Confesiones de encierro / 3 de 3

Es mi hermano de vida; somos confidentes, cómplices, guardianes, defensores y alcahuetes el uno de la otra y a la inversa; nunca ha habido morbo ni mesura en nuestra comunicación; tampoco disimulos ni secretos; somos tan directos como la flecha al centro y aguantamos vara entre lo dicho y lo sobreentendido; amamos los hijos del otro como si fueran propios y asumimos responsabilidad total cuando se ofrece ayudarnos; somos quienes mejor nos conocemos. En algún momento, cuando mi papá requirió una transfusión de sangre RHO+, él no dudó en ofrecerse y por mucho tiempo fue su damo de compañía y lo hizo reír como nunca había escuchado sus carcajadas, porque le mostraba un mundo que mi padre no conocía.

Hace tres días mi hermano me mandó un mensaje: “Ale, salí positivo en la prueba de covid. Tengo cuatro días muy mal y tengo problemas para respirar. Estoy en mi casa tomando el tratamiento porque el doctor me dijo: ‘No venga al hospital, yo sé lo que le digo’. Ya bajé seis kilos… Hermana, si me llega a pasar algo te encargo a mis hijas, no las dejes solas.”

Me pegó en el centro de la vida; un torbellino de emociones me levantó y azotó al suelo, respondí: “¡Claro que no están solas, son mis hijas, pero no te va a pasar nada! Saldremos de ésta como hemos salido de otras; verás que la brincamos, hermano, como todas, ¡verás que sí!” Dijo: “Voy a dormir un poco”. Añadí: “Descansa, estoy pendiente, muy pendiente”.


Al día siguiente le escribí para saber cómo se sentía. Contestó: “Ahí voy, muy débil, pero ahí voy, hermana; no puedo hablar, pero puedo escribir”. Insté: “Hermano, dime lo que quieras decirme porque yo en ti confío y todo lo que me digas me va a ayudar mucho para cuidarme”.

Reveló: “Me infecté en Semana Santa: salí a trabajar al Mercado 5 de Mayo; había una gran multitud, yo iba con cubrebocas y a sana distancia pero todos iban a la brava y tuve que pasar a fuerza por ahí a cobrar lo de unos lentes, y entre saludos y tocar dinero, risas y chanzas…Tú sabes que amo a la gente y me aprecian, me abrazan me chancean… algo muy espontáneo como soy yo, y me desprotegí, y ahí me infecté. Estaba asintomático hasta hace 20 días que empecé con escalofrío, después dolor de garganta y tos seca, luego intenté respirar profundo, sostener el aire y… no pude: respiro como al 30%, tengo deficiencia para respirar. Perdí el olfato y el gusto. Ese día empezaron las lluvias; había sido un día caluroso y sólo me cayeron algunas gotas, pero ahí me di cuenta de que ya estaba infectado. Fui a hacerme la prueba y salió positiva. Estoy tranquilo, pero respiro muy poco y no puedo ayudarme por la boca porque toso y se me va peor el aire, así que es mejor por la nariz, aunque sea poco. Estoy aislado, como poco, hago vaporizaciones…; han venido amigos y me traen cosas: despensas, medicamentos, desinfectantes, alcohol. La gente no cree, hasta que empiezas a perder el ‘halo de vida’; creemos que respirar está garantizado, pero cuando se te empieza a acabar, poco a poco, se dan cuenta que se pueden morir, que el virus, aunque no lo ves, mata.”

Al día siguiente subrayó: “¡Ya tengo oxígeno! Un amigo rentó un tanque y me lo trajo a casa. ¡No me rindo, no me canso y no me doy por vencido!”. Confesé: “¡Eso es todo, chingao! Tu historia es de los que se recuperan y vencen la enfermedad. ¡Y gracias porque me haces valiente!”

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