Comprensión o barbarie

En el blog anterior me permití señalar que los peores escenarios están por venir, respecto al tema de la violencia y la inseguridad en el país. Las causas son varias, pero no son invento mío, ni quiero que sucedan. Igual deseo que el cambio climático no estuviera empeorando y sin embargo, en esta semana, 11 258 científicos de 153 naciones advirtieron a la humanidad que nos encontramos, clara e inequívocamente, ante una emergencia climática. Por eso, dicen, se necesita de un inmenso aumento en la escala de los esfuerzos para conservar nuestra biosfera y evitar sufrimientos indecibles.

Para estos y muchos otros temas, en México y en el mundo necesitamos cambiar el ambiente de la comunicación para intentar comprendernos y construir objetivos compartidos, pues se trata de aprender a convivir y enfrentar juntos nuestro destino común que, a diferencia de otras épocas, se ve amenazado por la catástrofe con fecha más o menos fija.

Nos hemos dejado invadir por los discursos del odio y las prácticas de la barbarie. La nave planeta tierra se hunde y no hacemos otra cosa que enfrentarnos por los asuntos de nuestro entorno inmediato y por demostrar quién puede más, aunque no se tenga mayor idea de lo que está en juego para todos.


En México hemos olvidado la palabra consenso. La 4 T parece no necesitarlo. Los adversarios están ahí, claramente. La mafia del poder, el neoliberalismo y todos aquellos que no están de acuerdo con dicho postulado, por lo que, consciente o inconscientemente, son  conservadores. Por ello, para la 4 T no hay consenso que valga, puesto que busca destruir lo viejo para construir en su lugar un nuevo régimen político. No hay más que partidarios o adversarios.

Con este discurso el ambiente se ha polarizado. Ya no hay reconocimiento y comprensión del otro, sino etiquetación y clasificación. Las emociones sustituyen a las razones; las discusiones suben de tono y los ánimos se calientan. Sólo en ese contexto se entiende que varios lectores del blog se extrañen que La Jornada de Oriente lo permita. Alguno llegó a escribir que aunque su papá lo lee desde hace muchos años, el ya no lo hará, u otro que califica al texto como manipulador en contra del nuevo gobierno y se pregunta si sigo aplaudiendo a los gobiernos de los últimos 36 años.

Como de la Jornada sólo soy un afortunado huésped, tengo que decir que mis opiniones no representan para nada la línea editorial del periódico, excepto por el generoso espacio que me ofrece para escribir libremente. También asumo que no estoy exento de las influencias del ambiente y que quizá lo reproduzco al utilizar la ironía o el sarcasmo en la crítica, y eso puede molestar a más de uno. Aunque creo que son válidas para ponerle sabor al debate. El problema está en el sentido de la discusión. Y creo que el único sentido del debate es la comprensión del otro para encontrar caminos comunes transitables, aún si éste fuera el único acuerdo.

Con ese ánimo me limito a señalar que los vacíos en política no existen,  más que momentáneamente, y que pronto se llenan con lo que muchas veces no es lo esperado o deseado por nadie.

En el caso de la emergencia climática, si no se avanza al ritmo suficiente en la eliminación de los efectos del gas invernadero, tendremos como resultado desastres y sufrimiento. En el caso de la política de seguridad lo mismo, es decir, si no se actúa con una estrategia clara, los resultados serán desastrosos.

Si la dirección política del Estado se concibe como la acción del gobierno liberal, para transformar al régimen político, enfrentado a la parte de la sociedad que se califica de conservadora, tal discurso no hará más que reproducirse en todos los ámbitos de la sociedad y del Estado, incluyendo a las fuerzas armadas.

Si la política de seguridad no avanza en la transformación del poder judicial, por más esfuerzos que se hagan seguirá predominando la impunidad y la injusticia.

Para los mexicanos puede resultar comprensible que el Presidente se deslinde de la guerra contra el narcotráfico declarada en sexenios anteriores y quiera ahora ofrecer abrazos y no balazos. Pero para cualquier ser humano del planeta tierra le resultará absurda e irrisoria. Y más para un gringo imperialista que, de inmediato encontrará en ese argumento el pretexto para la intervención militar.

Si la Guardia Nacional se hizo para garantizar la seguridad pero no se le usa ni para la persuasión, los criminales o hasta cualquier grupo de la población sabrá que puede actuar con impunidad para lograr sus objetivos, incluyendo las golpizas a policías y soldados.

Si no se avanza en la formación profesional de la Guardia Nacional y de las policías de los estados y los municipios, la población seguirá quedando inerme ante la acción de los criminales que, por esas  mismas razones, tienden a proliferar. La protesta ante tal situación pronto se volverá clamor nacional y popular por la mano dura contra la delincuencia.

La falta de una estrategia a cabalidad contra la violencia, la inseguridad y la reconstrucción de la paz, puede llevarnos a un resultado no deseado por nadie: la conformación de situaciones de excepción que requieran de su aceptación declarada. Los hechos de Culiacán y de Le Barón se encargaron de prefigurar lo que pronto podrá ser factible: la intervención militar norteamericana y la declaración del Estado de Sitio por parte del mismo gobierno, en determinadas zonas del país. Apenas hace un mes estas palabras sonarían fuera de todo lugar. En estos días ya las hemos escuchado.

No me cansaré de insistir; tanto para la construcción de la paz en México, como para enfrentar la emergencia climática, nos hace falta la gran política, como dijera Edgar Morin, la Política del Hombre, la que se hace cargo de repensar y reconstruir el conjunto de las condiciones de su existencia. La política del buen vivir de los pueblos originarios de América, que tanto hizo bien Evo Morales en reivindicar, y que tanto dañó ahora en los afanes de su política pequeña.

América Latina se convulsiona frente a su presente de eterna injusticia, ahora agudizada por la polarización que producen los populismos renacidos. En el fondo es posible percibir las causas comunes que la podrían unificar, en medio de las torpezas políticas de derecha e izquierda que la exasperan y la dividen. Es hora de recuperar la gran política que pueda hacer frente a la pobreza y a la desigualdad, a la violencia y la inseguridad, a la emergencia climática y a las reivindicaciones profundas de los pueblos. Frente a la quiebra del consenso de Washington y del proceso de globalización excluyente comandado por el neoliberalismo, nos hace falta iniciar la construcción de un consenso latinoamericano por la justicia, la igualdad, la democracia y la fraternidad, no sólo fundada en el sueño bolivariano, sino además en la aspiración ancestral de los pueblos originarios y de nuestros hijos a un buen vivir, en armonía con el planeta.

Pidamos lo imposible, tratemos de comprendernos.