Sábado, noviembre 27, 2021

¿Comemos o me pegas?

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El título de esta columna sería gracioso si no encerrara un escalofriante drama que en ocasiones desemboca en tragedia y que es el de la violencia intrafamiliar. Ésta, probablemente derive, como factor importante, de la violencia social que se vive en el entorno, no solo en México sino en muchos países del mundo en los que diversos fenómenos como la pobreza, la injusticia, la criminalidad, incluida la insatisfacción social que viven algunas personas en los países desarrollados, dan origen a tensiones que desembocan en variadas agresiones, que comprenden estragos físicos y emocionales e incluso la muerte. Cuando este uso desenfrenado y abusivo de la fuerza se produce dentro de la familia, los efectos no sólo atañen a la pareja, sino a los hijos y a todos los que viven en el entorno doméstico.

¿Qué factor o factores producen esta violencia contra los seres “queridos”? Seguramente son muchas las causas, unas más o menos evidentes y otras desconocidas o disimuladas dentro la historia personal de los individuos. La violencia se manifiesta simultáneamente en actitudes físicas y verbales. No me voy a meter en los terrenos de la psicología, totalmente desconocidos para mi, porque “puedo salir trasquilado” y sólo se trata de presentarles mi punto de vista como simple observador.

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El agresor ofende, menosprecia y golpea a personas que son más débiles físicamente que él: mujeres, niños, discapacitados o ancianos. Éste no necesita una razón para desencadenar su maltrato; cualquier cosa sirve como detonante de sus respuestas excesivas de las que no es plenamente consciente en ese momento. Después, sobreviene en algunos individuos cierto arrepentimiento, pero también una racionalización de sus actos y algún tiempo más tarde “vuelve la mula al trigo” y se repite la historia. La violencia se manifiesta en todas las clases sociales y no tiene que ver directamente con el grado de instrucción de las personas ni con su estatus socioeconómico.

Muchas mujeres tratan de justificar el maltrato, asumiendo una condición inferior, fiel reproducción del rol que vivieron en sus casas cuando el padre sometía a la madre y ésta lo aceptaba sin chistar y cuando ambos padres obligaban a las niñas a atender a su padre y a sus hermanos varones. —Enséñate a ser una mujercita, ándale recoge la ropa de tus hermanos, sírveles la comida y ayuda a tu mamá. Frases como las siguientes aún son vigentes: “a fulanita…le dieron su pan pintito” es decir, la pusieron pinta como ese pan recubierto con una pasta de azúcar blanca con manchas rojas. —¿Qué ya no me quieres? no me has pegado —¿Comemos o…me pegas? —Mire usted, mi señor me pega, pero eso sí, nunca me ha marcado la cara. —Sí, mi viejo me pega, pero es que a veces yo hago las cosas mal. —Él si puede pegarme, porque es mi marido. —Le digo a usted que cuando nos peleamos mi marido y yo saco a mi hijo, el mayorcito, de la casa, porque no vaya a ser la de malas que le falte al respeto a su papá. ¡Ni Dios quiera!

—¿Porqué no te recibiste de tu carrera? Pues, porque no puedo ser más que Heriberto, mi novio, que no terminó ingeniería. —Es que un hombre siempre es el respaldo indispensable de la mujer, como Dios dijo. —Yo digo que siempre hay que tener mucho cuidado con las mujeres divorciadas o viudas, porque son una tentación para nuestros maridos.

Por otro lado, el machismo ordinario crea las condiciones para que el hombre en general ejerza el poder y lo manifieste en todas sus relaciones sociales, incluyendo el matrimonio y la familia que forma. —Aguántese como los machos, no me vaya a llorar como “vieja”. “Los niños deben vestir de azul y el rosita es para las niñas”. Muchos padres se dirigen a sus hijos varones como “campeones” y a sus hijas como “princesas”. Algunos padres adoptan la misión de “iniciar” a los hijos varones, aún siendo púberes, en el consumo de bebidas alcohólicas y en el sexo pagado para así tener la primicia en “la vida adulta” de los hijos. Muchos hombres impiden que sus esposas se instruyan para que no compitan con ellos y no se emancipen, al menos emocionalmente. El hombre tiene que poseer “las tres efes, feo, fuerte y formal”, “la segunda educación en la vida de la mujer es la del esposo”, etc.

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El machismo aparece en todas las manifestaciones de la vida social, desde los “recuerditos” de azulejos decorados con “escenas domésticas” con la frase “buena pa´l petate y mala pa´l metate” o aquel que muestra el cuerpo de una mujer curvilínea acompañada de la expresión “producto para caballero”. Las cadenas de la televisión privada a menudo influyen en la desvalorización de las mujeres exhibiendo a jóvenes “lectoras de pronósticos meteorológicos” y a presentadoras, ataviadas con blusas o vestidos con escotes muy pronunciados y muy breves minifaldas, con lo cual buscan atraer la atención de los hombres, reduciéndolas solamente a objetos sexuales.

El problema de la violencia doméstica es inmenso y abarca una gama de formas punitivas como privaciones, ofensas, intimidaciones, presiones psicológicas, violaciones, imposiciones, exclusiones, autoritarismo, etcétera. Entre las causas evidentes más comunes de la violencia que ejercen los agresores se encuentra el alcoholismo, la drogadicción, la inseguridad, los supuestos desagravios, la falta de control de impulsos agresivos, entre muchas otras. En medio de estas terribles situaciones familiares crecen los niños los cuales serán afectados, indudablemente, de muchas maneras.

La solución a este grave problema social se puede enunciar muy fácilmente y al parecer todos la podemos entender sin mucho esfuerzo. Solamente se trata de asumir la igualdad de hombres y mujeres, IGUALDAD con mayúsculas. Las diferencias biológicas y psicológicas entre los géneros no deben conducirnos a establecer jerarquías, estereotipos o prejuicios que orienten nuestra conducta para con los demás.

El feminismo no es el antónimo del machismo, puesto que lo que se busca es la igualdad y no la supremacía de las mujeres sobre los hombres como sí es el caso de las conductas machistas. Para empezar, sugiero que tanto los hombres como las mujeres examinemos nuestro lenguaje cotidiano —interiorizado y arraigado a lo largo de nuestra vida— y nos daremos cuenta de que encierra atavismos que tendremos que desterrar en aras de una mejor convivencia. En fin, es inagotable este tema, pero por algo tenemos que empezar para acabar con esta sociedad patriarcal. Tal vez algunos de nosotros no lo veamos, pero seguramente si sobrevivimos como especie, se conocerán tiempos mejores y los Foxes y Diegos Fernández de Ceballos solo serán recuerdos de un pasado superado.

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1 Recomiendo la lectura de este artículo de amnistía internacional. https://www.es.amnesty.org/en-que-estamos/blog/historia/articulo/las-frases-machistas-mas-controvertidas/

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