Viernes, agosto 12, 2022
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¿Cohetes o cuetes?

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El tronar cohetes y lanzar fuegos artificiales siempre está asociado con las celebraciones, el puro regocijo y por supuesto con la fiesta popular; ya sea ésta de carácter religioso, cívico o se trate solamente de un festejo particular. La afición de los mexicanos por echar “cuetes” se origina a partir del momento en el que las autoridades coloniales permitieron a los mexicanos el acceso al conocimiento y uso de la pólvora, con los mismos propósitos de celebrar a los santos como se hace en la actualidad. Se atribuye a los chinos la invención de la pirotecnia festiva y a los árabes la aplicación militar de este arte. Dentro de los muchos testimonios del uso de cohetes y de “imaginería cosmológica” en el México colonial les ofrezco algunos muy significativos:

En la relación del viaje a la Nueva España, en 1640, del Virrey don Diego López Pacheco Marqués vii de Villena y Duque de Escalona, redactada y publicada por don Cristóbal Gutiérrez de Medina, capellán y limosnero del virrey (léase achichincle), describe que durante la estancia de este personaje en la ciudad de Puebla, camino a la capital del virreinato, se ofreció al nuevo virrey un magno recibimiento en el que abundaron la quema de cohetes e ingenios pirotécnicos en el que destacó la simulación de 12 individuos que situados en un templete frente al actual palacio municipal, organizados en parejas, “combatían”, ataviados con corazas que estaban dotadas de cohetes los cuales tronaban ruidosamente cuando se producían los contactos de la “lucha”.

En la ciudad de Puebla, durante la época colonial, se traía nieve diariamente del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl la cual se preparaba con jarabes de sabores y colores diversos, para el deleite de los poblanos, en expendios llamados botillerías, algunas de estas nieves eran llamadas “mixturas de fuego fino moldados” y creo que esta denominación tiene que ver con los colores de los fuegos artificiales como muestra del regocijo que causaban tanto las refrescantes “nieves” de sabores como las excitantes luminarias. De poco valían las prohibiciones de algunas autoridades locales para reducir el uso de esta pirotecnia festiva que en algunos casos ocasionaba lesiones a las personas y daños a las propiedades, porque invariablemente la respuesta de las altas autoridades era argüir en favor de la necesidad de propiciar el uso de cohetes y fuegos para aumentar los ingresos obtenidos de la venta de pólvora, producción que monopolizaba la Corona.

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Ya en pleno siglo xix, la marquesa Calderón de la Barca, esposa del primer Ministro Plenipotenciario de España en México (embajador), designado por el gobierno español al reconocer la independencia de México, permaneció en nuestro país poco más de dos años (1842-1844) durante los cuales escribió un sinnúmero de cartas a su familia que residía en Boston, de todas eligió 54 para que con ellas integrara un libro que tituló La vida en México. Durante una residencia de dos años en ese país. En la carta número xxxviii de las seleccionadas por la autora, consigna una anécdota que ella le “cuelga” al rey español Fernando vii cuando preguntó a un mexicano, que se encontraba en la Corte, poco después de la independencia.

—“¿Qué cree usted que estén haciendo ahora los mexicanos?”
—“Echando cohetes, Su Majestad”, contestó el mexicano.
El monarca hizo la misma pregunta por la tarde, también por la noche y la respuesta siempre fue igual.
—“Lo mismo Su Majestad, siguen tirando cohetes”

Esta misma anécdota se atribuye, en diferentes fechas, a personajes distintos, incluyendo a Maximiliano de Habsburgo cuando un grupo de notables del partido conservador le fueron a ofrecer en 1860 una imaginaria “corona” de México e hizo la pregunta consabida.

Todo esto comprueba que la pirotecnia ha tenido y tiene una gran relevancia en la vida social, sobre todo en las fiestas religiosas para celebrar y propiciar el favor de las imágenes sagradas, también en las civiles y particulares, pero en todos los casos ha sido un motivo o pretexto para manifestar un ruidoso júbilo ante cualquier asunto que lo merezca. El carnaval de Huejotzingo siempre se acompaña con la cohetería convencional de los “cohetones”, así como de estruendosos “camarazos” que se ejecutan con los “trabucos de avancarga” los cuales utilizan principalmente los “zuavos” güegüenches que, según el guion carnavalesco, serán derrotados por los “zacapoaxtlas” si es que los franceses-argelinos no se envalentonan al ponerse “cuetes” con el aguardiente que “chupan” y se proclaman vencedores.

“Quedar como el cohetero” es una frase muy común que se aplica a quienes no están a gusto con ninguna cosa, si truena el cohete se quejan porque tronó muy fuerte y si no truena, están a disgusto porque se “cebó” el petardo. “Ponerse un cuete” es embriagarse; “estar achispado” es apenas tener unos tragos encima sin estar beodo. Echar un “buscapiés” es hacer una pregunta atrevida a alguien, buscando poner incómodo al cuestionado, provocando una respuesta espontánea y por lo tanto cercana a la verdad; echar un “torito” es realizar una pregunta a quien se considera experto en algún tema y tratar de comprobar si éste puede contestarla adecuadamente.

La pirotecnia artesanal se fabrica en muchos pueblos de México, pero es en Tultepec, Estado de México, donde la producción es verdaderamente formidable ya que existe un mercado exclusivo para la venta de cohetes y otros productos explosivos y luminosos. Las noticias recientes nos han hecho saber que precisamente ahí y en algunas coheterías clandestinas se han producido terribles explosiones que han cobrado vidas humanas y cuantiosos daños; aunque existen reglamentos municipales, recomendaciones de Protección Civil y una ley federal relacionada con la pirotecnia, los “accidentes” siguen ocurriendo pues existe una producción ilegal de la que no se sabe nada. Y eso que no consideramos la contaminación del aire por la combustión de los químicos usados, ni la auditiva por la constante exposición a ruidos intensos.

Aparte de la pirotecnia artesanal hay unas pocas empresas en México que fabrican fuegos artificiales para la exportación y que, a decir de sus propietarios, cuentan con estrictas medidas de seguridad durante el proceso de producción, embalaje, almacenamiento y transportación. En América Latina, los principales productores de ingenios pirotécnicos son Brasil y México.

Solo por recordar algunos nombres de los productos de la pirotecnia artesanal y las nuevas creaciones, les “receto” los siguientes: “brujas”, cohetes, “cohetones de arranque”, “palomas”, “castillos”, “toritos”, “buscapies”, “coronas”, “cascadas”, “cerillos”, “bombas”, “candelas”, “cebollitas”, “bolas de humo”, “luces de bengala”, “varas de luz”, “cara de diablo”, “velas para pastel”, “estrellas”, “cometas”, “huevos de codorniz”, “cascadas”, “cañón”, “olla de luz”, “crisantemos”, sin que falten los famosos “judas” de cartón que se “queman” el “Sábado de Gloria” para que estallen los cohetes que contienen.

Como “A cada capillita le llega su fiestecita” y el número de templos católicos en México suma más de 25 mil, considerando que cada uno está dedicados a algún santo o advocación, seguramente tendremos tronido de cohetes y exhibición de fuegos artificiales todos los días del año, aunque debo confesar que aquí en las “Cholulas” sólo hay dos días —que son el jueves y viernes “santos”— durante los cuales se suspenden todas las celebraciones ruidosas y por lo tanto, en señal de luto, se acostumbra dejar de arrojar cohetes y utilizar fuegos artificiales, para alentar el recogimiento de los creyentes. Por lo tanto, los únicos “cuetes” permitidos son los de buró.

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