Corrupción ancestral

En recientes fechas, el gobierno que encabeza AMLO dio la noticia de que imprimió la Cartilla Moral, aquel texto elaborado por Alfonso Reyes en 1944, a petición del entonces secretario de Educación, Jaime Torres Bodet, para dotar a los mexicanos de una especie de “bagaje moral” en momentos complicados que se vivían en el momento: la Segunda Guerra Mundial y los remanentes de la Revolución Mexicana que seguían violentando la paz que existía en el discurso. Tanto en su momento, como ahora, tal texto ha recibido críticas pues se piensa, no sin razón, que la moral está determinada por la religión y dictada por grupos conservadores. Incluso leí por ahí en comentarios de redes sociales, que la Cartilla era el manifiesto comunista de la presente administración, afirmación que denota una ignorancia terrible. AMLO justifica la impresión y distribución de este material en la presentación del texto pues afirma que la “…decadencia que hemos padecido por muchos años se produjo tanto por la corrupción del régimen y la falta de oportunidades de empleo y de satisfactores básicos, como por la pérdida de valores culturales, morales y espirituales (…) La difusión de la Cartilla Moral de Alfonso Reyes es un primer paso para iniciar una reflexión nacional sobre los principios y valores que pueden contribuir a que en nuestras comunidades, en nuestro país, haya una convivencia armónica y respeto a la pluralidad y a la diversidad”. Cuando escuché la noticia pensé que se trataba de una acción más del discurso meloso, cursi e ingenuo que a veces se integra en los dichos del presidente y de Morena. No obstante, leí con atención el contenido del documento y me di cuenta de que, si bien tenía vigencia, quizá era demasiado ingenuo en sus postulados. En todo caso, decidí darle otra lectura más adelante para poder entenderlo en nuestro contexto. Y entonces pasó lo de Tlahuelilpan…

El acontecimiento, trágico de por sí, ha suscitado un aluvión de comentarios en redes sociales y, como pasa con todo lo que está emprendiendo el gobierno del país, ha polarizado a la población. Hay gente que opina que los que ahí fallecieron lo merecían por su descaro y estupidez; hay otros que señalan que son víctimas de la propia pobreza en la que se encuentra buena parte del país y que por eso robaban el combustible por lo que no tendrían culpa. Para mí, el asunto adquiere dimensiones mucho mayores pues la raíz del problema se instala justamente en el valor que le otorgamos a nuestras acciones, es decir, la razón por la que hacemos tal o cual cosa y el sentido de validez que le damos. ¿Por qué acudieron en gran número esas personas a recolectar el combustible? Bueno, algunos, seguro lo hicieron obligados por los mafiosos del huachicol, como bien ha documentado en numerosos reportajes Ana Lilia Pérez; otros, seguramente movidos por la necesidad –sea económica o por la falta del combustible–; y una gran mayoría, como se aprecia en los videos que han circulado, por aprovechar la oportunidad que se les presentaba. No importa cuáles sean las razones, el problema se centra en la corrupción, una que, como eje horizontal, atraviesa nuestra vida cotidiana como una constante. Estamos acostumbrados a brincarnos la norma a como dé lugar, a buscar el beneficio propio sin importar absolutamente nada, a tomar lo que no es nuestro simplemente porque está ahí, a extender los límites de todo lo posible para acomodarlo a nuestro propio interés… “¿Pos qué tanto es tantito?” dirían los clásicos. Y en ese “tantito” se encuentra el centro del problema. Reyes inicia su Cartilla hablando de la búsqueda del bien como un tema central: “Todas las religiones contienen un cuerpo de preceptos morales, que coinciden en lo esencial. Pero el bien no solo es obligatorio para el creyente, sino para todos los hombres en general. El bien no solo se funda en una recompensa esperada. Se funda también en razones que pertenecen a este mundo. La conducta moral, esto es, movida por el bien, nos permite vivir en paz con nosotros mismos y en armonía con los demás”. El bien y el común, principalmente, es lo que debe motivar nuestro accionar, tan sencillo como eso, no importa si el concepto deriva de la religión o no.

Por tanto, dejémonos de hipocresías y pongamos las cosas en su sitio. La corrupción no persigue el bien; por el contrario, persigue el beneficio particular por sobre el bien común. El que priístas y panistas quieran hoy beneficiarse de la tragedia para ganar discurso político no solo es descarado, sino que implica la negación del contubernio corrupto y facineroso que tuvieron por sexenios con el crimen organizado. Que empresarios sobornen y extorsionen, que constituyan contratos mañosos, que evadan impuestos, también va contra el bien común. El agandalle, el abuso, la grilla en centros educativos –usar estudiantes como carne de cañón persiguiendo oscuros fines–, el aprovechar mañosamente mediante mentiras los beneficios laborales –como indemnizaciones–, todo eso constituyen expresiones de la corrupción y deterioran el bien común. Es una corrupción ancestral la que nos aqueja desde tiempos de la Colonia, una que nos transmitieron desde occidente muy bien los europeos y que, por centurias, hemos adherido a nuestras fibras morales. Como lo dije, el problema no es AMLO y su lucha contra el huachicol o cualquiera de sus acciones; el problema está en el cimiento de todo lo malo que se vive en el país: la corrupción. Y a los corruptos, por supuesto, eso no les gusta. En efecto, la Cartilla Moral tiene mucha pertinencia hoy.