, intimista, de personaje(s), reflexiva, en blanco y negro– C’mon C’mon se define en todo eso, para una experiencia esencialmente dulce sobre vivir y el trance de criar hijos, sin que podamos evitar los infaltables temores de esos caminos: desviarnos y equivocarnos, sentirnos solos o incomprendidos, sin claridad de futuro y varias incertidumbres más. También es una cinta sobre escuchar al otro, pero con la rara vocación de detenernos a genuinamente valorar lo que nos dice. En C’mon C’mon, la dulzura mencionada surge fundamentalmente de la presencia de los niños; de la mirada a sus realidades y de la diáfana verbalización de sus pensamientos. Johnny les pregunta y contestan tal cual, como son las cosas. A partir de ello, el director Mills entiende y asume que, en su film, quienes dan las lecciones son ellos, los niños, en la ecuación inversa de enseñarnos a los adultos en vez de aprender (o mal-aprender) de nosotros. En apoyo de esto, un recurso tanto hermoso como sensible: la inclusión –y aprovechamiento– de textos sobre enmendar relaciones con los hijos, sobre la bipolaridad de dichas relaciones, sobre la curiosidad de los niños, sobre el específico rol amoroso de las madres, e incluso referencias frecuentes y “aterrizadas” a El mago de Oz (el libro). Sin duda, en hacer por completo creíble esta atmósfera –que algunos verán “subversiva”– mucho tiene que ver la química entre Joaquín Phoenix y el nueveañero Woody Norman. Sus respectivas edades y vivencias mueven a sus personajes a retarse, pero centralmente se acompañan y respetan, aunque alguna eventual “explosión” sugiera lo contrario. Con trabajos espléndidos, es justo así como entregan a Johnny y a Jesse: como dos “socios” cabezadura, capaces de reconocerlo frente al otro y de pedirse perdón. 

C’mon C’mon se rodó en las ciudades de Detroit, Los Ángeles, Nueva York, Oakland, Nueva Orleans y algunas otras. Por cierto, en secuencia; es decir, en el orden en que el argumento transcurre, lo cual es bastante inusual. Además, está claro que Mike Mills tiene gran oído, puesto que un grato plus de la película es su banda sonora, con piezas no sólo buenas sino además funcionales, tanto populares como clásicas. Concluyendo, una cinta que en no pocos ratos se percibe triste pero termina luminosa; de argumento atemporal, si bien inserto aquí en tiempos ya del internet, del celular y del ipad. Con escasas salas y un solo horario, sin “animales fantásticos”, ni multiverso, ni “ciudades perdidas”, se ve difícil que C’mon C’mon se mantenga mucho en cartelera. Por eso, lo mejor es apurarse para que la de Mills no resulte otra de esas películas que “se nos fue”.

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