Nettoni puede ser cualquiera: una niña, una mujer, un hombre o un niño en edad escolar. Nettoni, aunque un personaje ficticio, representa a una de las más de 14 mil personas que han desaparecido en México en lo que va este 2025, según organizaciones no gubernamentales. Nettoni, una adolescente de apenas 15 años de edad, es la protagonista de Cuando le cantan a la Luna, el montaje que busca dar una luz de esperanza a quienes buscan a un hijo, a una hija, a una madre, a un padre, a un niño o a una niña desaparecida.
Con una función especial en el Teatro de la Ciudad como parte del festival La muerte es un sueño y con una última presentación el próximo viernes 31 de octubre a las 20 horas en el Teatro Melpómene -17 Sur 3103, en la colonia Volcanes-, la obra busca “acercar a las personas y tener empatía”, como señala la dramaturga y codirectora María Valero, a un tema sensible como lo es la desaparición de personas.
En Cuando le cantan a la Luna, Xolo, un joven que enfrenta la repentina ausencia de su mejor amiga, Nettoni, quien una mañana desaparece de camino a la escuela, de manera decidida emprende al lado de la familia de Nettoni un viaje que busca traerla de regreso, siguiendo una luz que también lo guiará hacia la verdad.
Como un personaje también central está Cipactli, una criatura “que siempre ha vivido hambrienta, que aunque a veces calma su hambre nunca ha podido calmar el frío”, que sale por las noches deambulando y buscando “robar el fuego a otras almas que ve brillar por ahí”, pues “se alimenta del fuego de hombres y mujeres” y capaz de tener “miles de rostros y de voces”.
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Están también una especie de hombres-buitres, personajes cínicos capaces de burlar la ley, los mismos que se encargan de cuidar como policías, fiscales o ministerios públicos, que se ríen y dilatan la búsqueda de Nettoni, soltando frases que los familiares de desaparecidos escuchan: “se fue de pinta; todos los hijos hacen eso; seguro tuvieron una discusión; dónde está su esposo; venga y denuncie pasadas las 72 horas,”.
No faltan las voces que también opinan sobre los desaparecidos soltando frases hirientes y desconcertantes: “al rato aparece; dónde estaban los padres; seguro se fue con el novio, dios le va a ayudar; así son las escuinclas; todo empieza desde casa; están llorando porque no saben educar a sus hijos”.

Del lado contrario, están quienes no se cansan de buscar. Están el propio Xolo, quien sufre por la ausencia de su amiga. “Nettoni, en estos días yo también he estado a punto de volverme loco, siento como si las cosas hubieran perdido su sentido, como si nada encajara como si la gravedad no existiera”.
Está también Luciérnaga, la hermana menor de Nettoni, quien expresa su miedo de salir, de jugar, de ir a la escuela, de ser la próxima niña desaparecida, de sumarse a la lista como lo ha hecho su hermana. Asimismo, de manera luminosa, aparece Nantli, la madre de Nettoni que es la voz de las madres que buscan a sus desaparecidos. “Habla hija o canta, sé que te gusta mucho cantar, ¿me escuchas? No puedo volver a casa sin ti. Cómo voy a ver tu cama vacía. Quisiera tenerte en mis brazos como cuando eras un bebé y te cantaba”, dice desesperada, andando por un camino que, poco a poco, sin soltar el dolor, va hacia la esperanza guiada por Necalli, un guía espiritual.
“Deje que destruya a los monstruos. A los monstruos les gusta dejar a la gente ciega de miedo y de dolor, por eso no puede ver nada ahora. Pero ya tiene con qué alumbrarse”, dice este extraño personaje, al regalarle una pequeña luz de esperanza y el ánimo para levantarse y seguir. “Hay muchas mujeres como usted, que se ponen a andar en el mundo. En el nombre de su hija su trabajo es encender esta lámpara. No deje que se apague pues va alumbrarle el camino. Deje que el nombre de su hija se convierta en fuego”, dice Necalli.
De manera particular, en Los que le cantan a la Luna resuena a la propia voz de Nettoni, quien no comprende el porqué de su desaparición. “¿Por qué yo, por qué pasó?”, pregunta con la voz entrecortada. “Era de madrugada, yo sólo iba a ir a la escuela, ya había avanzado hacia la parada del autobús cuando me di cuenta de que había olvidado mi comida. Mientras regresaba vi cómo Cuanacqui corría desde el otro lado de la calle. Cuando de pronto escuché una voz que silbaba mi nombre. No sabía quién era, pero pude sentirlo. Sentí como me entrelazaba, sentí como se escurría, sentí como me llevaba a un lugar oscuro. Intenté gritar pero me golpeó, intente zafarme de cualquier modo, no lo hallé, lo mordí, pero de pronto ya había más voces alrededor mío”, cuenta tristemente antes de ser devorada por un monstruo.
Así, como dicen en la obra, “Nettoni se llama Juan, Enrique, Fátima, Andrea, Laura y Fabiola”, mientras que los nombres “de los asesinos parece que se los lleva el viento junto con los vestigios”, siendo éstos reencarnaciones de Cipactli, el cual “cobra otras formas más peligrosas pues llena los desiertos de alma, cuelga cuerpos en los puentes y se lleva a los niños a morir a la guerra”.

No obstante, Cuando le cantan a la Luna es también la esperanza que supera la maldad de Cipactli y de los buitres, que llama a las madres, los amigos y los hermanos, a los lobos y a las lechuzas para cantarle a la Luna, para tener esperanza en que los “que mueren viven para siempre”, y los que los buscan ya no van solos, sino van acompañados de “parvadas de lechuzas y lobos dispuestos a custodiar las esquinas oscuras”.
“Hay algo que, a pesar de todas las personas que puedan hacer daño, no pueden quitar: el amor que tenemos entre nosotros y los lazos que no se van a romper. En esta obra es lo que quiero decir: que no pueden hacer más daño de lo que ya hicieron, no pueden romper con el amor, pues eso prevalece para siempre”, afirma la dramaturga María Valero, quien dirige al lado de Jiovanny Mora.
Producida por Jean Marco Colunga, en la obra actúan María Valero, Fany Perias, Seok Romero, Marlen Huerta, Said Navarro, Sixto Meléndez, Alejandro Vázquez, Zaturno Arzaluz y Mauricio Macías, éste último también encargado del diseño de producción y de vestuario, al lado de Verónica Valero, y los propios Valero y Mora.
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