Cuando el estafador es un lila

El austríaco Albert Elder von Filek convenció a Franco de que podía convertir en gasolina el agua del Jarana. El dictador que quería hacerse con un porcentaje del fantástico negocio cayó en el tocomocho.

El austríaco Albert Elder von Filek  era pícaro, encantador de serpientes y embustero redomado. Un curriculum que, en tiempos revueltos, garantiza fama, hacienda y descanso eterno –bien dado o bien recibido– en la superpoblación de las cunetas. Listo como el solo, el aristócrata austrohúngaro, miembro de la alta sociedad de un imperio desmoronado, resurgió en tierras carpetovetónicas convertido en un Guzmán de Alfarache de monóculo, pajarita y vals vienés.
Quizás la historia lo sepa, habrá que preguntar a Martínez Pisón, pero la leyenda ignora cuando von Filek decidió instalarse en España. Se dijo que llegó cuando aún reinaba el principal cliente de Royal Films, la primera productora de cine pornográfico regida por los hermanos Baños. Presumió, en la prensa de la España que vuelve a amanecer, de conocer, a nivel usuario, las chekas del Madrid qué bien resistes. Era un paso necesario para su propósito, porque von Filek, austríaco de alta alcurnia, apuntaba alto en su embauco. No daban los tiempos para tironear viejas con su flamante pensión en el bolso.
Sólo en el cinismo es posible encontrar vida inteligente en un salvador de la patria y Filek notó la astringente sinceridad del caudillo. Si alguien posee un candor suficiente para verse elegido por la gracia de Dios, para sacar a su pueblo del desierto, cómo no va a confiar el lila en hallar, como si fuera un melenudo postmoderno, la autarquía energética en el viento.
Sin temor a ser descubierto, el trapacero austríaco siguió a pies juntillas el manual del Curso Básico CCC de timadores. Elogió la grandeza de su pequeño lila, su virilidad de ciclán, su valentía de cobarde psicópata y la profesionalidad del general que sólo se midió ante aficionados, antes de ofrecerle la realización de sus sueños de valiente general, adorado y no temido, portador de dos cojones y elevada estatura.
No era fácil encontrar mercancía en la nueva España que volvía a amanecer. Sólo el rencor, la venganza, el odio y la rapiña abundaban en la reserva espiritual de occidente y eso también se encontraba con más facilidad en el estraperlo. Albert Elder von Filek tenía ya el primavera soñado, un primo chaparro que miraba alto. Sólo faltaba encontrar un humo que vender a un lila más molesto aún con el vicio de fumar que con el engorro de hacer uso del matrimonio con su joder esforzado y doliente. El salvador de la patria le había cogido confianza. Si Filek hubiera tenido un socio, habría escuchado la voz de agua. ¡Agua! ¡Agua!
Dylan tendrá un Premio Nobel, pero estaba equivocado. La respuesta no estaba en el viento, estaba en el agua, en el abundante agua del Jarama. Utilizando unos polvos, unos medio vegetales medio secretos, distintos de los que aterrorizaban al ciclán ferrolano, Albert Elder von Filek podía fabricar tres millones de litros de carburante al día. Valía para cubrir las necesidades y para generar un excedente de dos millones de litros al día. Con la ayuda de Dios, la unidad de destino en lo universal no solo sería la reserva espiritual de Occidente, también lo sería de combustible.
La Vanguardia, adelantó la buena nueva: «España tendrá gasolina ilimitada»_. El pequeño prócer soñó con un mundo en el que nadie le mirara por encima del hombro, su esposa calculó el número de collares que podría acumular si el matrimonio sumaba a su patrimonio una pesetilla por litro. A su lado, los zapatos de Imelda Marcos quedarían como un juego de niños rojos, sin juguetes ni brazos. Nada podía fallar, las pescadillas de Coruña llegaban al Pardo quemando agua del Jarana en la Nacional 6, y hasta su fiel chófer alimentaba el Rolls del caudillo con gasógeno del austríaco.
Corría el quinto año de la Cruzada y el austríaco asistió impertérrito –aunque algunos dicen que lo que estaba era borracho– a una carrera a muerte entre su saco y su avaricia. No pretendían llegar más lejos, ni más alto, ni ser más fuertes. Era sólo una cuestión de volumen y una cuestión de tiempo. La codicia engordó más rauda que el hígado hipertrofiado de un pato de Aquitania. El costal, haciendo la goma, se mantuvo a su rebufo, pero el esfuerzo sobrehumano –¿o deberíamos decir sobrecostal?–  acabó mandando el talego a tomar por el saco. No es oro todo lo que reluce, ni siquiera oropel. Filek no era tan listo como aparentaba. Le habían acoquinado 10 millones de pelas, y aquello si que eran pesetas. Tenía resuelta la vida si conseguía pasar página del legendario «la última y nos vamos». Aquel bar no cerró nunca y Filek, acompañado por el chófer del gran hombre, tomaba la enésima última cuando llegaron los resultados de las pruebas del laboratorio. Debía haber un error, lo que Filek fabricaba era agua del Jarama. A veces, engañan las apariencias y hasta el embaucador puede ser un lila al final.
Escucha el episodio completo en el podcast del Gabinete de curiosidades del Doctor Plusvalías.