Sábado, mayo 25, 2024

¿Cuántas Sevillas caben en la Maestranza?

La pregunta brota de sí misma, del cúmulo de contradicciones que encierra la reiteración de tantos tópicos manidos acerca de la afición sevillana que los que saben no se cansan de repetir: que si sabía aunque también caprichosa; que si sensible pero a veces castigadora; que si localista y a la vez justa; que si exigente y, de súbito, manirrota; que si harto profunda, perdonando eventuales señales de superficialidad; que si silenciosa por atenta o, en ocasiones, simplemente por aburrida; que si enamorada de su toro aunque tolerante con el novillote, que si mucho pero poco, que sí pero no… 

¿Cómo lidiar con un pez que se muerde la cola tan a menudo? No toca decidirlo al columnista, pero si está comprometido a, cuando menos, exponer una a una las razones de su perplejidad.  

La Sevilla solemne. Para su famosa afición, la corrida del domingo de Resurrección llega revestida de una ritualidad litúrgica y con ese ánimo es que llenan la Maestranza. Luego resulta –la historia lo dice bien claro– que los festejos de esa fecha suelen disolverse en la nada y la tarde más soñada del año se les escurre como agua entre los dedos, casi siempre por culpa del ganado. Menos mal que, esta vez, hubo dos toreros que se sobrepusieron al mal juego de las reses de Matilla (Olga Jiménez) y hasta cortaron una oreja cada uno –Castella y Roca Rey– mientras Morante cargaba con su proverbial mala mano para los sorteos. Pero, en conjunto, nada del otro mundo. 

Que es lo que encierran casi todas las solemnidades, el rito ocultando la nada.   

La Sevilla sabia. No ayudó a David de Miranda la polémica sobre si “Tabarro”, el quinto del memorable encierro de Santiago Domecq, merecía o no la vuelta al ruedo. Pero ese fue un brote posterior, porque en lo inmediato, la plaza entera solicitó y obtuvo para el torero de Huelva las dos orejas del bravísimo ejemplar y le abrió la Puerta de Cuadrillas para que la traspusiera en hombros. Tal vez para reforzar la calidad del toro, tan mal evaluada desde el palco, varios sabiondos dieron en criticar al torero porque “acompañó pero no toreó”; como si fuera posible que aquella embestida desbordante de casta y clase pudiera haberse gobernado fingiendo el toreo. Con semejante criterio hubieran acusado de insustancial pegapases al mismísimo Manolete, y Miguel Báez Espuny, el Litri mayor, jamás hubiera trascendido a torero importante a partir de sus orígenes tremendistas. Lo que David de Miranda hizo, y muy bien, con poso y reposo y temple formidables, fue un toreo de figura erguida y muñeca flexible que por lo visto no figura en el vademécum de los profundólogos al uso, que invocan esa palabra, profundidad, solamente si ven viajar los engaños a rastras, como si la hondura fuera un dato técnico y no ese estado extático del alma torera que no hay público que no perciba y sienta a fondo.  

La Sevilla xenófoba. Es bien conocida la sentencia esa de que “De Despeñaperros para arriba se torea, y de Despeñaperros para abajo se trabaja”, que pacería digna de El Guerra si no excluyera también a los cordobeses. Sólo que esta vez operó sobre otra geografía, la que se extiende al otro lado del Atlántico. Feroz el rechazo a lo mucho bueno que hizo Roca Rey con el quinto victorino, y una indiferencia no por gélida menos agresiva hacia el quehacer del hidrocálido Leo Valadez, que, desconcertado, poco hizo por su causa.    

La Sevilla justiciera. El otro triunfo por encima de cualquier intento de objeción fue el del extremeño Miguel Ángel Perera con sus dos toros de El Parralejo del miércoles 10. Bajo de alzada el primero pero muy alta la casta codiciosa de que hizo derroche, con la buena fortuna de tener delante a un auténtico maestro, dispuesto a plantarse con firmeza ejemplar y torear en toda le extensión de la palabra. Y cuando la condición del astado fue muy otra –con “Oloroso”, un torrente de clase y alegría– Perera alargó despaciosamente su ir y venir por ambos pitones y le redondeó un faenón sin la menor mácula.
Naturalmente, la Puerta del Príncipe estaba loca por abrirse, sin detenerse a averiguar si quien merecía cruzarla en triunfo era sevillano, ruso o japonés. Era y es Perera, un grandísimo torero. Y contra eso no hay vetos ni ninguneos que valgan  

La Sevilla impaciente. Y con razón, porque a la altura del quinto toro era ya intolerable la mansedumbre del hato enviado a uno de los carteles estelares de feria por Juan Pedro Domecq, para colmo de pobre presentación. Esas palmadas de impaciencia, esos pititos, esa protesta sorda podrá no condecir con los famosos silencios de la Maestranza pero estaba perfectamente justificada. 

La Sevilla con paladar. El día de los juanpedros hubo una ráfaga de delicatessen cuando Pablo Aguado meció su capote, metió en él las cansinas embestidas de su primero y bordó unas verónicas suavísimas, abrochadas con media a cámara lenta: se sacudió el sopor de la tarde y se suscitó la inmediata, enardecida respuesta del tendido. Fue apenas un instante, pero en ese instante quedó contenida toda la fama que Sevilla tiene como catadora de las esencias finas del toreo. 

Volvería a suceder al día siguiente mientras Diego Urdiales acariciaba con torería y verdad sin alardes la embestida de “Pantomimo”, hasta convertir en delicia estética la sosería del primer Cuvillo del viernes 12. No la oreja, discutida por algún crítico puntilloso, sino la lección magistral de arte por parte del riojano fue lo que la Mestranza premió convencida. 

La Sevilla localista. Siempre se dijo que a nadie le cuesta más entrar en el gusto de los sevillanos que al torero nacido lejos de Sevilla y sus alrededores. Y viceversa. Que lo digan si no Daniel Luque –una puerta grande demasiado ancha– e inclusive ese excelente proyecto de buen torero que es Borja Jiménez, que no toreó mejor que Paco Ureña pero disfrutó de un trato diametralmente opuesto el miércoles 10. Y ni hablar de Roca Rey, quién le manda ser peruano. 

La Sevilla sensible. Claro que la gesta de Manuel Escribano el sábado 13 lo ameritaba, pero no menos conmovedora fue la respuesta de la grada a la actitud del torero –y aquí sí que nadie hable de paisanaje–, al salir de la enfermería para jugarse la vida con un Victorino dispuesto a vender cara la suya. Fue la lidia de mayor tensión y desnuda torería en lo que va de feria, un capítulo para la epopeya en tiempos de lírica barata. 

La Sevilla reventadora. Cualquiera lo diría al escuchar cómo le pitaban a Roca Rey el pecado de aguantar e imponerle su mando a fuerza de largueza y temple al quinto cárdeno de Victorino, que al principio lo que quería era revolverse y coger. Pitada amplificada al cruzar el ruedo el espada peruano tras una actuación irreprochable con el par de alimañas que le tocaron. 

La Sevilla festiva. En el festejo de rejones, los tópicos relativos al silencio sacramental y la sabiduría inmanente dejan su lugar al jolgorio y la sevillana alegría. Así sucedió esta vez, con la fortuna de que Diego Ventura se encontrara con un toro del Capea (San Pelayo) que le permitió redondear una faena magistral, llena de arrebato y espectacularidad, pero espectacularidad basada en el riesgo, el dominio y la inventiva, la soñada conjunción de maestría y arte que subyace a cualquier manifestación de toreo grande. Cortó dos orejas legítimas, dejando en escarceos menores los correctos desempeños de Sergio Galán y Guillermo hermoso de Mendoza.  

Gran momento ganadero. Antes de la pandemia veníamos acreditando la subida de casta, clase y bravura de la ganadería española en general y ciertos hierros en particular. Y con ello, el elevado nivel que estaba alcanzado el toreo, en calidad y frecuencia, incluso tratándose de coletas menores. Luego del obligado parón de 2020–21, catastrófico también para el campo bravo, los productos del mismo acusaron una sensible baja. Pero tras la vigorosa recuperación del año pasado –aún con baches e intermitencias–, lo de este abril sevillano ha sido notable.  

Pensábamos que la excepcional corrida de Santiago Domecq lidiada el martes 9 difícilmente sería superable, y no sólo por ese impresionante heraldo de la alegría, la fijeza y el temple que fue “Tabarro”, el corrido en quinto lugar. Porque a su lado, hubo al menos otros cuatro para cortarles las orejas y cantar sus cualidades durante mucho tiempo –sólo tercero y cuarto desentonaron, sin ser mansos ni mucho menos–. Pero ahora no sabe uno qué pensar. Porque a las veinticuatro horas, El Parralejo lidió otra corrida sobresaliente, con vuelta al ruedo a “Oloroso”, al que Perera le cortó las orejas, y cinco ejemplares con variadas cualidades y mucho que torear. Y sin que desmerecieran los de Núñez del Cuvillo el viernes 13 –con el pero de la deficiente presentación de algunos– y menos aún los de Victorino Martín García que tantas emociones depararon el sábado 13. Sin olvidar el bravo comportamiento de algunos de los que Fermín Bohórquez envió para la modesta terna del domingo 7, que incluyó tres bovinos desorejados.  

Paradójicamente, dos de los carteles que agotaron el boletaje fueron torpedeados por el pésimo juego de los astados, los de Matilla del domingo de Resurrección y, todavía peor, la mansada de Juan Pedro del jueves 11. Pero aquí entran en juego las exigencias de las figuras y sus apoderado, con su consabida imposición de divisas presuntamente colaboradoras y nada molestas. 

Ambos encierros tuvieron mucho de lo segundo y prácticamente nada de lo primero. 

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