¿Crecer o distribuir?

Harry S. Truman, al hablar en su discurso de toma de posesión como presidente de Estados Unidos (20 de enero de 1949), sobre la existencia de regiones subdesarrolladas en el mundo, se apropió, al mismo tiempo, de la categoría de desarrollo para ponerla al servicio de la política expansionista del imperialismo. A partir de ese momento, el desarrollo significó exclusivamente crecimiento económico y se dejó sentado que, para desarrollarse, los países subdesarrollados deberían tratar de ser como las naciones desarrolladas y asumir no sólo su economía, sino también sus valores, su cultura, su forma de pensar y sus instituciones, es decir, “ser como ellos” para crecer y ser felices. Pero, además, se les “sugería” poner a disposición del capital financiero la fuerza de trabajo a bajo costo y sus recursos naturales e importar la tecnología del Norte.

En México, como en América Latina, la consigna fue crecer siguiendo el camino emprendido por los países desarrollados, de manera que se aceptó la industrialización como el camino más breve para acceder al crecimiento económico comandado por el capital financiero, principalmente estadounidense. Así, el crecimiento se convirtió en una especie de fetiche y asumirlo acríticamente tiene sus bemoles. En la economía de un país, pueden ocurrir, entre otras muchas, tres situaciones: una, puede ser que la economía crezca sin distribución del ingreso. La consecuencia es la concentración de la riqueza y el ingreso en unas cuantas manos, acrecentando la desigualdad y la polarización sociales. Esta situación ocurrió en México, a lo largo del neoliberalismo; otra, es que crezca la economía con distribución del ingreso. Esta situación, podría ser la óptima dentro de los límites del capitalismo: crecer distribuyendo, es posible si se logra una reforma fiscal progresiva que grave las ganancias del capital a fin de obtener los recursos necesarios y suficientes para elevar la inversión pública y llevar a delante una política que evite la desigualdad social y de ingresos. Una tercera posibilidad es que se inicie una política agresiva para cerrar la brecha de la desigualdad económica y social., sin crecimiento económico, como ocurrió en el primer año de gobierno de la 4T.

El año pasado, en efecto, el PIB de México retrocedió 0.1%; en consecuencia, según los críticos y “especialistas” todo lo hecho en favor del elevar el bienestar social y apoyo a los grupos vulnerables de nada sirven. Por supuesto, no basta una política social si no hay crecimiento y ampliación del empleo, pues se puede presentar la escasez de recursos fiscales que limiten y den al traste con la política distributiva. Dicho de otra manera: crecer no es disyuntivo de distribuir, ambas se necesitan.


Para crecer y distribuir es necesaria la inversión. El año pasado, cuatro fueron los factores que inhibieron la inversión privada, además del boicot de algunos empresarios: el retraso en la inversión pública; las altas tasa de interés, la duda externa y la incertidumbre en la firma del T-MEC. En general, todas están resueltas, el sector privado no tiene pretexto para cumplir sus compromisos.