Domingo, enero 18, 2026

¿Clembuterol? No, pero sí… ¿Naturalizados? Sí, pero no

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Lo del clembuterol ya degeneró en comedia de enredos, sólo que al estilo de los del pacto gavillero; es decir, involuntaria y sin ninguna gracia. Como no hay agencia antidopaje en el mundo que no incluya esta sustancia entre los anabolizantes estrictamente prohibidos para cualquier deportista, los voceros de la Primera División se apresuraron a divulgar la noticia de que dos jugadores sujetos a control clínico luego de tres partidos de la primera fecha del Apertura 2013 (tres partidos de siete, hágame usted favor) habían dado positivo. No proporcionaron sus nombres –para no lastimar sus derechos ni contravenir disposiciones de la FIFA, otra institución que se las trae–, pero eso sí, declaraban solemnemente la suspensión de ambos por tiempo indefinido.

Tiempo indefinido, cuyo plazo venció ipso facto, porque a los dos días la propia Femexfut comunicaba que dicho castigo quedaba sin efecto, puesto que los infractores no podían ser responsables si, como adivinaban sagazmente los federativos, la ingesta de la sustancia vedada no se debió a dolo, sino a gula: la carne de cualquier taco callejero podía haber sido la causa del malhadado positivo.

Esta incongruente historia ya tenía antecedentes –todo mundo los recuerda– a nivel selección nacional, y debe ser México el único país del mundo donde se exonera en automático a los futbolistas cuyas muestras sanguíneas contengan clembuterol en cantidades abusivas. Así, sin mayores averiguaciones y bajo la presunción de que no son ellos los responsables sino la carne que se consume en este país. Con la misma ligereza, pero tal vez mayor fundamento, podemos presumir entonces que prácticamente todo mexicano que consume carne debe estar contaminado con clembuterol. Excepto, por supuesto, los demás jugadores de Primera División, cuyo análisis resultó negativo, una vez sujetos a idénticas pruebas de laboratorio.

Galimatías semejante, ni en los desternillantes enredos de las carpas populares del siglo pasado.

 

Voz oficial

Y para remate, la declaración gubernamental –procedente de instancias relacionadas con el otro pacto, que en materia de credibilidad y ética se da el quién vive con el futbolero pacto de gavilleros– de que no existiendo, sino casos aislados en que se haya comprobado la existencia de clembuterol en muestras sanguíneas de habitantes del país, no se trataría en absoluto de un problema de salud pública, como sugiere la versión taquera de la gente del futbol. Y, por tanto, no hay ahí un caso que competa a la Secretaría de Salubridad y Asistencia ni obligue al gobierno a tomar cartas en el asunto.

De modo que, ya sabe usted, si no es futbolista profesional puede seguir consumiendo carne de bovino, porcino o todo lo que se mueva, en la seguridad de que nadie lo importunará con una toma de muestra con vistas a comprobar si su torrente sanguíneo contiene clembuterol, sustancia altamente nociva, como todo anabolizante artificial, cuya presencia generalizada entre la población –la que aún incluye carne en su dieta, se entiende– justificaría declarar emergencia nacional por parte de las autoridades ni, por tanto, una investigación a fondo que ubique y castigue a los responsables del silencioso envenenamiento colectivo, proteja los derechos de los animales –tan en boga– e impida la futura propagación de semejante daño a la salud pública entre la población nacional.

 

Cosa de locos

Como eso no va a suceder, todo mundo prefiere dejarlo como parte del anecdotario futbolístico, ya ni siquiera original, dada la cantidad de casos que se han presentado a la fecha y, presumiblemente, seguirán ocurriendo, por lo menos mientras continúe haciéndose el control antidopaje en Primera División.

Aunque, por otro lado, nadie nos asegura que tal control se seguirá efectuando. Y si lo hay, que los resultados serán confiables –no como los que el Gato Ortiz, tras las rejas, ha declarado que no le detectaban presencia de los anabolizantes que habitualmente ingería–. Y si los hay y los realizan como científicamente debe ser laboratorios bien certificados y confiables, que se aplicarán con todas sus consecuencias las reglas restrictivas que operan internacionalmente en el mundo del deporte. Pues de ese tamaño son las exclusividades e incongruencias de nuestro pobre futbol.

 

Naturalizados

El rumor ampliamente esparcido durante las semanas anteriores tomó al fin cuerpo. Chepo de la Torre, ese personaje cuya sonrisa amable y claridad argumentativa tienen conquistado a este país, vuelve a la carga con una lista de seleccionados que incluye a dos argentinos naturalizados mexicanos: Christian Giménez y Pedro Damián. En ellos, y en nadie más, se ha centrado el debate en los últimos días. Lo de menos son los paisanos, quizá porque cualquiera podría no estar sin que retemblara en sus centros la Tierra. Y cualquier ausente podría hacerse presente, simplemente con que la televisión nacional se lo propusiera.

Pero con los naturalizados el asunto cambia. La discusión hasta, ahora, no ha rebasado la rastrera barrera de si es o no válido el recurso. Es decir, si quien nació y se formó lejos del futbol mexicano puede calarse la tricolor y representarnos en competencias internacionales. Quienes lo aceptan invocan leyes diplomáticas y refuerzan su aserto hablando de la globalización omnipresente. Los que no, prefieren encerrarse en un nacionalismo radical, sin otra explicación que cierta forma del orgullo patrio. Hay constancia de numerosos países que incorporaron a sus selecciones gente de fuera, con resultados de lo más variado. Italia y España fueron en esto pioneras, con mejores resultados los itálicos que los iberos. Últimamente, Alemania, con sus polacos, turcos y africanos, y Portugal, con sus brasileños, han tocado la misma partitura. Y están todas esas selecciones plagadas de hijos del colonialismo; es decir, de ases futboleros que brillan en sus ligas a cambio de soportar un trato vejatorio y racista por parte de sus propias hinchadas. Del Portugal célebre de 1966, con Eusebio, Coluna y demás extraordinarios jugadores de origen mozambiqueño, a la Francia campeona del ’98, cuajada, como hasta hoy, de jugadores negros. O como Holanda, Inglaterra y varios más.

En Sudamérica, históricamente, ha estado menos extendido el fenómeno. Pero si resulta prácticamente imposible que Brasil, Uruguay o Argentina admitan gente del exterior en sus equipos nacionales, otros países, como Perú o Bolivia, no han dudado en incorporar a sus representativos jugadores llegados a sus propias ligas para hacerse de nombre y fama en equipos locales, que los catapultan luego a la selección del país. Son casos aislados, y los involucrados trotamundos mayoritariamente argentinos. Tal como ocurre hoy con México.

 

Choque de culturas,

contraste de estilos

Aunque la diplomacia y el derecho digan otra cosa, algo desnaturaliza el concepto mismo de Selección Nacional la presencia de jugadores nacidos y formados en otros países. Presentarlos en una cancha cualquiera como representativos de un futbol al cual son originariamente ajenos lastima, al menos en principio, la legitimidad de tal representación: si se me anuncia un encuentro de futbol entre selecciones nacionales, asumo que se trata de una confrontación entre productos culturales de esos dos países, no entre mercenarios incorporados para el caso, por mucho que presumamos de globalizados.

Precisamente, mucho del atractivo de un choque entre selecciones nacionales estuvo siempre en la comparación de estilos, más que de fuerzas. Hay, para demostrarlo, clásicos regionales que han devenido clásicos mundiales –entre la trilogía sudamericana Brasil–Argentina–Uruguay, o la europea Alemania–Italia–Inglaterra; incluso los partidos, famosos allá, entre selecciones británicas, cada una de las cuales ha cultivado un sello, un estilo propio. Y también clásicos mundiales capaces de acentuar el contraste entre los contendientes –Brasil o Argentina versus Inglaterra o Francia o Italia o Alemania. Y cualquiera sabe que, en la actualidad, un enfrentamiento de prácticamente cualquier otro país con España supone un desafío entre el futbol finamente tejido del campeón del mundo y versiones más físicas del mismo juego. Como quien dice, en la variedad está el atractivo. Y, por descontado, la pasión.

De ahí, para acabar pronto, el enorme, incomparable imán de una Copa del Mundo.

 

El Tri, hoy

Traído el tema a nuestro futbol, lo que acusa es, por un lado, la grave carencia de valores nacionales, reflejada tanto en los resultados recientes como en la incorporación del Chaco Giménez y Damián a la última lista del Chepo. Y por otro, el afán de ofrecer un elemento distractivo a una opinión pública que ha pasado en un tiempo récord del escepticismo a la hostilidad hacia todo lo que huela a Selección Mexicana. Queda, como tercera posibilidad, que el seleccionador y sus consejeros y contratantes realmente piensen que los dos argentinos que acaban de ser llamados por ellos realmente puedan ayudar, con sus argumentos y virtudes futbolísticas, a superar el profundo bache por el que atraviesa el Tri.

Para que así fuera tendría que tratarse de jugadores realmente fuera de serie. De ésos que hace mucho no vienen a México, dada la desventaja económica en que se encuentran nuestros clubes frente al mercado europeo. Si ni a sus equipos mexicanos han sido capaces de garantizarles un rendimiento sostenidamente destacado, mal pueden dos veteranos como Giménez y Damián ofrecer al Tri otra cosa que buena voluntad y disposición al trabajo. Distinto hubiera sido este debate en tiempos, por ejemplo, de Cabinho, que era una luz de cara al gol y no tenía ninguna posibilidad de ser internacional con Brasil, como sí la tuvieron con sus respectivas selecciones los Reynoso, Quintano, Barbadillo, Muñante, Basay o Aguinaga.

Para remachar este clavo, baste recordar el insignificante papel cumplido cuando fueron llamados a representarnos internacionalmente los Gabriel Caballero, Sinha o Guille Franco, simple capricho de técnicos amigos, tan abocados como ellos mismos primero al malestar del aficionado y finalmente a un piadoso olvido.

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