¿Cómo sobrevivir a una fiesta familiar numerosa? El decálogo del buen anfitrión / II de II

Una vez que usted ha repasado y meditado acerca de los puntos contenidos en el decálogo de marras, dispóngase a aplicarlo en su próxima reunión familiar y ajústelo conforme a su propia experiencia.

Cuando llegue el día “D” o sea la invasión a su intimidad, reciba a sus invitados en la puerta de su casa mostrándoles una franca sonrisa y dándoles una cordial bienvenida ya que aún no hay motivo alguno para las caras largas. Ellos seguramente lo saludarán cariñosamente y algunos traerán algún pequeño obsequio o contribución al ágape. Claro que no faltarán quienes sólo acuden a “la gorra” y llevan puesta permanentemente la de umpire (ampáyer), pero “ni modo, dijo Alfredo”.

Conceda a los abuelos y tíos un lugar especial en la mesa, y comience la inmersión en la hecatombe familiar con una profunda inspiración pulmonar, contenga el aire y suéltelo poco a poco. De ahí en adelante no hay asidero que valga, se encuentra usted al garete; el oleaje se irá incrementando hasta alcanzar la pleamar y la marea ascenderá y descenderá al ritmo del ánimo de los parientes. Un recurso extremo para surfear en el embravecido mar puede ser el que usted solicite –a viva voz– un préstamo monetario y como arte de birlibirloque se hará un silencio sepulcral y se dejarán ver algunas sonrisas intranquilas. Si usted aclara que sólo se trata de una broma, las risotadas y los gritos volverán con mayor intensidad, aunque algunos precavidos no le quitarán la vista de encima, pero eso hará que les disminuya el brío…por si las dudas.


Aproveche los brevísimos instantes de calma para dar instrucciones y volver a tomar aire. Trate a toda costa de conjurar las conversaciones en voz baja o murmuraciones de alguna pareja, porque de ahí puede derivarse un exabrupto que tome a todos por sorpresa y dé al traste con la reunión. —¿Te acuerdas cuando Heriberto y Jacqueline de momento alzaron la voz en plena mesa? Pues no me lo vas a creer, pero a las pocas semanas se divorciaron y ahora Heri y Nata, cada uno por su lado, me pidieron invitar a sus nuevas parejas condicionando su asistencia a la presencia del otro.

Habrá algunos niños “colados”, porque los padres le dirán, con una grande y falsa sonrisa, que no tenían con quien dejarlos. Ni modo. Pero no intente corregir a los chamacos cuando cometan alguna trapacería, porque los padres podrían encarnar en panteras y convertirse en enemigos mortales de usted, sólo lance la advertencia de que las criaturas se están acercando peligrosamente a productos delicados que usted guarda (raticida, ácido muriático, una escopeta cargada, helecho macho, hojas de afeitar, etc.) Un recurso que leí en un texto de Guillermo Sheridan es el uso de las “bombas Valium”, que consiste en preparar comprimidos de 10 mg. de este producto dentro de algunos alimentos o disueltos en bebidas azucaradas que, administrándolos a los niños, los tendrá quietos un buen rato.

La música sobra en esas reuniones ya que nadie hace caso de ella. Bueno, ni siquiera el Himno Nacional produce en los contertulios el menor efecto apaciguador y sólo obliga a los parientes a elevar la voz para poder escucharse. Una música relajante es la que necesita usted después de la tertulia. Por ningún motivo permita que alguno de los convidados lleve una guitarra u ofrezca alguna práctica adivinatoria como lectura de mano o de cartas, el Tarot, la astrología, los caracoles del Ifá Yoruba o el maíz cacahuazintle de los brujos güegüenches, porque se acaba la reunión una vez que el pinche aprendiz de brujo acapara la atención de la mayoría.

Abrace usted a sus parientes como muestra legítima de afecto, aunque algunos de ellos “se hagan arco” para evitar el contacto físico. Las familias numerosas son hermosas y sobrevivir a sus reuniones es ejercer el supremo arte de la convivencia y dejar a un lado los títulos profesionales, los “éxitos” económicos y reconocimientos de los asistentes; sólo somos Irene, Pedro; Natalia, Juan, el tío Arturo, la tía Pachita, el abuelito Gregorio, etcétera. Ya después, en sus propios ambientes laborales, sociales y domésticos volverán a ser el licenciado, la doctora, el vendedor platino, el ingeniero o la directora.